08 febrero, 2007

De las palabras de Su Ilustrísima sobre la entrega

o estando el día muy soleado, ni lloviendo ni haciendo frío, salieron Ildefonso e Marcos a jugar a la pelota al jardín hasta poco antes del almuerzo.

Sentados estábamos en mi bufete Su Ilustrísima e yo e dejé mis estudios al oírle hablar:

“Muchos secretos – dijo – tengo guardados en mi mente, sobrino. Los de confesión no diría ni con amenaza de muerte, mas a veces se confiesan cosas fuera del sacramento. Es el caso de don Marcos, a quién tenía yo de menos valía de la que tiene, pues terminada la confesión esta mañana hubimos unas pláticas e puedo aseguraros tenéis a un comp… a un amigo que su peso vale en oro, que ha arriesgado su propia vida por vos e ha pasado un calvario luego por hacerlo. Aunque no es comparable, os diría yo ha entregado su vida por salvar la vuestra así como Nuestro Señor Jesucristo dio la suya por todos nosotros. Cuidad su amistad (o lo que quiera que sea) como oro en paño, que vale este hombre un potosí como ninguno otro e dello no presume. El amor no tiene fronteras”.

“No las tiene, Ilustrísima – objeté –, mas hay ciertas cosas que no sólo no aprueba la Iglesia católica, sino que las condena”.

“Sé muy bien a lo que os referís, querido sobrino, mas después de oído lo por él narrado - espero Su Santidad no me oiga e me excomulgue -, casi os diría entiendo vuestro… afecto. Es extraño a veces en su comportamiento mas ¿quién es el ser perfecto sino Dios?”.

“Bien sabéis, Ilustrísima, que mi oficio de militar tiene a veces justificado uno de los Diez Mandamientos; el quinto. Así mesmo, si es en defensa de seres que no pueden sino caer aplastados por los tiranos, la cruz e la espada son lo mesmo. ¿Olvidáis a San Fernando?”.

“¡Jamás! – argumentó -, que convirtió su espada en cruz para arrojar de España a los sarracenos por la fuerza de su fe.”

“Imaginad entonces – propúsele – que Marcos tiene en mí una fe personal. Seguro estoy de que moriría por defender a su Patria e a Dios ¿Por qué no iba a hacerlo por mí?”.

“A cumplir con mi ministerio me dedico, sobrino – dudó -, e como bien dice el saber popular, ojos que no ven, corazón que no siente. Sólo Dios lo ve e lo siente, mas si pone en una balanza lo bueno e lo malo de don Marcos, creo firmemente ya sabrá que un día habrá de darle su recompensa”.

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