reve fue la despedida e grande el contento de los niños por volver a su pueblo, mas notaba yo en Marinín cierta tristeza.“No habed cuidado – le dije -, que a Sevilla habremos de volver todos juntos por estar allí todo el equipaje. Al menos, una semana más estará allí Antonio con vos”.
Llegados al pueblo tras el corto viaje, fuimos de primero a la casa e nos recibió el servicio con gran contento e todo estaba ordenado, que la limpieza no era asaz complicada por no haber polvo en estas épocas del año. Manteníase la casa caliente y estaba el servicio feliz de volver a su tierra.
Pronto se hizo el trazado del día e subí a ver qué hacía mi pequeño y, en llegándome al dormitorio, oí hablaba con alguien en inglés. Llamé a la puerta mas entré de seguida e vi estaban los tres sentados delante de su máquina:
“¡Vive Dios, que he oído a alguien hablar con vosotros!”.
“No es aqueso, papá – repuso Marinín -, sino que la máquina nos habla y esta vez lo hace en inglés. No es ésta como el estuche portátil que tengo en Sevilla, sino que hace muchas cosas que no hace la otra”.
“Tío Marcos os compró la que deseabais – le dije -; si la que tenéis en Sevilla no os sirve, pedidle os compre una igual”.
“Dejemos esta aquí – dijo seguro Marinín -, que en tan poco tiempo ya las hay mucho mejores e al mesmo precio. Prefiero tener la nueva en Sevilla”.
“Así se hará, mas… ¿podría yo hablar una pieza con ella?”.
“Unas veces – dijo Antonio – habla en inglés, mas escribe aquí abajo lo que dice en español. Otras, habla en español e todo se entiende sin leer”.
E oyendo aquellas voces, tomé la determinación de poner una de las mejores en Sevilla.
Luego desto, oímos la campanilla que nos avisaba para el almuerzo e bajamos todos, que habríamos de almorzar un poco antes para visitar a doña Pastora en la tarde.


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