olviendo a la casa por la noche e retirados a sus aposentos los niños e Marcos (con cierto disgusto), volvió Su Ilustrísima a insistirme en que habría alguna forma de abrir aquella secreta caja, e mirándole con gesto grave, le dije:“¿Creéis acaso que es casual que me mostréis agora este secreto y que yo deje mis asuntos en Sevilla para venir a Ronda a abrir una caja que puede contener tintes, pinturas, joyas o algunas hierbas secas? ¡Don Juan!, que además de Ilustrísima sois humano; reconoced que sabéis corro peligro junto a los míos e algo os dice ahí dentro está la solución. Bastaría entonces con un golpe seco de mi sable para partir ese botón o, tal vez, cortar con una desas sierras de carpintero la madera e ver lo que contiene. Bien sabéis que tales artes no pueden hacerse e queréis tenga en mis manos el contenido desta caja. ¿Yerro? Aclaradme agora con luz meridiana a qué este trazado”.
E restó una pieza quedo e mirándome con sorpresa e, luego desto, comenzó a hablar:
“De lo que os voy a decir no estoy seguro, sobrino, mas he oído decir que debe esa caja abrirse sin dañarse y que, en su interior, se haya un remedio para la persecución que habéis. Esto lo oí e después lo leí; no creo sea falso”.
“¿A qué esperamos pues? – le dije -, dadme el imán que os he pedido”.
“El imán – contestó al punto -, levantará todas las piezas de metal, mas unas han de mantenerse en esa posición e, cambiando la orientación de la caja, no deben moverse, sino que han de moverse las restantes”.
“¿Ha quedado algo de los dulces de los niños, Ilustrísima? – le dije observando con descuido la caja -; creo necesitar algo dellos”.
“¿Pensáis agora en tomar dulce con lo habemos entre manos? – preguntó asustado -. A fe que no os entiendo”.
“Traed un trozo de dulce si no os es estorbo – le dije -, quizá endulzando mi paladar encuentre la clave”.
Salió aquel pobre hombre con su santa paciencia a buscar un trozo de dulce e, aproveché su ausencia para mirar la imagen de la cerradura al trasluz de la lámpara. Comprendí entonces cuál era el medio a seguir.
Volviendo con el dulce sujeto por su palito, ofreciómelo e yo tomélo e mastiqué parte dél. Luego desto, tomé el imán e lo puse sobre la caja sin llegar a tocarla; la mitad de los cierres se levantaron. Así, tiré del botón con cautela e puse el dulce en las piezas que estaban levantadas. Girando luego la caja, volví a tomar otro poco de dulce.
“Sobrino – exclamó asustado Su Ilustrísima -, estáis poniendo dulce pegajoso dentro de la caja. Si ello le hace mal…”.
E cuando pensé el dulce se había secado en los cierres restantes, la dejé sobre la mesa.
Así, me puse en pláticas con él una buena pieza e no entendía lo que yo quería hacer, mas pensando los trozos de dulce habían pegado los cierres cada uno en su orientación correcta, le dije:
“Si así no se abre, Ilustrísima, creo habrá que hacer uso de una palanca o una sierra”.
“¡No haced eso, por Dios! – gritó -, puedo aseguraros que destruiríais todo”.
E ante su mirada perpleja, su boca abierta, e su quietud, tiré del botón e girélo a entrambos lados hasta oír piezas que encajaban. Después de cinco vueltas a un lado e otro, apreté con fuerzas su tapa con mi mano e la corrí sin dificultad hacia la izquierda.
“¡Santo Dios! – exclamó don Juan -, que un simple dulce abre un secreto”.
Abierta la caja, vimos estaba todo cubierto por un grueso paño de fieltro.
“Mañana, de día, veremos el contenido. Vayamos al descanso”.
En Ronda e a diez y seis de febrero del año de dos mil e siete.


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