13 febrero, 2007

De la talla de un escudo (2/2)

visados quedaron todos de que no hubiera estorbo alguno en mi dormitorio e subí con el maestro (que de nombre tiene Víctor). Entrándonos allí, le dije se desnudase e parecióme dudó un poco.

“¡Vamos, Víctor – le dije –, no perdamos tiempo! Quitaos las ropas e cubríos con esta toalla”.

Quitándose las ropas, tapóse con pudor antes de despojarse de sus calzoncillos e le dije se echase boca abajo sobre la cama. Así, despojéme yo también de la ropa que me impediría el trabajo e me puse sobre él e comencé a darle los masajes desde los hombros hacia abajo e, casi llegando a la toalla, volvióse en un repente e miróme con extraño.

“¿Os produzco dolor? – preguntéle -, pues si es así habremos de comenzar más suavemente”.

“A fe que no es dolor precisamente lo que me producís, excelencia, que solo con el contacto de vuestras manos me siento aliviado”.

E fijó su mirada en la mía con embeleso: «Volveos que pueda seguir».

Volvióse a echar en la cama e fui untando sus espaldas con las manos e los brazos e, cuando más pegado tenía mi cuerpo al suyo, tiró de la toalla e dióse media vuelta.

“No temáis – le dije -, que sólo son friegas e habrá que hacerlas a diario durante unos días”.

“Temor no tengo, excelencia. No tengo temor alguno”.

“Pensad – le dije quedo – estoy tallando vuestra espalda como si de piedra blanda se tratase para ponerla dura como la piedra. Todo ha de ponerse en su sitio, mas si os volvéis hacia arriba… dificultoso me lo ponéis”.

“¿Qué es lo que se os pone… dificultoso, excelencia? – preguntó -.

“Si las friegas han de ser en la espalda – le dije sonriendo -, de espaldas a mí deberéis estar; no de frente”.

E tomando mi cuello con su mano, acercó mi cabeza a su cara e besóme.

“Sigamos estas friegas, Víctor”.

En Sevilla e a trece de febrero del año de dos mil e siete.

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