studiaba yo por la mañana en mi bufete cuando sonaron las campanas de la puerta e, al poco, avisóme Cayetano de haber visita e al salón salí a recibirla. Era un hombre de aspecto humilde e no supe qué cosa quería hasta que me dijo lo enviaba don Eduardo, pues me dijo éste un día que conocía a un tallador de piedra de gran calidad e poco oneroso. Hícele pasar el bufete e hubimos unas pláticas, pues quería yo tener un escudo de Fuentefría en la entrada de la casa e otro en la de Grazalema, mas hablando del pueblo, me dijo conocía a un tallista de allí que había aprendido la talla por sus propios medios e a que de nombre tenía Francisco Salas (Paco, me dijo), que hacía poco había fallecido de mal incurable e que trabajaba la mesma piedra que a él le gustaba: la de las Canteras del Toro de Ronda. E preguntándole yo por la calidad de sus obras, me dijo que pocos examinados en talla lo hacían como él. Así, tomé unas imágenes de los escudos e se las entregué. Mirólas con atención e me dijo podría hacer los tales escudos, mas siendo mi casa de Sevilla alquilada, debería pedir permiso al dueño de la casa.“La señora marquesa – le dije – estará encantada cuando le manifieste mi idea e, si no es así, cuando deje esta casa lo retiraré. Mi casa de Grazalema es en propiedad, mas teniendo un balcón justo encima de la puerta habría que buscarle otra ubicación”.
“Debería yo ver el lugar – me dijo – mas siempre hay lugar donde resalte”.
“El lugar y el precio no me importan tanto – le dije -, mas sí quisiera fuese la piedra de la cantera citada, si ello es posible”.
“Así sería, excelencia – aclaró -, que si me pidierais piedra de alguna cantera de Castilla, también se traería”.
“Sea pues – entréguele el dibujo -, e cuando estén terminados me avisáis. Aquí os entrego un dinero por adelantado para los trabajos que espero os sea suficiente”.
E así cerróse el trato e marchóse aquel hombre, mas, al poco, tocaron a la puerta e di permiso para entrar. Era el maestro de mi niño en preguntando por el remedio para su espalda e su precio.
“Dos cosas he de deciros – le dije al punto -, que el remedio ya está preparado y que no hay precio que pagar por él. Decidme cuándo podéis e yo mesmo os daré las friegas”.
“¿No cobráis por vuestras curas? – preguntó con extraño -. Así como yo os cobro las clases de vuestro hijo, deberíais vos cobrar vuestros remedios”.
“Sanar no es cosa que deba cobrarse – le dije -; dejemos eso para los médicos. Me habéis pedido os quite las molestias e voy a hacerlo. He aquí el frasco con el preparado”.
“¿Vos mesmo, excelencia, me daríais las friegas?”.


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