ras un copioso e delicioso almuerzo, observé se cerraban los ojos de Marcos con las pláticas e le aconsejé dormir una siesta hasta reponer sus fuerzas.“Conmigo quisiera vinierais – me dijo -, que por no encontrarme solo agora en el dormitorio, preferiría quedarme aquí con todos e tomar un café”.
“Mis excusas pido entonces a los presentes – dije -, que si he de dormir siesta porque la duerma Marcos, no me parece sacrificio”.
“Ninguna licencia habéis de pedir en vuestra propia casa – dijo Ildefonso -, que también ando yo agotado de jugar con estos diablillos; mas aguantaré a la noche”.
Así, subimos a nuestra alcoba e nos preparamos para el descanso, mas comenzó Marcos a narrarme ciertas cosas que le habían ocurrido e pendiente estaba de sus palabras mientras mesaba sus cabellos e iba poco a poco cayendo en sueños.
De repente, abrióse la puerta e vi una sombra pequeña acercarse a la cama:
“Papá – dijo Marinín -, dejadme dormir con vuesas mercedes una pieza”.
“¿Acaso no recordáis las primeras notas de la quinta sinfonía de Beethoven?” – le dije con cierto enojo -.
“¿Las primeras notas? – preguntó asustado -. Sí, las recuerdo mas no sé a qué cosa os referís – quedó pensativo -. ¡Ah!, sí, ya recuerdo; mis excusas os pido por no llamar a la puerta”.
“¡Vamos, pillo!, que olvidáis las cosas cuando queréis – le tomé por la cintura e le subí a la cama -; números, números; pom, pom, pom, poooom. Espero sea la última vez sucede esto”.
“No reprimáis al niño, Marino – dijo Marcos sonriendo -, más me parece quiere estar con entrambos que dormir una siesta. Si hubiese llamado, no le hubieseis dejado pasar”.
E tomándolo entre sus brazos, lo besó e comenzó a narrarle una bella historia e, antes de que lo que pensásemos, ya dormía.
“Nunca le prohibiría a un ángel dormir conmigo”.


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