asta cerca de las ocho estuvo Su Ilustrísima admirando el contenido de la caja e preguntándose para qué sería aquél útil.“Una arma me parece, Ilustrísima – le dije -, mas bien quisiera saber para qué o para quién. Hacer una pluma de ave con su cañón perfecto e curvado, su vexilo doble construido barba a barba e con sus respectivos ganchos paréceme tarea o de mucho tiempo o de mucha gente”.
Tomándola con sumo cuidado en mis manos, observamos era flexible cual pluma de ave e tenía su corte diagonal en el extremo del cañón, como si debiese usarse para escribir, mas estaba la punta demasiado afilada. Levantando luego el paño que cubría el fondo, apareció un precioso dibujo donde veíase como quedaba el cañón curvado con las puntas hacia arriba, de forma que la parte curvada quedaba hacia abajo. Un hombre con tocado de plumas de colores, parecía escribir en el cuello de otro hombre que pintado se veía de gris casi negro. Junto a éste, aparecía un sencillo signo: un trazo curvo e vertical de arriba abajo.
“Idos a misa, Ilustrísima – le dije antes del amanecer -, que yo he de cerrar la caja e preguntar con harto disimulo a Marinín si ha leído algo desto en el libro que está copiando. Paréceme arma mortal, e que se usa escribiendo este trazo en el cuello de alguien”.
“Mucho trabajo en plata – dijo – para matar. Intentad averiguar cualquiera cosa que pueda seros de importancia, mas no penséis voy a buscar a un alquimista por saber qué hay en esos tres frascos ni qué son esos polvos blancos. Todo esto debe quedar en secreto. Si llegamos a saber por qué está aquí e para qué menester, ha de ser por nosotros mesmos. No quiero curiosos”.


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