24 febrero, 2007

De la pequeña fiesta

o eran las diez de la mañana e ya había niños esperando a la entrada de la casa. Díjoles Cayetano esperasen a la hora, mas estaba ya todo preparado para aquellos que habíanme ayudado a sentirme más vivo que nunca.

Dije se abriera e se dejase el paso franco al salón e al jardín e allí los esperaban Marinín, Antonio e Carlitos. Entraron todos corriendo e quedaron sorpresos de ver cómo estaba todo lleno de flores e banderas de papel de colores e había mesas llenas de dulces e jugos e refrescos. E habíame yo colocado mi uniforme (con tocado y espada), mas llevaba en la toquilla aquella pluma de plata que salvóme la vida días antes.

Pocos niños vinieron con sus padres e a éstos saludé a parte e les invité luego a un buen vino y un bocado. Jugaron todos corriendo arriba e abajo e desde lo alto de la escalera que baja al jardín, dirijíles unas palabras e todos callaron, e tras esto, bajando los escalones, fui saludando a cada niño e agradeciendo su asistencia, e algunos me decían si era cierto lo dicho sobre los regalos.

Tomé a un lado a Fran e a Benito con Marinín e no podía creer cómo iban cambiando hasta parecerse por dentro e por fuera. Así, les dije que, al escribir sus nombres en los papeles donde debían pedir su regalo, pusiesen una cruz delante de su nombre.

Al fin, ya cerca del almuerzo, partieron todos a sus casa e quedaron con nosotros Fran e Benito con sus padres para seguir una fiesta más pequeña e más en familia y en la puerta quedó una mesa llena de «cartas al Capitán», pues ninguno de los niños dejó sólo su nombre e puso su regalo preferido, sino que escribieron todos (con letra de dificultosa lectura), una carta o algunas frases. No podía creer lo que leía en algunas dellas.

Partiendo al anochecer los últimos invitados, quedé sentado solo en el salón casi a obscuras observando cómo recogía el servicio todos aquellos papeles que por los suelos habían quedado. Acercóse Marcos por saber si me encontraba bien e le pedí me dejase meditar lo vivido.

Sobre la mesa del comedor, habían quedado varias botellas de buen vino (algunas para la cena) e, viendo el cuarto creciente de la luna a través de las cristaleras, tomé una botella e fuíme solo a meditar yaciendo sobre una pequeña alfombra de florecillas.

Vino Marcos ya tarde a decirme que había llegado el maestro, don Víctor, e que se cenaría pronto para haber un buen descanso e partir para Ronda con el sol naciente.

The Little Fete
I take a bottle of wine and go drinking it among the flowers.
We are always three…
Counting my shadow and my friend the shimmering moon.
Happily, the moon knows nothing of drinking,
And my shadow is never thirsty.
When I sing, the moon listens to me in silence.
When I dance, my shadow dances too.
After all festivities the guests must depart.
This sadness I do not know.
When I go home, the moon goes with me
And my shadow follows me.

(Vangelis Papathanassiou)

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