25 febrero, 2007

De la partida para Ronda y las conversaciones con todos

uy temprano comenzamos a prepararnos para el viaje. Aseamos a los niños e preparamos con el servicio todo el equipaje. Llegó Valeriano a buena hora e tomó el desayuno con nosotros. E ya Su Ilustrísima sabía de nuestra visita e nos esperaba con impaciencia.

Llegados a la casa que fuimos, nos recebieron todos con grande alegría e fiesta e dirigióse don Juan a los niños e al nuevo invitado imponiendo sus manos e diciéndoles cosas muy bellas:

“¡Ay, esta juventud que nos seguirá! Estos rostros infantes de grandes ojos e grande corazón e sonrisa y este joven maestro que dellos ha de tener cuidado. ¿Víctor decís os llamáis? Sois gallardo e se percibe vuestra buena educación para vuestros veinte y dos años. Perdonad sea parcial, mas no hay para mí otro como Marinín. El día que alguien lo supere, he de decirlo con la mesma claridad que hoy lo digo. Pasad, hijos, pasad, que en vuestra casa estáis; ya lo sabéis”.

“Ilustrísima – le dijo Víctor -, es un placer conoceros, que tal como se me dijo erais me parece sois. Perdonad venga a vuestra casa sin conoceros de antemano, mas de la familia me siento ya parte e llámame el pequeño Carlitos tío Víctor”.

E haciendo gestos con las manos, nos dijo a todos nos entrásemos, e le oí farfullar:

“Lo dicho en otras ocasiones: esta «familia» crece e más tíos hay en esta casa”.

E pasando al salón, nos aclaró Su Ilustrísima que había dormitorio para mí e Marcos, otro para los niños (en dos camas) e otro para Víctor. E noté la mirada extraña del maestro por pensar habría de dormir solo.

Vino luego la hora del bocado ineludible para Su Ilustrísima, que habríamos de tomar en los mejores bodegos de la ciudad e, yendo andando por el Puente Nuevo con la mirada perdida en los paisajes, me dijo Víctor todos dormíamos acompañados y él debería dormir solo. Así, hice un comentario a Marcos e, acercándome al maestro e tomándolo por la cintura, le dije:

“Paréceme que nadie va a dormir solo esta noche, maestro, pues bien grandes que son las camas e, apagadas las luces, todos estamos durmiendo. Marcos dixit”.

E acercándose a Marcos, tomóle por la cintura e algo le dijo al oído e así, volvió éste su cara, miróme sonriente e besóle la mejilla. Los niños seguían a Su Ilustrísima atentos a lo que les narraba y, en llegando a la Calle de la Bola, donde se encuentran los dulces de colores, uno diferente le compró a cada uno. E Víctor, viendo esto, compró tres dulces para nosotros: «Nada puede sino ser un gesto de agradecimiento a vuesas mercedes: un dulce».

En Ronda e a veinte e cinco de febrero del año de dos mil e siete.

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