iendo la fiesta del día del Andalucía, rebosantes estaban las calles de gentes en paseo e nada nuevo hubo hasta llegada la noche, pues siendo las nueve, apagáronse todas las luces e salió el servicio a la calle por ver qué cosa ocurría. Toda la zona de nuestro barrio quedó como boca de lobo y, estando la noche clara, observamos en el cielo la multitud de estrellas que nunca se ven en Sevilla.Encendiéronse velas e distribuyéronse por el salón y el comedor, mas fuimos avisados de que difícil sería tomar la comida caliente. Así, dijo don Juan se sirvieran unos bocados e, si no daban la luz en poco, con esto habríamos de dar cumplimiento a la cena.
Sentados ya a la mesa con varias velas encendidas e, sintiendo el misterio de la penumbra, parecióme el joven maestro estaba nervioso, así, hice porque Su Ilustrísima hiciese una corta historia de lo sucedido en mi familia. E muy bien lo hizo, que omitió las partes que más pudieran producirle miedo e quitó importancia a las otras. Marcos, al ver esa situación, le dijo me conoscía desde poco más de un año e no había otro hombre para él como «el Capitán».
“En un viaje a Cuenca – dijo – por resolver unos asuntos de Su Ilustrísima, conoscí yo a este hombre, que, de forma que aún no entiendo, atrajo toda mi vida hacia él e dejé mi estancia e trabajo en Madrid. Poco después, resolviendo asuntos en Plasencia, conosció el Capitán a Marinín, criatura admirable desde donde se la mire. Vos mesmo, maestro, le conocéis. Alguna que otra desgracia lo dejó sin padres e tomó el Capitán su tutela e, puedo aseguraros que es de tan grande corazón, que lo amo cual si mi propio hijo fuera. Yo mesmo me vine a Ronda a estudiar la vida del Capitán, que resultó haber por nombre Marino, como su adoptado. El resto ya os lo ha referido Su Ilustrísima”.
Y en estas pláticas, que no voy a repetir otra vez, estuvimos hasta las once e, no habiendo luz que nos alumbrase, decidimos ir al descanso acompañados de unas velas.
Acostóse Víctor, como las otras noches, entre Marcos e yo e apagamos las candelas e, llegándome aún el olor de la cera quemada, sentí los brazos del joven aferrarse a mi cuerpo e su llanto desconsolado.
“¿Qué tenéis, capitán, que acercándome a vos me dais la vida?”.
En Ronda e a veinte e ocho de febrero del año de dos mil e siete.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario