06 febrero, 2007

De la llegada del leonés e lo investigado

sear, vestir sus ropas e ordenar a los niños, fue un poco más difícil esta mañana. Edu quedóse en su casa e de allí partiría a la escuela. Retrasóse el desayuno e, así, oímos las campanas mientras tomábamos nuestro refectorio.

Los dos inspectores nos esperaban en el salón e pedí a María cuidase de los pequeños hasta terminado el desayuno, pues el asunto era de importancia.

Fue el saludo muy cordial e invitéles a tomar un buen café durante las pláticas.

“Antes de hablar deste entuerto, excelencia – dijo el leonés -, he de advertiros de que en la mesma guardia hay dos grupos. Uno dellos, el motivo aún no sabemos con claridad, odia todo aquello relacionado con España. Su Majestad el Rey o no lo sabe o no quiere saberlo e nosotros mesmos no podemos luchar contra hombres de nuestro cuerpo”.

“Si vuesas mercedes no pueden luchar contra éstos – les dije –, yo mesmo he de hacerlo”.

“Resolvamos pues agora lo hecho con don Marcos – apuntó el inspector sevillano -, que tal como os prometí, aquí y salvo ha de estar mañana”.

“Dificultoso veo eso que decís – le dije -, habiendo conoscido a ese médico alcaide, que ni razona ni me parece persona en la que se pueda confiar”.

“Aclararé entonces antes – aseguró el leonés -, qué dice la ley criminal, pues una vez detenido el sospechoso o delincuente, deben tomársele todos sus datos e ser llevados al juez antes de las veinte y cuatro horas, cosa que no se hizo. Sólo en casos muy especiales, donde se necesite tiempo para aclarar otros hechos, puede detenérsele hasta setenta e dos horas (tres días). Actuando según la ley, han apresado a este hombre sin decir nada dello al juez. ¡Dios sabrá las intenciones que llevaban en sus mentes! Paréceme, siendo don Marcos abogado, conoce estos datos e pediría la presencia de un abogado, cosa que tampoco se hizo. Viéndose tal vez venir una situación no deseada, pensó en la única solución: hacerse el loco peligroso; el loco que mata al que se le acerque o intenta quitarse la vida. Muy bien debió hacer su papel, pues hubo de pasar por un tribunal médico que no se deja engañar por aficionados, mas, si tan bien lo hizo, fue enviado de inmediato a un manicomio (esos centros de salud mental que dicen agora). Desta forma, quedaba preso e aislado sin pasar por delante de la Justicia. Ese médico alcaide que decís, o es tonto o es parcial destos guardias delincuentes, pues bien es sabido que fueron cuatro guardias los que pusieron las bombas. Don Marcos tiene su coartada e bien sabe la guardia legal que es imposible cometiese él tan espantoso delito”.

“Podría pensarse – dijo De Lema -, que Marcos pagó a unos sicarios para el crimen”.

“Comprobado está - dijo el leonés -, que el dinero tomado del banco es la cantidad gastada en regalos. Pasado el tiempo, hase descubierto que la saca con el millón estaba casi intacta; faltaba poco dinero para pagar a unos sicarios e, si así hubiese sido, nadie sabría de su paradero ni hubiese vuelto a la casa, donde fue apresado. Alguien que comete un crimen desa envergadura en su propia casa, no vuelve a ella”.

“Marcos compró un coche grande para todos – les dije – e, estando yo en Grazalema, tomó el dinero de allí e lo compró a su nombre. El coche ha desaparecido e, según me ha dicho el mesmo Marcos, esos guardias se lo llevaron”.

“¿Un coche grande decís? – preguntó el sevillano - ¿Acaso el que llevóse en su supuesta huída?”.

“Así es, inspector – le dije -, e por su forma de manifestarlo parecióme seguía tomándolo como mío e no suyo”.

Miráronse con extraño ambos inspectores e dijo De Lema:

“Es una cantidad parecida a la que faltaba en la saca el valor dese coche. Vendréis mañana conmigo e tomaremos a Marcos, a la fuerza si es necesario, pero os prometí estaría aquí mañana. El resto habremos de solucionarlo con otras artes”.

En Sevilla e a seis de febrero del año de dos mil e siete.

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