07 febrero, 2007

De la liberación de Marcos (2/2)

uimos todos juntos de vuelta a la sala del médico, que hallábase sentado en su sillón con la mirada perdida e, acercándose Marcos a él le dijo con rectitud:

“Pensaba yo estaba aquí el médico de siempre, mas acaso sois el sustituto”.

“Así es, señor – le dijo algo temeroso -, que no todos los días viene e yo le suplo”.

“Con él quería yo hablar – espetó con calma -, mas si pudierais vos mesmo resolver algunos trámites, sea así, pues aquí tenemos las pruebas de la guardia de que hubiese sido imposible yo cometiese delito alguno. Se me encerró en una celda, pedí defensa de abogado e no se me dio e, como bien sabréis, pasado un tiempo privado de la libertad e sin ver al juez, puede esperarse uno cosas poco agradables e poco legales. Siendo como soy abogado (que cosa tal vez esta piara de guardias putrefactos no sabía), sabía yo que la única forma de librarme de más torturas, e quizá de la muerte, no era otra sino…”.

Volvióse entonces con tranquilidad hacia nosotros e guiñóme un ojo teniendo sus manos en los bolsillos e, al punto, miró con ojos desorbitados al médico e comenzó a hablar gesticulando, como si contase un cuento terrorífico a niños:

“¡Yo los vi! Eran hombres con cabeza de cerdo e a mí se acercaban con cucharas en sus manos e las iban poniendo sobre mi cabeza – se acercaba más al médico – e vertían sobre mis cabellos aceite, ajo, perejil, sal e… ¡una pizca de pimienta! – dijo riendo -, que ningún guiso sin salpimentar es sabroso – cambió el gesto y el tono - ¿O tal vez sí? – llevóse la mano a la boca -. Podría yo hacer esta mesma prueba con vos, mas poca carne os veo e no soy aficionado a lamer huesos. Acaso fuese mejor poneros en la olla a hervir, que es cosa que da muy buen caldo…”.

El médico pegábase cada vez más aterrado a su asiento e, cuando Marcos mojó su dedo en la lengua e la pasó por su mejilla e probó su sabor haciendo gesto de disgusto, parecíame el médico se cagaba (más por el olor que por los sonidos corpóreos). En ese momento, incorporóse mi amigo e le dijo en tono serio:

“Ni antropófago ni asesino ni loco soy, doctor, sino que he demostrado que puedo engañaros a vos hasta el punto de que os caguéis del miedo e así mesmo puedo hacer con un tribunal muy especializado que se me ponga delante. Agora, si el coronel que me acompaña e los dos inspectores de la guardia «limpia» corroboran mis palabras, con ellos he de partir y, en la medida que pueda, he de ayudarles a encontrar a los cerdos que me han hecho esto y, puedo asegurároslo, no tomaré la justicia por mi mano si no es absolutamente necesario”.

“Bien claro se ve este asunto – dije -, que ante un muy buen actor nos hallamos, mas no son estas pruebas de su inocencia teatro alguno – mostré los documentos -, sino realidad. Moved un dedo contra este hombre e no volveréis a mover ya más otro. Agur, galeno”.

E dando media vuelta fuimos hacia la salida e me dirigí a la dama:

“Ya podéis levantaros, señora, que paréceme necesita el doctor un poco de aseo e podéis serle de ayuda”.

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