ióme aviso a primeras horas el inspector De Lema por saber el médico alcaide había gran disgusto por lo hecho e que él mesmo le dijo iba yo a liberar a Marcos. Así, fuése éste del centro e puso en su lugar a otro médico al que habría yo de convencer.Preparé mi mejor ropera en limpiando su hoja e untando su punta con el «remedio del sueño», que con un rasguño en su cuerpo, dejaría a este nuevo médico dormido por una buena pieza. Aunque aconsejóme el inspector no fuese con mi uniforme ni armado, puesto lo llevaba todo; con espada, daga e pistolete, que nada ni nadie iba a resistirse a la liberación.
Al centro llegamos juntos e la dama que nos pidiese otrora las armas e los datos de cada uno, nos vio de pasar con seguridad hacia el interior e detrás de nosotros se vino en gritos: «¡No podéis pasar!». E al atravesar la primera puerta, sonaron pitos e se encendieron luces, mas seguimos hasta la sala donde debería estar el médico alcaide. La dama tomóme por el brazo amenazante e me dijo volviese a la entrada e cumpliese las normas, mas, viendo yo que vestía pantalones ajustados a su talle, saqué mi daga en movimiento rápido e la puse en su entrepierna:
“Apagad esas luces – le grité – e quitad esos pitos, que se os ve tenéis un coño bien pequeño e podría yo agrandarlo de un solo movimiento”.
E, aterrorizada, dio la vuelta hacia su puesto e volví a gritarle:
“¡Sentada os quiero e quieta, en una silla, que si se os ocurre usar el teléfonos o cualquiera otra arte, os llegará la raja del coño a la barbilla!”.
Entramos en la sala del médico (me acompañaban con estupor los dos inspectores) e levantóse el médico subordinado al ver que entraba sin aviso:
“¡Miradme a los ojos, hijo de puta! – le grité con voz atronadora -, que os habéis prestado a evitarle a vuestro colega este trance, e hombre que no mira a los ojos me hace desconfiar. ¡Vamos a la celda de don Marcos e liberadle de todo!; es inocente probado e no ha de pasar aquí más ni un solo minuto”.
“Perdonad, señor – me dijo muy seguro -, mas en este archivo tengo los certificados de su locura expedidos por el tribunal y…”
“¡A la mierda con esos certificados! – le grité desenvainando mi blanca e poniéndosela en el cuello -, pues traigo yo las pruebas que certifican que jamás ese hombre cometió delito alguno”.
E sacando del bolso de mi capa unos legajos, púselos sobre su mesa con un fuerte golpe:
“O sois cómplice de los guardias sebosos o mentís – apreté un poco la punta de mi blanca en su cuello -, que agora se verá ese hombre que tenéis ahí encerrado está más cuerdo que vos e no ha habido juez ni condena. ¡Abrid la celda, que conmigo ha de venir!”.
“Mucho me temo – dijo asustado -, que, aunque podéis llevároslo, tendrá que ir desnudo, pues la ropa pertenece a este centro”.
“Cosa tal no me importa – le dije con sorna -, que yo mesmo he de desnudarlo e dejar esas ropas de zahúrda aquí, pues traigo las suyas e, si al salir deste centro (que más que centro parece círculo de delincuentes), osáis avisar a alguien de lo sucedido, os juro (cosa que nunca hago) os buscaré debajo de la tierra e allí os enviaré otra vez, mas metido en una caja”.
Asustado aquel hombre por lo que le decía, nos hizo pasar a la sala donde se encontraba Marcos y, estando desatado, corrió hacia mí en llantos: «Llevadme con vos; llevadme siempre con vos”.
Quitamos las ropas que tenía e, porque no se sintiera de extraño, dejéle una bolsa con las suyas e le dije se vistiese e nos salimos afuera. Al poco, salió de la sala ya vestido e tomóme por la cintura.
“Vayamos agora a ver a ese matasanos subalterno – le dije -, que quiero le demostréis estáis cuerdo como nosotros e, luego, os hagáis el loco peligroso. No le hagáis daño, mas permiso tenéis para llevarle hasta el terror e, cuando salgan sus ojos de sus órbitas sintiéndose amenazado por un criminal, cambiad vuestra actitud en un repente e volveros sin palabras acercándoos a nosotros”.
“Así lo haré, Marino – dijo de contento -, que eso para mí no es nada ya dificultoso”.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario