ecidí esa mañana llevarme al pequeño porque viese la ciudad e, tras resolver mis asuntos con don Justo, lo llevé a los almacenes. Fuimos a la parte donde están los juguetes e acercóse amable un tendero e preguntóme si buscaba algo para mi hijo. Con esto, le dije que no era yo el que buscaba cosas, sino el pequeño (que tenía su boca abierta de ver tanta maravilla).“Llevaos a mi niño con vos – le dije – e mostradle cuanto pueda gustarle. No voy a llevarme todo lo que aquí veo, mas decidle ha de escoger cinco cosas de todas ellas”.
Mostróse el hombre amable e tomó a Carlitos de su mano e dieron unos paseos por la tienda e resté yo en una esquina disfrutando de los gestos que hacía el pequeño al ver los juguetes.
“No enviad nada a casa – le dije -, que aunque estas cajas abultan, tengo a quien puede ayudarme a llevarlas agora al coche”.
Bajamos Valeriano e yo lo comprado hasta el coche e volvimos a la casa e, al entrar, vino Marinín corriendo hacia mí e me dijo muchas cosas:
“El maestro dice os espera ya con impaciencia para las friegas; la marquesa ha venido tarde e ha dicho a Cayetano podéis poner cuanta mejora queráis en la casa e yo, pensando estaba, cuando asoméme a la ventana grande de la buhardilla e parecióme ver hasta cuatro hombres mirando por la parte trasera”.
“¿Cuatro hombres? – preguntéle -. Acaso eran vecinos que por aquí andaban de paseos”.
“¡No, papá – insistió -, tomadlo en serio!, que cuando esto os digo es porque no eran cuatro hombres que van de paseo”.
Al oír esto, di aviso al inspector De Lema, mas nadie hablaba en su teléfono. Pasé el resto del día distrayendo a los niños (incluido Marcos) e con un ojo en los juegos e otro en los alrededores.
En Sevilla e a catorce de febrero del año de dos mil e siete.


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