05 febrero, 2007

De la determinación tomada al conocer los hechos

asi no podía dar un paso mi amigo e compañero cuando aún me daba detalles de cómo engañó incluso al tribunal de médicos que examinóle por locura: «Cuando uno ha visto un caso destos, ya sabe qué hacer para no ir a presidio».

“Amigo Marcos, no dejad de andar – le dije -, aunque volvamos ya hacia el centro. Aguantad cuanto podáis. El inspector sevillano está ahí, mas narraré también los hechos al leonés, pues si no estabais en casa y comprobóse cuatro guardias abrieron el coche de las mortales cajas, salvo sois. Debéis agora convencer a los inspectores de que sois capaz de haceros el loco por no ir a prisión o quizá seguir siendo torturado o muerto. Por lo que me habéis contado sé sois inocente e haré pagar a los culpables. Ya no me importa vengarme, pues casi parece esto una guerra. O muero yo o mueren ellos”.

Volvió a ponerse en llantos e ya no pude convencerle de que levantase la cabeza:

“¿Cómo está Marinín, cómo está?” – preguntaba en llantos -. E viendo que apenas podía seguir andando, tomélo en brazos e vi venían los guardias a tomarlo:

“Si le tocáis un cabello – les dije – puedo aseguraros saldréis de aquí, mas metidos en cajas”.

Se me dejó paso franco e lo puse sobre un asiento e pedí agua para él:

“Marcos, amigo – le dije en caricias -, en poco estaréis en casa conmigo a salvo e os prometo todos estos que os han hecho tanto mal por mí, pagarán con creces el daño. Descansad agora, mas pensad pronto estaréis en casa”.

Así, acercándome al inspector, le pregunté por qué no se había juzgado legalmente a Marcos e me dijo éste que fue informado de su locura e peligrosidad e le dije yo que en dos días había de hablar con el inspector leonés e Marcos debería estar en casa, pues si salía mi espada de mi vaina, el único culpable de muertes sería yo, mas una vez muertos todos los demás.

“Sabéis, excelencia – me dijo atemorizado -, hay un grupo de policías que quieren veros muerto por defender a España, mas no sabemos quienes son todos”.

“¡Investigad – le grité -, es vuestra misión e, si no la cumplís, vive Dios que iré pasando a hierro a todo aquél del que sospeche hasta que ni uno dellos quede! ¡Quedáis incluido!”.

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