ncendióse la lamparita de Marcos muy de temprano e puso su brazo sobre mi cuerpo:“Marino, sabed que hoy es día de San Valentín. Una sorpresa os tengo”.
Y casi en sueños, le dije:
“Sabed vos que San Valentín debe celebrarse por las parejas de hombre e mujer, que por tal motivo fue mártir. El día que hoy se celebra no está puesto en el calendario sino para vender regalos, mas de vos acepto el que queráis”.
E púsose a acariciarme primero e a jugar luego haciéndome cosquillas. Seguíle el juego, pues me pareció atinado e, al poco, lenvantóse e dijo:
“Al aseo de los pequeños voy, que si bien a Marinín nada hay que decirle, ni Carlitos por su edad ni Antonio por lo vivido, saben asearse como Dios manda”.
“En poco iré a ayudaros – le dije -, que viene hoy la señora marquesa para darme el permiso para poner el escudo en la puerta e cambiar las dos partes laterales de la cristalera del salón por vidrieras de colores”.
“Y es seguro – añadió – habréis de ir a Sevilla a preparar más papeles, que un cambio de vida como este no se resuelve con una mudanza”.
“Así será – le dije -, dadme agora un beso e id a vigilar el aseo desos pillines, que no quiero gente sin asear en esta casa”.
Al poco de irse, levantéme e me puse la bata, mas parecióme era un día caluroso e me puse ropa más fresca. E viéndome entrar Antonio, púsose en pie, que en la cama estaba sentado:
“Tío Marino – me dijo casi en llantos -, una forma tengo yo de asearme e tengo que aprender otra. Dadme tiempo”.
E, acercándome a él, le dije:
“Nadie os dice mañana sepáis asearos como en esta casa se hace. Prestad atención a lo que se os dice e hacedlo poco a poco; pero hacedlo, que siendo en vuestra casa harto dificultoso, es aquí fácil e tenéis el cuarto del baño calentito. Venid conmigo, venid, que yo os diré cómo hacerlo e será de vuestro gusto”.
Así, nos entramos en el cuarto del baño e nos despojamos de las ropas e le fui diciendo a Antonio cómo debía hacerlo e lo vi estar de contento e, cuando ya lo secaba con la toalla, me dijo:
“¿Sabéis una cosa? Nunca vi a mi padre desnudo como a vos os he visto e, viendo vuestro cuerpo, entiendo mejor lo que decís del aseo. E ¡ya quisiera yo tener un cuerpo así cuando sea mayor!”.
“Lo tendréis, Antonio – le dije -, lo tendréis, pero hay que cuidarlo”.
“Como me lo habéis dicho he de hacerlo”.


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