onó mi teléfono por la mañana e fui a ver quién daba aviso, mas, esperaba yo oír alguna voz e nadie hablaba. Así, pregunté quién era e no hubo respuesta a esta pregunta, sino que una voz ronca comenzó a hablar:“¿Creéis lo que habéis hecho va a quedar así? Nadie puede venir a este centro e sacar por la fuerza a un recluso. Os denunciaré; diré a la guardia lo que habéis hecho y seréis preso”.
“Paréceme sé quién sois – contesté – e que bien erráis, pues hasta dos inspectores conmigo vinieron como testigos; e mirad habláis con un coronel e debéis medir vuestras palabras e medir las amenazas”.
“No son esos los inspectores a los que os denunciaré – dijo alzando la voz -; creo me entenderéis con claridad”.
“A fe que os entiendo – respondíle -, que bien sé hay guardias e inspectores «sucios». No habladme de ser apresado entonces, pues si por aquí viniese uno desos cerdos, bien sabría yo cómo hacerles su San Martín aunque estemos en febrero e, tras ellos, a por vos iré. Vos decidís”.
“Haría yo caer todo el peso de la Justicia sobre vos, excelencia – dijo con sorna -, que eso de tomarse la justicia por la propia mano está penado”.
“Bien decís está penado – respondíle -, pues aún habiendo pasado don Marcos por el tribunal de tres peritos que se estipula en la ley, es el juez, y sólo el juez, el que debería haber enviado a este hombre a ese centro en vez de a prisión. E no ha habido juicio. Seré yo entonces quien tenga que denunciar que se ha aplicado una «justicia» bastante peculiar”.
“¿Cómo sabéis todo eso?” – exclamó -.
“Basta con leer, señor matasanos – terminé la plática -; leed un poco antes de prestarse a tales enjuagues, que con esos guardias cerdos caeréis, pues pruebas suficientes tenemos de que no es don Marcos culpable ni está loco, e de quién fue el engaño e cómo fue engañado. Si jugáis sucio e fuera de la ley, a fe que he de aplicar yo el «ojo por ojo e diente por diente»”.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario