aliendo de mi bufete e dándole vueltas a los razonamientos de Marinín, encontré en el salón en pláticas a Su Ilustrísima e a Ildefonso e, viendo el gesto con el que aparecía, manifestó don Juan:“No digo que os veo macilento ni que vuestro rostro parezca de alabastro, mas sí paréceme adivinar habéis visto u oído algo que os ha mudado el rostro, sobrino. ¿Acaso habéis leído algunas líneas que os han revelado secretos?”.
“A fe, Ilustrísima e Ildefonso – les dije -, que lo que acabo de ver e oír no es para tener la tez blanca o el gesto deshecho, sino para estar tumbado en el mesmo suelo del bufete con el conocimiento perdido, que anda Marinín copiando esas imágenes que tomamos e le he hecho algunas preguntas. Sus razonamientos parecen tan fáciles, que razonándolos, son imposible de entender”.
“Así os lo dije, sobrino – espetó don Juan -, que su cuerpo parece un poco mayor al de su edad e su mente es muy superior. Varias veces hemos hablado desto e varias veces hemos hecho pruebas que a todos nos han dejado confusos”.
“¿E no habría alguna forma de averigüar por qué ocurre esto? – le dije -, pues si bien le salvé la vida un día, creo algún día salvará todas las nuestras a base de razonar”.
Rió Su Ilustrísima al oír lo que decía, mas pronto pensó una posible solución:
“Pensáis – me dijo – que es vuestro hijo el de mente privilegiada, mas olvidáis fue sanado mucho antes que Fran e antes que Benito. Olvidáis acaso que Antonio, sólo de estar a su lado un tiempo, más ha progresado que asistiendo a la escuela. Haría yo una prueba si atinada os parece, pues acércanse sábado e domingo e podríamos reunir aquí a los tres sanados e, habiendo diferencia de tiempo entre ellos, podríamos saber si su mente ha adelantado. Marinín, como bien decís, a veces asusta; veamos qué dicen los otros. Comprobado esto e, si lo creéis conveniente, podríamos averigüar si esto es producido por el remedio que los curó”.
“Deso no dudo – les dije -, que cuando los he mirado a los ojos, todos me han parecido como hermanos”.
“Hermanos somos todos, hijo – respondió ceremonioso -; hermanos en el Señor. Mas no creáis que no he visto alguna cosa en sus rostros que me confunde. Hagamos la prueba. Invitad a los tres que habéis sanado en estos tiempos e veamos qué hay en sus mentes”.
En Sevilla e a primero de febrero del año de dos mil e siete.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario