a muy temprano, en el baño, pidióme Marinín haber unas platicas conmigo e le dije diese sus clases matutinas mientras yo resolvía mis asuntos e, tras el almuerzo, hablaríamos a solas cuanto quisiese en mi bufete como un hombre a otro hombre. Miróme en agua empapado y echóse a mis brazos: «Como vos no hay otro».“Ninguno, gracias a dios – le dije -, somos iguales. Unos son malos e otros buenos, mas, entre los buenos podéis consideraros, que vuestra labor ha sido dificultosa por ayudar a vuestro padre e la toda la gente que le rodea”.
“¿Cuándo se es santo, papá? – preguntó sin dar importancia a sus palabras -; es so cosa que no entiendo”.
“Pues habréis de esperar a esta a mañana – le dije – e preguntárselo a Su Ilustrísima, que es el que sabe desas cosas”.
Y estando ya cada uno en su labor, sonó el teléfono secreto:
“Excelencia, os habla el inspector para asunto importante”.
“A fe que ya por vuestro saludo os conozco – le dije -, mas sí es cierto que siempre decís novedades ¿Cuál es la de hoy?”.
“Con la clave he dado, excelencia – me dijo con misterio -, que he hablado con el médico alcaide del centro donde estuvo Marcos y, como sin darle importancia, le he dicho poseéis la pluma de plata. ¡Deberíais haber visto su rostro! E sabiendo que lo que se le dice corre como fuego en la pólvora, es posible ya sepan todos esos indeseables que es mejor no acercarse a vos”.
Y en riendo por aquello manifestado, le dije:
“Creo habéis ido a la mecha que encienda tanto explosivo. Mas, si aún necesitáis de un ayuda, ya sabéis a quién dar aviso. E como con vos me gustaría haber unas pláticas y el sábado habemos fiesta en casa, invitado quedáis, que pasaremos luego unos días en Ronda”.
“Un luengo descanso creo necesitáis – dijo -, e no os aconsejo esto por notaros fatigado, sino que paréceme que olvidaríais lo ya ocurrido; al menos, lo suficiente para llevar vuestra vida con normalidad”.
“Buena época viene agora para esos retiros y esas meditaciones – concluí -, que parece la Cuaresma tiempo de recogimiento e meditación que a todo ayuda”.
“El sábado por la mañana me tendréis en la fiesta – aclaró antes de terminar -, que antes de la meditación bien vale aclarar lo poco claro”.
Terminaron las clases e corrieron los niños a abrazarme: «Deseando estamos de que llegue la fiesta del sábado».
Y el maestro me miraba dudoso, pues no sabía si habría más friegas. Así, le dije:
“¡Vamos! Subid e id preparándoos, que al faltar días de remedios, habrán de ser estos de agora un tanto… especiales”.
E subió como alma que lleva el viento dejando caer las sus ropas por las escaleras.


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