o era día de lluvias, mas sí había algunas nubes e corría el aire fresco de la sierra, cuando salimos hacia la plaza. Allí jugaron los niños una pieza e platicamos nosotros, que tras el desayuno, vínose Ildefonso unido al tercio de siempre por dar su saludo también a esta familia.Terminada la misa, salieron hacia un lado de la plaza e, por no imaginarnos allí, no nos vieron. Acudimos a ellos e, al ver la sotana de Su Ilustrísima, advirtieron quiénes le acompañaban. E corrió don Diego a Marcos e abrazólo en llantos e dióle éste sus condolencias e así fizo luego doña Montserrat: «¡Dios mío!, decía, ¡Qué desgracia para todos!».
E mirando luego a su en derredor, comenzó a buscar:
“¡Santo Dios bendito e Su Santísima Madre Nuestra Señora María! – dijo acercándose a Marinín - ¡Este niño está bendito o algo así, que el mesmo no parece!”.
E corrió Marinín a ella e a don Diego como si de su familia fuesen.
“Imagino no es cosa del capitán este cambio – exclamó don Diego -, que es esta criatura para pararse en la calle e admirarlo”.
“Mejor aún, don Diego – aclaró Su Ilustrísima -, que si por fuera viene cambiado, os asombrará su belleza interior”.
“¡Venid conmigo! – pidió don Diego -, que he de compraros ahí un dulce o cualquiera otra cosa que gustéis”.
E señaló Marinín a sus amigos sin darle tiempo a decir cosa alguna, pues continuó don Diego:
“¿Son vuestros amigos? Decidle vamos todos a comprar dulces”.
“Grazalemeños son – dijo don Juan – e bien observaréis parecen hermanos. Mañana irán a Grazalema a ver a su madre”.
E tomó este hombre al pequeño en brazos e iban los otros dos a él agarrados e narrándole cosas e riendo e veíase el rostro feliz de don Diego e su esposa. Con esto, miró con triste sonrisa doña Montserrat a Marcos e le dijo:
“Lo que no tiene solución, porque así lo quiso Nuestro Señor, no podemos remediarlo, mas mucho me alegra veros, que sé podríais estar muy mal agora e todo ha acabado. E no sé cómo agradeceros lo hecho con el capitán…” (no podía seguir hablando).
“Señora, - le dijo éste con un leve saludo -, aquí me tenéis para lo que os sea menester, mas es el capitán el que hace estas cosas e yo le ayudo como él mesmo me ha enseñado”.
“Muchas veces – contestóle – he hablado con mi esposo de vuestra entrega. Dios os la tendrá en cuenta”.
“Cambiemos el tercio – dijo Su Ilustrísima con ceremonia -, que ya vienen aquí los cuatro «niños» con sus dulces”.
Y en llegando don Diego a nosotros, dejó ir a los pequeños e acercóse a Marcos:
“Abogado sois e uno necesito – le dijo - ¿Llevaríais un caso que agora me atañe?”.
“Sin duda e sin compromiso alguno, don Diego – respondióle al punto -, mas espero sea de lo civil que es mi dominio”.
“De lo civil es – le dijo – y en familia queda, que hame denunciado mi propia hija por lo sucedido”.
“¿Qué decís? – gritó Su Ilustrísima - ¿Después de lo hecho e de despreciar a su hijo os denuncia?”.
“Así es a veces la vida, Ilustrísima – respondióle éste mirando a los niños -, que cuando se tiene no se quiere e cuando ya no está se reclama”.
“¡Santo Dios! – exclamé -, e perdonadme, que tal bajeza no imaginaba existía”.
“Pues existe, excelencia, existe”.


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