20 febrero, 2007

De cómo pedí ayuda a don Eduardo

i aviso al inspector sobre aquellos hombres (hasta cinco vi) e me dijo no podía intervenir la guardia, pues guardias eran aquellos e a por mi vida iban. Así, le dije que yo solo no sabía si podría defender mi casa de tanta amenaza e me dijo con claridad:

“Excelencia, mi vida es mi puesto en la guardia. Si entro en ese entuerto no pierdo yo, sino que perdéis vos e pierde toda mi familia. Si pudieseis resolver vos esa vigilancia no deseada, sí podría yo dar órdenes de que nada se sepa. Creo entendéis”.

“Esto entiendo, inspector – le dije -, mas no alcanzo a razonar cómo hay una guardia dividida en dos. Agradecido os quedo y tened por seguro que recebireis mi aviso de retirar hasta cinco cadáveres destos enderredores”.

“Así habrá de ser, excelencia – concluyó -, que ya sabéis cómo es España desde hace años mejor que yo”.

En terminando la plática, fuime a buscar a don Eduardo e abrióme la puerta asustado.

“¿Qué os pasa, excelencia? – me dijo abriendo más la puerta -. En vuestra cara traéis un aviso de peligro”.

“Hasta cinco hombres rodean mi casa e bien sé van a matarme – le dije -; todos ellos de la guardia que no me quiere por defender a España ¿Sabéis desto?”.


Y en riendo, me dijo:

“Pasad, don Marino, pasad, que eso que decís todos lo sabemos. Podría yo seros de ayuda, mas ha de ser esta mesma tarde. No quiero irme esta noche a mi puesto e dejaros con esos hombres acechantes e mi hijo en vuestra casa. A matar estoy dispuesto si ello es necesario, que licencia tengo para ello”.

E volviéndose hacia Edu, que escuchaba lo que hablábamos, le dijo:

“¡Hijo, ya os he dicho que cuando hable con personas mayores no debéis oírnos!”.

Así, volví a casa con don Eduardo e observó los dos caminos (a modo de pasillos) que rodeaban la casa. E subimos a la buhardilla e pudo ver a los hombres vigilando.

“Quizá – le dije -, esperen el momento de que salga yo solo e me asalten. Esto no entiendo, que llevan días vigilando e no hacen nada”.

“Yo creo entenderlo, excelencia – contestóme sonriente -, pues vigilan la casa y esperan el momento en que nadie os acompañe, como decís. Muerto el coronel sin que nadie lo haya visto, desapareció el problema”.

“¡Hijos de puta! – grité -, que si piensan van a vencerme yerran, que nadie lo ha hecho en muchos años”.

“Un disparo desas armas – dijo resignado don Eduardo -, desde muchos metros, os harían un buen agujero en el vientre o haría desaparecer vuestra cabeza. Pensemos entonces, al menos, cómo hacer para que se vayan”.

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