22 febrero, 2007

De cómo ciertos actos podrían ser un pecado

erminaron las friegas e fuése el maestro a la hora del almuerzo y, entrando en el comedor, me tomó mi niño de la mano, la apretó e me miró con sonrisa pícara. Y acabado el yantar de cada medio día, me recordó Marinín quería haber unas pláticas conmigo. Así, le dije nos entrásemos en el bufete e sentéme yo en mi asiento y él en el frontero:

“¿Qué hace santo a un hombre – preguntóme – e qué le hace vil?”.

“Ya os he dicho, pequeño- respondíle -, que hay personas que desto saben más que yo, mas si pensáis que matar hace a un hombre villano, he de deciros que depende de cómo o por qué mate”.

“De matar no hablo, papá – contestó al punto -, que bien sé que si es en defensa de la propia vida es porque antes ha venido alguien a mataros. Hablo de otros hechos que suceden e que no hacen daño a nadie e dice la Iglesia no deben hacerse”.

“E ¿cuáles podrían ser esos actos? – preguntéle -, que si a nadie hacen daño, no me parecen sean pecado”.

“Santo no quiero ser, papá – me dijo -, mas tampoco quiero hacer cosa alguna que molestia sea para Dios Nuestro Señor”.

E mirándole con asombro por no saber lo que iba a decir, preguntéle:

“Aunque niño sois, como adulto pensáis e habláis. Hablemos pues entre hombres, no como padre e hijo, que si no es así, serán demasiado luengas estas pláticas”.

“Con tío Marcos yacéis cada noche; e yo con Antonio. Vos amáis a tío Marcos e yo a Antonio. ¿Me condenaré por expresar mi cariño a mi amigo o por dejar que éste lo haga?”.

No sabía qué cosa decir en aquel momento e, por no oír más detalles de lo expuesto, le dije:

“¿Queréis a Antonio, verdad? Con él dormís todas las noches e jugáis todos los días. ¿Pensáis así le hacéis daño alguno a vuestro mejor amigo?”.

“A fe, papá – respondió al punto -, que más quiere él sentir mi contacto que yo el suyo; aunque… más contacto quisiera yo”.

“¿Y hacéis esto – preguntéle dudoso – porque lo habéis visto hacer o porque…?”

“Porque si no es así, papá – me dijo -, mi vida no tiene sentido”.

“Buscad entonces el sentido de vuestra vida – le dije – e no penséis en esas cosas del pecado ni de los santos. Amar no mata a nadie a traición”.

“A lo que quería saber – dijo – me habéis dado respuesta. No es menester seguir platicando; sólo quería saber si vos mesmo e Dios Nuestro Señor me daríais castigo por un abrazo a quien quiero”.

“¡Hijo! – exclamé - ¿Cómo podéis pensar eso?”.

En Sevilla e a veinte y dos de febrero del año de dos mil e siete.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario