ugaban los niños en el pequeño patio e Su Ilustrísima, Marcos e yo, estábamos en lecturas en el salón, aunque bien creo que ninguno de los tres avanzaba un renglón. Salía Marinín al patio con pan mojado en las manos e bajaban muchos gorriones que dél comían mientras sus amigos le miraban con la boca abierta. Comenzaron luego a caer unas gotas de lluvia e se entraron en la casa corriendo; Marinín a lavarse las manos, e viniendo Antonio con asombro a decirme cómo hablaba con los pájaros e dábales de comer en su mano; y el pequeño oía en silencio con sus ojos muy abiertos.“Paréceme – le dije – que hale dado Dios ese don, que yo nada deso le he enseñado e los pájaros me huyen”.
“Una plumita ha caído al suelo – me dijo entonces -, la he tomado para guardarla como recuerdo”.
“Las plumas de los gorriones son grises e pequeñas, niño – le dije -, recordadme al llegar a Sevilla os enseñe las que tengo para poner en mi toquilla”.
“¿Y tenéis también la pluma de plata?”.
Saltó Su Ilustrísima en el asiento e me miró no sé si con extraño o reprimiéndome.
“¿Quién dice tengo yo una pluma plateada? – le dije - ¿Acaso no sabéis que son todas blancas o de bellísimos colores?”.
“Todos los niños lo saben, tío Marino – venía ya Marinín del aseo -, que el Capitán Alacaída lleva una pluma de plata. No plateada, sino de plata pura”.
“Pues a fe – le dije – que el mismísimo Capitán Alacaída acaba de enterarse. Contadme esa historia e tal vez pudiérala yo glosar”.
“Dícese – comenzó – que vos hacéis Justicia donde no la hay e salváis las vidas de los niños en llevando en el sombrero una pluma de plata brillante. Así, si algún follón os asalta o quiere herirnos a nosotros, la tomáis de la toquilla y escribís «muerte» en su cuello. E también se dice que esa pluma vino de otro mundo mágico. Por eso siempre hacéis muchos regalos a los niños; como los Reyes Magos. Es como si fueseis el enemigo del «hombre del saco». Ahora bien os conozco e nunca he visto esto, mas lo creo”.
“Cierto es lo que se dice de vos, papá – interrumpió Marinín -, mas a fe que nunca he visto ni me habéis hablado desa pluma”.
“Con vos quisiera yo hablar una pieza – le dije a mi hijo -, que uno desos pajaritos me ha dicho sabéis más que yo deste asunto”.
Mas ahí quedó este día sábado, que llevamos a los niños a ver el atardecer entre nubes. E viendo tales colores, dijo Carlitos: «Aquella nube paréceme pluma de plata».
En Ronda e a diez y siete de febrero del año de dos mil e siete.


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