Toda la casa fue una fiesta, pues procuré entrasen allí los niños e allí se les sirviese algún dulce; cualquier cosa que deseasen. No era mi idea sino evitar que éstos viesen a la guardia retirar los cadáveres de aquellos inhumanos, que, conforme pasaba el tiempo, iban deformándose de tal manera, que yo mesmo impresionéme e hube de mirar a otro lado. En la esquina del callejón, unos guardias con ropas especiales e que llevaban la cara tapada así como la tapan los médicos, los tomaron con guantes e los pusieron en las bolsas negras que siempre les vi de usar.
Entre el abultado grupo de guardias que allí había, salió el inspector con la cabeza un tanto gacha e no sé si me miraba con rabia o confundido. Ya cerca de mí, miró de espacio a su en derredor e me dijo:
“Al menos, excelencia, aunque hayáis siempre usado vuestras armas toledanas infalibles, deberíais haberme dicho teníais en vuestro poder la pluma de plata. Los cinco cadáveres llevan la marca que todos conocemos por tradición, pues jamás la habíamos visto, mas, pregúntome yo: ¿en dónde la habéis tenido tan bien guardada que no hallóse en el… accidente de vuestro palacio? Tendré que empezar a pensar que el mito en el que creen esos niños es tan cierto como que he tenido que hacer esfuerzos para no vomitar al acercarme a uno desos finados”.
“Quizá, inspector – le dije -, no sea muy creíble lo que os voy a manifestar, mas por perdida daba esa pluma o, si os soy bien sincero, de su existencia nada sabía hasta hace bien poco, que se me dijo estaba a buen recaudo en mi casa de Ronda. No la he traído para deshacerme desos cinco villanos, sino para estudiarla. No es esa la marca ni el lugar que se pone hoy en la frente con ceniza, pero también recuerda eso de: Memento, homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris”.
“Pues bien la habéis estudiado – dijo – e bien la habéis usado e con el signo adecuado en el sitio adecuado. Sabed que es este el momento de que el resto desa guardia asesina sepa la tenéis, que no sería sino así como os huirían como a perro apestado. No hay arma como esa, de dificultoso uso y de resultados que a la vista tenéis ahí atrás a tres metros. Creo permitiréis deje yo correr la noticia de que la tenéis”.
“La tengo, inspector – aclaréle -, mas espero no haber de usarla en ninguna otra ocasión, que no es mi intención ir matando a gentes por doquier, sino defenderme de los ataques que se me hacen de continuo. Si la ley no pone pie a estos asaltos, recogeréis más mierda como esa de las aceras de las calles”.
“En verdad os digo – concluyó dando la vuelta -, que sois hombre gallardo, afable e admirable, mas no me gustaría indisponerme con vuesa merced”.
Hacía Cayetano verdaderos esfuerzos porque no saliesen los niños a buscarme cuando volví a la casa, e un tumulto gritaba e levantaba los brazos para acercarse a mí. Así, abriéndome paso e saludando, subí unos escalones e les hice señas de guardar silencio en diciéndoles:
“Muchas mercedes os debo e pagároslas no sé. Tal vez dudéis de quién soy… (interrumpieron mi plática al grito de ¡Capitán!)”.
Acercóse el pequeño Edu e tomélo en mis brazos e me dijo al oído todos sabían iba a aparecer entre ellos «disfrazado» de hombre moderno. En esto, bajó Marinín trayendo un pequeño cojín de seda blanco e sobre él traía la pluma:
“Tomad – me dijo -, ya he usado el tercer frasco para limpiar la ponzoña que en la pluma quedaba. Podéis tomarla sin miedo”.
E al tomar la pluma, mostréla a los niños, que llenaban el enorme salón de mi casa e hubo un gran silencio.
“Os he prometido – les dije -, e así lo haré, que el mesmo sábado os haré una fiesta en esta casa. Quiero lo digáis a vuestros padres e los invitéis, si venir les place. Si el día hace bueno, saldremos al jardín e, cuando vayáis saliendo para vuestras casas, encontraréis en una mesa que a la salida hay, mucho papel e lápices para escribir. Poned cada uno en un papel vuestro nombre completo, la edad y el regalo que queréis os traiga el capitán (hubo un gran murmullo). También os prometo por la merced concedida entre todos, presentarme ante vosotros como siempre os han dicho voy”.
E hubo gran contento e se acercaron muchos dellos e querían yo les tocase e puse mi mano sobre sus cabezas.
“Cayetano – le dije luego a mi mayordomo -, quiero se cumpla lo que he dicho e necesito un ayuda. Contratad al menos a tres mozos que hagan una lista con los regalos e los pidan; yo pediré se mire con lente cada caja que en esta casa entre. Invitados quedarán también los otros amigos de mi hijo, Fran, Raúl e Benito, con sus padres. Preparemos una fiesta donde sobre más del doble de lo que se calcule. Buscad hasta diez camareros e decidles cobrarán el doble de su sueldo, que esta briega con niños produce hartura”.
“Eduardo, amigo – dije al vecino -, si alguna cosa os fuere menester, no dudéis en pedírmela. Ya sé que lo hecho no puedo pagaros, mas sí quisiera hubiérais un recuerdo de lo acaescido esta tarde como triunfo. No demoraros mucho, que habéis de trabajar esta noche. Vuestro hijo estará aquí tan seguro como el mío”.
E mirando a mi hijo sonriente, le dije en abrazándolo:
“Esto os lo debo a vos, Marinín; sólo a vos”.
En Sevilla e a veinte e uno de febrero del año de dos mil e siete.