28 febrero, 2007

De la noche obscura

iendo la fiesta del día del Andalucía, rebosantes estaban las calles de gentes en paseo e nada nuevo hubo hasta llegada la noche, pues siendo las nueve, apagáronse todas las luces e salió el servicio a la calle por ver qué cosa ocurría. Toda la zona de nuestro barrio quedó como boca de lobo y, estando la noche clara, observamos en el cielo la multitud de estrellas que nunca se ven en Sevilla.

Encendiéronse velas e distribuyéronse por el salón y el comedor, mas fuimos avisados de que difícil sería tomar la comida caliente. Así, dijo don Juan se sirvieran unos bocados e, si no daban la luz en poco, con esto habríamos de dar cumplimiento a la cena.

Sentados ya a la mesa con varias velas encendidas e, sintiendo el misterio de la penumbra, parecióme el joven maestro estaba nervioso, así, hice porque Su Ilustrísima hiciese una corta historia de lo sucedido en mi familia. E muy bien lo hizo, que omitió las partes que más pudieran producirle miedo e quitó importancia a las otras. Marcos, al ver esa situación, le dijo me conoscía desde poco más de un año e no había otro hombre para él como «el Capitán».

“En un viaje a Cuenca – dijo – por resolver unos asuntos de Su Ilustrísima, conoscí yo a este hombre, que, de forma que aún no entiendo, atrajo toda mi vida hacia él e dejé mi estancia e trabajo en Madrid. Poco después, resolviendo asuntos en Plasencia, conosció el Capitán a Marinín, criatura admirable desde donde se la mire. Vos mesmo, maestro, le conocéis. Alguna que otra desgracia lo dejó sin padres e tomó el Capitán su tutela e, puedo aseguraros que es de tan grande corazón, que lo amo cual si mi propio hijo fuera. Yo mesmo me vine a Ronda a estudiar la vida del Capitán, que resultó haber por nombre Marino, como su adoptado. El resto ya os lo ha referido Su Ilustrísima”.

Y en estas pláticas, que no voy a repetir otra vez, estuvimos hasta las once e, no habiendo luz que nos alumbrase, decidimos ir al descanso acompañados de unas velas.

Acostóse Víctor, como las otras noches, entre Marcos e yo e apagamos las candelas e, llegándome aún el olor de la cera quemada, sentí los brazos del joven aferrarse a mi cuerpo e su llanto desconsolado.

“¿Qué tenéis, capitán, que acercándome a vos me dais la vida?”.

En Ronda e a veinte e ocho de febrero del año de dos mil e siete.

De los nuevos razonamientos de Marinín e dudas de Víctor

ocaron a la puerta muy temprano e oí la voz de Marinín.

“Pasad, hijo, pasad ¿Acaso necesitáis alguna cosa? Aún es muy temprano”.

“Nada me pasa – dijo acercándose -, sino que llevo despierto ya una buena pieza e los otros todos duermen”.

“También yo dormía – respondíle en besándolo – e hay aquí más gente que duerme”.

(Que dormía, dijo Marcos).

“Es que yo quería hablar con vos – continuó – e luego no podremos en todo el día”.

E mirándole con extraño, tomélo por la cintura e le dije:

“Pues subid aquí a mi lado que aún hace un poco de frío para andar descalzo e decidme qué es eso que queréis hablar, mas ya sabéis están tío Marcos y vuestro maestro aquí. Si el comentario es privado, habrá que esperar a otro momento”.

“No, papá – dijo sonriendo -, que nada privado hay, sino que estando despierto e habiendo tiempo sé me oiríais”.

“A fe que os oiré e os oiría en cualquier momento, mas hablad quedo por no molestar a nadie”.

“Sí, si – respondió de contento -, no quiero ser de estorbo para nadie, sino deciros lo que pienso e oír lo que pensáis”.

“Decidme pues, hijo – me miraba con sus ojos muy abiertos -, eso que pensáis e yo os diré lo que pienso”.

“El tiempo pasa de espacio – comenzó – e una vez me dijisteis que, pasando de los veinte años, el tiempo pasa muy rápido (asentí). Esto que digo sé no es así para vos, que otra forma de vida tenéis, mas ¿podría yo cambiar la mía?”.

“¿Queréis cambiar vuestra forma de vida? – preguntéle con extraño - ¿Acaso no os gusta la que Dios os ha dado?”.

“Dios debe saber qué forma de vida da a cada cual – puntualizó - ¿No es así? Lo que os pregunto es que, sabiendo vos también cómo cambiarla…”.

“Hijo – dije más en serio -, lo que decís puedo hacerlo, pero también puedo aseguraros que hacer vuestra vida muy larga con vuestra edad no me parece apropiado e os haría muy infeliz”.

“A cosa tal no me refiero – dijo -, sino a hacer pasar el tiempo agora más deprisa y en llegando los veinte, más de espacio”.

“Me habláis – asustéme -, de parar el tiempo de vuestra vida cuando paséis los veinte, según entiendo ¿E sabéis qué edad tendré yo entonces?”.

“¡Pues claro! – exclamó seguro -, la mesma que agora tenéis”.

Estaba el maestro despierto y, en oyendo esto, dio un salto en la cama e nos miró casi con horror:

“Espero lo que habéis estado diciendo – farfulló -, o sea fantasía o no sea cosa de brujería, que de parar el tiempo a vuestro antojo habláis”.

“Es una forma – dije por quitar importancia a lo oído – de decir las cosas. Nadie puede detener el tiempo así como así o ponerlo en marcha más rápido. Quizá Dios pueda”.

“A fe que no es eso lo que he entendido, excelencia – dijo asustado e despertó a Marcos -, e sabiendo tenéis un cierto privilegio e sanáis ciertos males… Aunque, por las apariencias, no diría yo tenéis quinientos años”.

“Los tengo, Víctor – le dije -, los tengo. Recordadme os dé razones desto en otro momento, mas nadie va a cambiar su vida por otra más luenga ni a parar su reloj a su antojo. Mi edad se debe a circunstancias, no a mi propia voluntad; e puedo aseguraros que una vida luenga como esta no es agradable. A veces, quizá; que estar rodeado agora por vosotros me hace feliz”.

E incorporándose Marcos e dándose la vuelta, puso su barbilla en el hombro de Víctor en diciendo:

“Esto no lo vais a entender con facilidad. Tomadlo como es. Yo mesmo os narraré algunas cosas, mas bajo ninguna causa os asustéis ni penséis hay algo de hechizos. Tomad las cosas como vengan”.

“¿Y sabe de esto Su Ilustrísima? – preguntó el joven con intriga-.

“¡Sin duda! – le dije en risas -, que cuando nació le cambié yo mesmo muchas veces los pañales”.

“¡Qué horror! – exclamó -, quiere decir eso que nos veréis crecer e morir a todos”.

“Por el camino apropiado vais”.

Un tanto asustado estuvo toda la mañana nuestro querido joven maestro e pocas palabras dijo, sino que anduvo preguntando a Marinín algunas cosas por saber más de aquello de las edades. Mas vino mi hijo a mí con preocupación, pues pensaba su maestro Víctor debería saber más sobre este asunto. Durante el día poco se habló e anduvimos en paseos por la ciudad, que aún conocida por el joven, despertó en él cierto interés.

27 febrero, 2007

De los tres caballeros andantes

espués de una mañana donde los niños anduvieron en sus juegos e nosotros en paseos y en pláticas con don Diego e, luego, también con Ildefonso, que a casa vendría a almorzar con nosotros, volvimos a la casa habiendo ya dado cumplimiento a una buena chacina e un buen vino.

En sonando la campanilla, pasamos al comedor e no quisimos hubiese lugar para invitados, sino que nos sentamos todos como siendo de la casa. Sentóse Su Ilustrísima a la presidencia e a un lado Marcos e yo con el maestro entre nosotros e, al otro lado, estaba Ildefonso con los niños, teniendo cerca de Carlitos para ayudarle en la cosa del yantar.

“Como rondeños todos almorzamos hoy – dijo Su Ilustrísima -, e como si esta fuese la casa desta…«familia»; aunque cada uno sea de un lugar diferente”.

“Así es, Ilustrísima – dijo Ildefonso al punto -, que rondeños no somos más que vuesa merced e yo”.

“De cerca somos otros – apunté -, que hasta cuatro grazalemeños hay a esta mesa. De la Serranía al cabo”.

“¿No sois sevillano, excelencia? – preguntó el maestro -, que de Sevilla os tenía”.

“De aquí, de acá e de acullá – le dije -, mas nacido en Grazalema al cabo”.

“De Albacete soy yo – dijo entonces -, que hay también quien me cree sevillano”.

E al oír esto Marcos, lo miró sonriendo e le dijo en risas:

“¿De Albacete? Sabed soy yo de Cuenca; muy cerca hemos nacido e ya somos tres los caballeros de la Mancha, si contamos con don Quixote”.

“¡Conquense! – dijo el joven maestro -; bella ciudad para nacer”.

“Mas se dice que los conquenses no somos muy amigos de albaceteños – dijo Marcos -. Dícese allí que «En Albacete, caga y vete».

E rompimos todos en risas con la excepción de Su Ilustrísima e, al mirarlo como en gran enojo, callamos todos con algunas toses de disimulo mientras nos hacía señas con los ojos de no decir tales cosas en la mesa habiendo niños.

Al cabo, siguiendo todos en silencio, comenzó a oírse una risa contenida e, al levantar la vista, vimos cómo reía don Juan cada vez más fuerte e así todos reímos.

“De Plasencia nada se ha dicho, papá – dijo Marinín -, e también es bonita”.

“Por eso, hijo – le dije -, por eso la he dejado para el final”.

En Ronda e a veinte e siete de febrero del año de dos mil e siete.

Del amanecer con Víctor

uise dar un paseo matutino por ver el amanecer desde el puente e, levantándome estaba, cuando me tomó la mano Marcos:

“Esperad, Marino ¿Dónde vais tan temprano que ni aún es hora para la misa?”.

“Quiero dar un paseo en solitario por esta ciudad e volver a ver su amanecer – le dije -, que tiempo ha que no lo hago”.

E levantándose a priesa por sobre Víctor, corrió a la puerta, salió al pasillo e volvió con mi jugo de naranja. Acercóse a mí entonces Víctor con extraño al verme beber e preguntó:

“¿Acaso es sólo zumo o lleva alguna otra cosa que lo haga delicioso o curativo?”.

“Nada lleva, sino naranja – le dije -, que ya en bebiéndola sola es deliciosa. Es mi costumbre tomarla como la primera cosa que el día hago”.

E acercando la copa a sus labios, le ofrecí lo probara. Bebió un poco e hizo gesto de gustarle, e con esto le dije:

“Pediré se os ponga uno antes del desayuno, que éste necesito bebérmelo yo, aunque muy a gusto lo compartiría con vos”.

Volvió Marcos a la cama e dijo prefería dormir un poco más e Víctor, muy quedo, me dijo al oído si no le importaría diese el paseo conmigo por ver ese amanecer que yo decía tan maravilloso. Así, le hice un gesto para que me acompañase, fuimos al aseo e nos pusimos las ropas sin hacer ruido e salimos con cuidado.

Llegando ya al puente, me dijo el joven no había visto nunca lugar tan hermoso a esas horas e pasamos al otro lado para ver subir el sol.

“Hace frío agora – le dije -, mas luego hará calor, que en eso es Ronda igual que Sevilla aunque más fresca”.

“Una sauna me ha dicho Marinín habéis en Grazalema – dijo entonces – e me parecen saludables los vapores para limpiar la piel”.

“No es sauna – le dije en risas -; es algo parecido que por nombre tiene temazcal. E no es sólo para tomar vapores, sino para ciertas curas. Tomo la naranja, que ya es costumbre, siempre que puedo antes de levantarme, pero no como remedio a ningún mal; es el temazcal un lugar de vapores, pero bastante especial, que alguna gente debería usar a menudo”.

“¿E me permitiríais conocerlo – dijo – e saber cómo es e cómo funciona?”.

Con esto, le puse mi mano e mi brazo en el cuello e me miró con asombro.

“Algo tenéis en vuestro interior muy bueno – le dije -; quizá a eso se refiriera Su Ilustrísima. Usando el temazcal podríamos mejorar vuestro cuerpo e vuestra alma. Mas tendréis que ayudarme a recolectar ciertas plantas e a cocerlas, que no habemos servicio en Grazalema”.

“Así lo haremos – dijo de contento -, que sé todo lo que hacéis es bueno”.

E seguimos mirando el amanecer.

26 febrero, 2007

Del despertar rondeño con nuestro nuevo amigo

Fue el aseo de los niños muy divertido, pues todos estábamos desnudos en el cuarto del baño. Comenzamos el aseo del más pequeño e, luego desto, el de los de más edad. Víctor disfrutaba tanto como nosotros e, no habiendo visto nunca a Marinín desnudo ni las señales de la espalda de Antonio, díjome luego a parte:

“Excelencia, tenéis un hijo que es bello por fuera, por dentro e desnudo. Esto no entiendo, que teniendo tan sólo seis años, parece mayor e su mirada cautiva. Antonio, teniendo ya los diez, parece parejo al suyo, mas no sé qué es eso que tiene en las espaldas”.

“Lo que tiene en las espaldas – le dije – es la señal de su difunto padre. Desto no habléis, que también le pongo un remedio para que, al menos, se vea poco”.

“Vuestro hijo, excelencia – insistió -, es como ángel del cielo bajado. Jamás hemos discutido, siempre obedece. Acabará un día llevándose a la gente tras de sí”.

“Secadlos e vestidlos si es de vuestro agrado - le dije -, que su maestro sois e alguna cosa buena le enseñaréis”.

Poco tiempo después, bajamos todos juntos al salón e hallamos - ¿cómo no? – a Su Ilustrísima en lecturas.

“De la misa ya he vuelto, sobrino, e nada os digo de asistir a ella que bastante carga habéis con cuatro renacuajos. ¡Oh, excúsenme vuesas mercedes, que no he querido incluir a Víctor en estos alevines!”.

E acercóse a él Marinín, besó su cruz e le dio los buenos días.

“¡Mi niño! ¡Mi ángel! – decía don Juan - ¿Cuánto tiempo pasará para que yo encuentre en mi camino a alguien como vos?”.

E luego, mirando a Víctor, le dijo:

“Venid, joven maestro, que si Marinín no ha parangón para mí, es posible que algún día descubráis lo que oculto lleváis”.

“¿Oculto, Ilustrísima? – respondió sorpreso -. Lo que ante vuestros ojos hay es lo que por dentro hay”.

“No quiero errar – le dijo – mas paréceme tenéis también algo que me gustaría compartieseis con mi pequeño. Desayunemos agora, que ya suena la campanilla, e tengamos luego unas pláticas”.

Asombrado por lo que le dijo Su Ilustrísima, vino el joven maestro a mi lado todo el tiempo.

“Ayer llovía – dijo don Juan – y es hoy día espléndido. Iremos todos a «los molinos» por ver Ronda desde abajo e daré aviso a don Diego por si pudiéramos visitar su finca”.

Sonreía Víctor de continuo e nos miraba agradecido e, acercándose a mi oído, me dijo Marinín:

“Paréceme que habéis enseñado vos al maestro esta noche”.

En Ronda e a veinte e seis de febrero del año de dos mil e siete.

25 febrero, 2007

De la partida para Ronda y las conversaciones con todos

uy temprano comenzamos a prepararnos para el viaje. Aseamos a los niños e preparamos con el servicio todo el equipaje. Llegó Valeriano a buena hora e tomó el desayuno con nosotros. E ya Su Ilustrísima sabía de nuestra visita e nos esperaba con impaciencia.

Llegados a la casa que fuimos, nos recebieron todos con grande alegría e fiesta e dirigióse don Juan a los niños e al nuevo invitado imponiendo sus manos e diciéndoles cosas muy bellas:

“¡Ay, esta juventud que nos seguirá! Estos rostros infantes de grandes ojos e grande corazón e sonrisa y este joven maestro que dellos ha de tener cuidado. ¿Víctor decís os llamáis? Sois gallardo e se percibe vuestra buena educación para vuestros veinte y dos años. Perdonad sea parcial, mas no hay para mí otro como Marinín. El día que alguien lo supere, he de decirlo con la mesma claridad que hoy lo digo. Pasad, hijos, pasad, que en vuestra casa estáis; ya lo sabéis”.

“Ilustrísima – le dijo Víctor -, es un placer conoceros, que tal como se me dijo erais me parece sois. Perdonad venga a vuestra casa sin conoceros de antemano, mas de la familia me siento ya parte e llámame el pequeño Carlitos tío Víctor”.

E haciendo gestos con las manos, nos dijo a todos nos entrásemos, e le oí farfullar:

“Lo dicho en otras ocasiones: esta «familia» crece e más tíos hay en esta casa”.

E pasando al salón, nos aclaró Su Ilustrísima que había dormitorio para mí e Marcos, otro para los niños (en dos camas) e otro para Víctor. E noté la mirada extraña del maestro por pensar habría de dormir solo.

Vino luego la hora del bocado ineludible para Su Ilustrísima, que habríamos de tomar en los mejores bodegos de la ciudad e, yendo andando por el Puente Nuevo con la mirada perdida en los paisajes, me dijo Víctor todos dormíamos acompañados y él debería dormir solo. Así, hice un comentario a Marcos e, acercándome al maestro e tomándolo por la cintura, le dije:

“Paréceme que nadie va a dormir solo esta noche, maestro, pues bien grandes que son las camas e, apagadas las luces, todos estamos durmiendo. Marcos dixit”.

E acercándose a Marcos, tomóle por la cintura e algo le dijo al oído e así, volvió éste su cara, miróme sonriente e besóle la mejilla. Los niños seguían a Su Ilustrísima atentos a lo que les narraba y, en llegando a la Calle de la Bola, donde se encuentran los dulces de colores, uno diferente le compró a cada uno. E Víctor, viendo esto, compró tres dulces para nosotros: «Nada puede sino ser un gesto de agradecimiento a vuesas mercedes: un dulce».

En Ronda e a veinte e cinco de febrero del año de dos mil e siete.

24 febrero, 2007

Del final de la fiesta y el efecto del vino

os entramos en la casa los tres e aún estaban los niños jugando arriba tras el descanso de la tarde.

“Algo más de la medida de vino habéis bebido, Marino – dijo Marcos llevándome del brazo -, que no me parece exceso sino excepción. De contento habréis de estar”.

“Sin duda alguna – les dije a entrambos -, que no todos los días se siente uno tan vivo e no hay cosa como el vino para celebrar eso”.

“No dirían así ciertas personas que quieren prohibir se beba – dijo Víctor – porque no lo beban los niños e los jóvenes”.

“¿Estáis loco – preguntéle en risas – o están locos esos que decís? Si os coméis un frasco de miel entero caeréis enfermo. Igual es el vino. Dadle a los niños un poco de vez en cuando e tendréis niños sanos e, siendo adultos, decidan vuesas mercedes cuándo tomar una saludable copa o beber un poco más para celebrar alguna cosa u olvidar cualquiera otra durante unas horas. ¡Ah, qué incultura!”.

“Esperemos la cena – dijo Marcos -, que os hará bien un poco de caldo caliente”.

“No os lo niego – respondíle -, mas tan a gusto me encuentro que placeríame nos sentásemos una pieza a platicar antes de la cena”.

Así, pasó un buen tiempo hasta que subió Cayetano a llamar a los pequeños e nos entramos en el comedor.

“¡Sírvase a los niños una copa de vino dulce para abrirles el apetito! – dije a Cayetano -, mas sólo una copa, que somos los mayores los que debemos cuidar el futuro de nuestros hijos y educarlos. Bebed esto despacio, niños, que no es agua, sino alimento”.

Terminada la cena, acompañáronme Marcos e Víctor al dormitorio e pedíles cuidasen los niños se acostasen como siempre. Así, fue Marcos a cuidar dellos e, llegada la hora del descanso, pusímonos los tres en pláticas e dormimos juntos toda la noche.

En Sevilla e a veinte e cuatro de febrero del año de dos mil e siete.

De la pequeña fiesta

o eran las diez de la mañana e ya había niños esperando a la entrada de la casa. Díjoles Cayetano esperasen a la hora, mas estaba ya todo preparado para aquellos que habíanme ayudado a sentirme más vivo que nunca.

Dije se abriera e se dejase el paso franco al salón e al jardín e allí los esperaban Marinín, Antonio e Carlitos. Entraron todos corriendo e quedaron sorpresos de ver cómo estaba todo lleno de flores e banderas de papel de colores e había mesas llenas de dulces e jugos e refrescos. E habíame yo colocado mi uniforme (con tocado y espada), mas llevaba en la toquilla aquella pluma de plata que salvóme la vida días antes.

Pocos niños vinieron con sus padres e a éstos saludé a parte e les invité luego a un buen vino y un bocado. Jugaron todos corriendo arriba e abajo e desde lo alto de la escalera que baja al jardín, dirijíles unas palabras e todos callaron, e tras esto, bajando los escalones, fui saludando a cada niño e agradeciendo su asistencia, e algunos me decían si era cierto lo dicho sobre los regalos.

Tomé a un lado a Fran e a Benito con Marinín e no podía creer cómo iban cambiando hasta parecerse por dentro e por fuera. Así, les dije que, al escribir sus nombres en los papeles donde debían pedir su regalo, pusiesen una cruz delante de su nombre.

Al fin, ya cerca del almuerzo, partieron todos a sus casa e quedaron con nosotros Fran e Benito con sus padres para seguir una fiesta más pequeña e más en familia y en la puerta quedó una mesa llena de «cartas al Capitán», pues ninguno de los niños dejó sólo su nombre e puso su regalo preferido, sino que escribieron todos (con letra de dificultosa lectura), una carta o algunas frases. No podía creer lo que leía en algunas dellas.

Partiendo al anochecer los últimos invitados, quedé sentado solo en el salón casi a obscuras observando cómo recogía el servicio todos aquellos papeles que por los suelos habían quedado. Acercóse Marcos por saber si me encontraba bien e le pedí me dejase meditar lo vivido.

Sobre la mesa del comedor, habían quedado varias botellas de buen vino (algunas para la cena) e, viendo el cuarto creciente de la luna a través de las cristaleras, tomé una botella e fuíme solo a meditar yaciendo sobre una pequeña alfombra de florecillas.

Vino Marcos ya tarde a decirme que había llegado el maestro, don Víctor, e que se cenaría pronto para haber un buen descanso e partir para Ronda con el sol naciente.

The Little Fete
I take a bottle of wine and go drinking it among the flowers.
We are always three…
Counting my shadow and my friend the shimmering moon.
Happily, the moon knows nothing of drinking,
And my shadow is never thirsty.
When I sing, the moon listens to me in silence.
When I dance, my shadow dances too.
After all festivities the guests must depart.
This sadness I do not know.
When I go home, the moon goes with me
And my shadow follows me.

(Vangelis Papathanassiou)

23 febrero, 2007

De los preparativos para nuestras fiestas

oté cierta tristeza en la cara del maestro al felicitarme e saber no habría clases e, tomándolo a parte en mi bufete, le dije:

“Nunca celebro mi cumpleaños, maestro, e bien sabéis no quiero el niño pierda sus clases ni dejar de daros esas «friegas» mas…”.

Y empujándome contra la pared me tomó por el cuello e no quise hacer fuerzas para deshacerme dél mas, al punto, sonrió (como sólo los jóvenes de veinte años lo hacen), e subió sus manos hasta tomar mis mejillas e besóme largamente.

Por quitar importancia a aquello, le dije que venían días donde no habría «friegas», pues el sábado se celebraba la fiesta e luego partiríamos hasta una semana a Ronda con Su Ilustrísima:

“Una cosa os propongo, Víctor – le dije -; vendréis esta semana completa con nosotros”.

“¿Es eso cierto? – preguntó -; necesito avisar en casa e a otros alumnos e no quiero ser de estorbo para vuesas mercedes”.

“A estas alturas de la historia – dije con sorna -, ni a Marcos le preocupa vengáis. Dad los avisos que creáis pertinentes e ya os daré aviso yo de veniros una noche antes a dormir aquí para partir temprano. Sin duda, saldremos para Ronda el mesmo domingo temprano por la mañana”.

“Perdonad el atrevimiento que he tenido con vos, excelencia – me dijo cabizbajo -, si pensáis he hecho mal, espero me lo reprimáis”.

“Eso haré – contestéle – agora mesmo”.

E, acercándome a él, le empujé contra la pared, tomé su rostro e le besé.

“Lo hablado sobre los estudios quedó bien claro – abrí en esto la puerta -. Tendremos una semana de descanso e seguirán las clases”.

Luego desto, esperamos una buena pieza hasta llegar Valeriano e todos nos fuimos a Sevilla a ver cosas muy interesantes, a tomar el almuerzo en lugar de gran lujo e volver ya para la cena.

“Jo,papi, ¿se puede querer a más de una persona al mesmo tiempo?”.

En Sevilla e a veinte e tres de febrero del año de dos mil e siete.

De mi mejor presente

ontemplé, al abrir hoy los ojos, cómo estaba la copa de mi jugo de naranja sobre un fino paño de encaje en una bandeja de plata e, junto a él, uno destos que llaman bombones de chocolate envuelto en papel de colores brillantes. Miré con disimulo a Marcos e vi seguía dormido, así pensé que alguien había puesto aquello allí e de tal forma. Tomé mi zumo e despertó Marcos cuando me moví mirándome con extraño.

“¿Os apetece un despertar con un poco de bombón? – le dije -; parece esto novedad”.

“¿Bombón decís? – miró a la mesilla -. Alguien piensa pediros hoy algún favor”.

E reímos e comimos la mitad del dulce cada uno. Era temprano y, tras el aseo, nos llegamos a ver a los niños. Carlitos aún dormía e, si nada le decimos, hubiese seguido en sueños, mas Marinín e Antonio tenían sus cabezas tapadas y estaban ya despiertos:

“¿Acaso pensáis os vamos a dejar más tiempo dormir? – les dije -; levantaos que os quiero ya aseados e preparados. Antonio – me dirigí al mayor -, cuidad de vuestro hermano que agora vendré yo a darle su baño”.

“No es necesario, Marino – dijo Marcos -, yo mesmo lo asearé. Bajad vos e id comprobando que todo está bien”.

Así, bajé yo primero, saludé al servicio con mis buenos días, e sentéme a esperar en el salón. Pasada una pieza, bajaron los tres niños muy bien vestidos e peinados e venían como en formación (muy juntos e todos al mesmo tiempo) e Marcos bajaba tras ellos. Llegando al final de la escalera, se acercaron a mí muy de espacio e sonriendo e, ya cerca, corrió Marinín a abrazarme e besarme; e así hicieron luego sus dos amigos.

Dándome luego los buenos días, oí decían a coro: «Felicidades». E me entregaron un presente envuelto en bello papel de color. Era una pluma moderna de oro, destas que llevan ya la tinta en su interior.

Quedé mudo, pues no sabía qué estaba pasando, cuando me dijo Marinín:

“Jo, papá, no disimuléis que bien sabéis qué día es hoy”.

E no pude sino levantarme e abrazarme a todos en diciéndoles:

“Sé quién ha sido el que ha dicho qué ocurre hoy, mas ese tal personaje no sabe nunca cumplo años”.

“Tal vez – dijo Marinín – no tengáis aspecto de la edad que tenéis, mas, por lo que sé, hoy es vuestro cumpleaños: quinientos e nueve”.

“Jamás he celebrado el día de mi cumpleaños – les dije -, mas esto que hacéis se merece descansemos hoy de labores e otras cosas e pidamos a Valeriano nos lleve todo el día a la ciudad. Tal cosa os debo”.

E hubo gran contento entre ellos e todos se lanzaron (donde digo «todos» incluyo a Marcos) sobre mí en abrazos y en risas.

E saliendo del comedor muy sonriente, felicitóme todo el servicio e hizo Cayetano un gesto para que pasásemos al desayuno. La mesa estaba adornada con premosas flores e velas e Marinín no soltaba mi mano: «Quinientas e nueve velas no caben».

22 febrero, 2007

De cómo ciertos actos podrían ser un pecado

erminaron las friegas e fuése el maestro a la hora del almuerzo y, entrando en el comedor, me tomó mi niño de la mano, la apretó e me miró con sonrisa pícara. Y acabado el yantar de cada medio día, me recordó Marinín quería haber unas pláticas conmigo. Así, le dije nos entrásemos en el bufete e sentéme yo en mi asiento y él en el frontero:

“¿Qué hace santo a un hombre – preguntóme – e qué le hace vil?”.

“Ya os he dicho, pequeño- respondíle -, que hay personas que desto saben más que yo, mas si pensáis que matar hace a un hombre villano, he de deciros que depende de cómo o por qué mate”.

“De matar no hablo, papá – contestó al punto -, que bien sé que si es en defensa de la propia vida es porque antes ha venido alguien a mataros. Hablo de otros hechos que suceden e que no hacen daño a nadie e dice la Iglesia no deben hacerse”.

“E ¿cuáles podrían ser esos actos? – preguntéle -, que si a nadie hacen daño, no me parecen sean pecado”.

“Santo no quiero ser, papá – me dijo -, mas tampoco quiero hacer cosa alguna que molestia sea para Dios Nuestro Señor”.

E mirándole con asombro por no saber lo que iba a decir, preguntéle:

“Aunque niño sois, como adulto pensáis e habláis. Hablemos pues entre hombres, no como padre e hijo, que si no es así, serán demasiado luengas estas pláticas”.

“Con tío Marcos yacéis cada noche; e yo con Antonio. Vos amáis a tío Marcos e yo a Antonio. ¿Me condenaré por expresar mi cariño a mi amigo o por dejar que éste lo haga?”.

No sabía qué cosa decir en aquel momento e, por no oír más detalles de lo expuesto, le dije:

“¿Queréis a Antonio, verdad? Con él dormís todas las noches e jugáis todos los días. ¿Pensáis así le hacéis daño alguno a vuestro mejor amigo?”.

“A fe, papá – respondió al punto -, que más quiere él sentir mi contacto que yo el suyo; aunque… más contacto quisiera yo”.

“¿Y hacéis esto – preguntéle dudoso – porque lo habéis visto hacer o porque…?”

“Porque si no es así, papá – me dijo -, mi vida no tiene sentido”.

“Buscad entonces el sentido de vuestra vida – le dije – e no penséis en esas cosas del pecado ni de los santos. Amar no mata a nadie a traición”.

“A lo que quería saber – dijo – me habéis dado respuesta. No es menester seguir platicando; sólo quería saber si vos mesmo e Dios Nuestro Señor me daríais castigo por un abrazo a quien quiero”.

“¡Hijo! – exclamé - ¿Cómo podéis pensar eso?”.

En Sevilla e a veinte y dos de febrero del año de dos mil e siete.

De cómo solventó el inspector ciertos asuntos

a muy temprano, en el baño, pidióme Marinín haber unas platicas conmigo e le dije diese sus clases matutinas mientras yo resolvía mis asuntos e, tras el almuerzo, hablaríamos a solas cuanto quisiese en mi bufete como un hombre a otro hombre. Miróme en agua empapado y echóse a mis brazos: «Como vos no hay otro».

“Ninguno, gracias a dios – le dije -, somos iguales. Unos son malos e otros buenos, mas, entre los buenos podéis consideraros, que vuestra labor ha sido dificultosa por ayudar a vuestro padre e la toda la gente que le rodea”.

“¿Cuándo se es santo, papá? – preguntó sin dar importancia a sus palabras -; es so cosa que no entiendo”.

“Pues habréis de esperar a esta a mañana – le dije – e preguntárselo a Su Ilustrísima, que es el que sabe desas cosas”.

Y estando ya cada uno en su labor, sonó el teléfono secreto:

“Excelencia, os habla el inspector para asunto importante”.

“A fe que ya por vuestro saludo os conozco – le dije -, mas sí es cierto que siempre decís novedades ¿Cuál es la de hoy?”.

“Con la clave he dado, excelencia – me dijo con misterio -, que he hablado con el médico alcaide del centro donde estuvo Marcos y, como sin darle importancia, le he dicho poseéis la pluma de plata. ¡Deberíais haber visto su rostro! E sabiendo que lo que se le dice corre como fuego en la pólvora, es posible ya sepan todos esos indeseables que es mejor no acercarse a vos”.

Y en riendo por aquello manifestado, le dije:

“Creo habéis ido a la mecha que encienda tanto explosivo. Mas, si aún necesitáis de un ayuda, ya sabéis a quién dar aviso. E como con vos me gustaría haber unas pláticas y el sábado habemos fiesta en casa, invitado quedáis, que pasaremos luego unos días en Ronda”.

“Un luengo descanso creo necesitáis – dijo -, e no os aconsejo esto por notaros fatigado, sino que paréceme que olvidaríais lo ya ocurrido; al menos, lo suficiente para llevar vuestra vida con normalidad”.

“Buena época viene agora para esos retiros y esas meditaciones – concluí -, que parece la Cuaresma tiempo de recogimiento e meditación que a todo ayuda”.

“El sábado por la mañana me tendréis en la fiesta – aclaró antes de terminar -, que antes de la meditación bien vale aclarar lo poco claro”.

Terminaron las clases e corrieron los niños a abrazarme: «Deseando estamos de que llegue la fiesta del sábado».

Y el maestro me miraba dudoso, pues no sabía si habría más friegas. Así, le dije:

“¡Vamos! Subid e id preparándoos, que al faltar días de remedios, habrán de ser estos de agora un tanto… especiales”.

E subió como alma que lleva el viento dejando caer las sus ropas por las escaleras.

21 febrero, 2007

PRÓLOGO

Toda la casa fue una fiesta, pues procuré entrasen allí los niños e allí se les sirviese algún dulce; cualquier cosa que deseasen. No era mi idea sino evitar que éstos viesen a la guardia retirar los cadáveres de aquellos inhumanos, que, conforme pasaba el tiempo, iban deformándose de tal manera, que yo mesmo impresionéme e hube de mirar a otro lado. En la esquina del callejón, unos guardias con ropas especiales e que llevaban la cara tapada así como la tapan los médicos, los tomaron con guantes e los pusieron en las bolsas negras que siempre les vi de usar.

Entre el abultado grupo de guardias que allí había, salió el inspector con la cabeza un tanto gacha e no sé si me miraba con rabia o confundido. Ya cerca de mí, miró de espacio a su en derredor e me dijo:

“Al menos, excelencia, aunque hayáis siempre usado vuestras armas toledanas infalibles, deberíais haberme dicho teníais en vuestro poder la pluma de plata. Los cinco cadáveres llevan la marca que todos conocemos por tradición, pues jamás la habíamos visto, mas, pregúntome yo: ¿en dónde la habéis tenido tan bien guardada que no hallóse en el… accidente de vuestro palacio? Tendré que empezar a pensar que el mito en el que creen esos niños es tan cierto como que he tenido que hacer esfuerzos para no vomitar al acercarme a uno desos finados”.

“Quizá, inspector – le dije -, no sea muy creíble lo que os voy a manifestar, mas por perdida daba esa pluma o, si os soy bien sincero, de su existencia nada sabía hasta hace bien poco, que se me dijo estaba a buen recaudo en mi casa de Ronda. No la he traído para deshacerme desos cinco villanos, sino para estudiarla. No es esa la marca ni el lugar que se pone hoy en la frente con ceniza, pero también recuerda eso de: Memento, homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris”.

“Pues bien la habéis estudiado – dijo – e bien la habéis usado e con el signo adecuado en el sitio adecuado. Sabed que es este el momento de que el resto desa guardia asesina sepa la tenéis, que no sería sino así como os huirían como a perro apestado. No hay arma como esa, de dificultoso uso y de resultados que a la vista tenéis ahí atrás a tres metros. Creo permitiréis deje yo correr la noticia de que la tenéis”.

“La tengo, inspector – aclaréle -, mas espero no haber de usarla en ninguna otra ocasión, que no es mi intención ir matando a gentes por doquier, sino defenderme de los ataques que se me hacen de continuo. Si la ley no pone pie a estos asaltos, recogeréis más mierda como esa de las aceras de las calles”.

“En verdad os digo – concluyó dando la vuelta -, que sois hombre gallardo, afable e admirable, mas no me gustaría indisponerme con vuesa merced”.

Hacía Cayetano verdaderos esfuerzos porque no saliesen los niños a buscarme cuando volví a la casa, e un tumulto gritaba e levantaba los brazos para acercarse a mí. Así, abriéndome paso e saludando, subí unos escalones e les hice señas de guardar silencio en diciéndoles:

“Muchas mercedes os debo e pagároslas no sé. Tal vez dudéis de quién soy… (interrumpieron mi plática al grito de ¡Capitán!)”.

Acercóse el pequeño Edu e tomélo en mis brazos e me dijo al oído todos sabían iba a aparecer entre ellos «disfrazado» de hombre moderno. En esto, bajó Marinín trayendo un pequeño cojín de seda blanco e sobre él traía la pluma:

“Tomad – me dijo -, ya he usado el tercer frasco para limpiar la ponzoña que en la pluma quedaba. Podéis tomarla sin miedo”.

E al tomar la pluma, mostréla a los niños, que llenaban el enorme salón de mi casa e hubo un gran silencio.

“Os he prometido – les dije -, e así lo haré, que el mesmo sábado os haré una fiesta en esta casa. Quiero lo digáis a vuestros padres e los invitéis, si venir les place. Si el día hace bueno, saldremos al jardín e, cuando vayáis saliendo para vuestras casas, encontraréis en una mesa que a la salida hay, mucho papel e lápices para escribir. Poned cada uno en un papel vuestro nombre completo, la edad y el regalo que queréis os traiga el capitán (hubo un gran murmullo). También os prometo por la merced concedida entre todos, presentarme ante vosotros como siempre os han dicho voy”.

E hubo gran contento e se acercaron muchos dellos e querían yo les tocase e puse mi mano sobre sus cabezas.

“Cayetano – le dije luego a mi mayordomo -, quiero se cumpla lo que he dicho e necesito un ayuda. Contratad al menos a tres mozos que hagan una lista con los regalos e los pidan; yo pediré se mire con lente cada caja que en esta casa entre. Invitados quedarán también los otros amigos de mi hijo, Fran, Raúl e Benito, con sus padres. Preparemos una fiesta donde sobre más del doble de lo que se calcule. Buscad hasta diez camareros e decidles cobrarán el doble de su sueldo, que esta briega con niños produce hartura”.

“Eduardo, amigo – dije al vecino -, si alguna cosa os fuere menester, no dudéis en pedírmela. Ya sé que lo hecho no puedo pagaros, mas sí quisiera hubiérais un recuerdo de lo acaescido esta tarde como triunfo. No demoraros mucho, que habéis de trabajar esta noche. Vuestro hijo estará aquí tan seguro como el mío”.

E mirando a mi hijo sonriente, le dije en abrazándolo:

“Esto os lo debo a vos, Marinín; sólo a vos”.

En Sevilla e a veinte e uno de febrero del año de dos mil e siete.

PARTE NOVENA


De la sospechosa calma de la Cuaresma

20 febrero, 2007

Epílogo: Los importantes son los niños

irábamos por la ventana acompañados de Marcos, que dejaba ver en su rostro la preocupación del mal vivido a causa desos hombres, cuando oímos un extraño murmullo e griterío en la calle e apareció Marinín dirigiéndose a mí:

“Papá, bien sé que no debo entrar en los asuntos vuestros, mas aquí os traigo la pluma de plata cargada del veneno como se dice en el libro. Cuidaos de tocar la punta. Si os acercáis a esos hombres e hacéis un trazo curvo hacia abajo en su cuello, habréis resuelto para siempre este entuerto que os desvela”.

“¿Qué cosa decís? – preguntéle con extraño - ¿Cómo pensáis voy a salir yo solo a esos pasillos entre arbustos e acercarme hasta esos hombres sin que antes me disparen?”.

“Asomaos agora a la ventana, papi – me dijo seguro -, que no os vais a enfrentar solo a esos traidores”.

E miramos los tres adultos por los cristales e vimos cómo por un lado e otro del pasillo entraban hasta cincuenta o sesenta niños.

“¡Santo Dios!, esto es obra de mi hijo – dijo don Eduardo -, que más de una escuela paréceme los rodea”.

“¡Presto, salgamos! – grité en tomando la pluma -, no es cuestión peligrosa, que si ellos esperan yo esté solo, no es el momento”.

Tomé con el máximo cariño la pluma cargada que me ofrecía mi hijo e le dije bajase al salón con el servicio y Edu e de allí no se movieran.

“No es así, papá – me dijo como adulto que da consejo -, que dos pequeños más son dos testigos más”.

Así, viendo que los niños entraban cada vez más en el pasillo e los hombres quedaban juntos, corrí a poner mi cinto bien lleno de aceros invisibles e, llevando la pluma a las espaldas, salimos de la casa don Eduardo e yo y entramos por uno de aquellos callejones. Atardecía. Había luz, pero no demasiada. Con esto y al vernos de llegar, más de cincuenta voces infantes comenzaron a gritar en coro: “¡Capitán! ¡Capitán!...”. Tal estruendo había, que observé a los hombres como acorralados en la esquina del pasadizo e con sus armas abajo.

Así, nos acercamos con seguridad ambos militares hacia ellos entre aquel estruendo de los gritos e los hombres veíanse asombrados e pegados a una pared de ramas. Conforme avanzábamos, se nos abría paso franco e se volvía a cerrar la salida y, en llegando a ellos, advertí me miraban con mucho temor, que ni estaba solo ni iba armado.

Hicieron los niños un pequeño cerco a estos hombres cuando a ellos nos acercamos e gritaron aún más fuerte: “¡Capitán! ¡Capitán!”.

Delante de los cinco hombres me puse sin gesto alguno e parecióme uno dellos quería mostrarme su placa de pertenecer a la guardia. E levantando éste la mano, hice con rapidez un trazo en vertical e curvo, de arriba abajo, en cada cuello antes de que pudieran pensar yo llevaba arma alguna.

“¡Santo Dios bendito! – exclamó don Eduardo - ¿Qué arma es esa? ¡Mirad! ¡Han caído al punto e su rostro se ha vuelto azul!”.

“¡Niños! – grité sonriente -, la merced que os debo he de devolvérosla agora mesmo, que lo que conseguís los inocentes no lo conseguimos los que nos llamamos valientes”.

Así, recorrí aquel pasillo hasta mi casa seguido de niños y encontré al servicio con estupor mirando lo que ocurría e les dije:

“No sé qué cosas hay en la casa, mas dadles a todos un dulce o lo que pidan y el sábado se hará gran fiesta”.

Así, me entré con Marcos en el bufete e di aviso al inspector:

“¿Inspector? A vuestros hombres podéis enviar a retirar cierta basura que rodea mi casa”.

“Quien tiene en sus manos esa pluma – me dijo Marinín – debe saber que los demás huirán dél”.

De cómo pedí ayuda a don Eduardo

i aviso al inspector sobre aquellos hombres (hasta cinco vi) e me dijo no podía intervenir la guardia, pues guardias eran aquellos e a por mi vida iban. Así, le dije que yo solo no sabía si podría defender mi casa de tanta amenaza e me dijo con claridad:

“Excelencia, mi vida es mi puesto en la guardia. Si entro en ese entuerto no pierdo yo, sino que perdéis vos e pierde toda mi familia. Si pudieseis resolver vos esa vigilancia no deseada, sí podría yo dar órdenes de que nada se sepa. Creo entendéis”.

“Esto entiendo, inspector – le dije -, mas no alcanzo a razonar cómo hay una guardia dividida en dos. Agradecido os quedo y tened por seguro que recebireis mi aviso de retirar hasta cinco cadáveres destos enderredores”.

“Así habrá de ser, excelencia – concluyó -, que ya sabéis cómo es España desde hace años mejor que yo”.

En terminando la plática, fuime a buscar a don Eduardo e abrióme la puerta asustado.

“¿Qué os pasa, excelencia? – me dijo abriendo más la puerta -. En vuestra cara traéis un aviso de peligro”.

“Hasta cinco hombres rodean mi casa e bien sé van a matarme – le dije -; todos ellos de la guardia que no me quiere por defender a España ¿Sabéis desto?”.


Y en riendo, me dijo:

“Pasad, don Marino, pasad, que eso que decís todos lo sabemos. Podría yo seros de ayuda, mas ha de ser esta mesma tarde. No quiero irme esta noche a mi puesto e dejaros con esos hombres acechantes e mi hijo en vuestra casa. A matar estoy dispuesto si ello es necesario, que licencia tengo para ello”.

E volviéndose hacia Edu, que escuchaba lo que hablábamos, le dijo:

“¡Hijo, ya os he dicho que cuando hable con personas mayores no debéis oírnos!”.

Así, volví a casa con don Eduardo e observó los dos caminos (a modo de pasillos) que rodeaban la casa. E subimos a la buhardilla e pudo ver a los hombres vigilando.

“Quizá – le dije -, esperen el momento de que salga yo solo e me asalten. Esto no entiendo, que llevan días vigilando e no hacen nada”.

“Yo creo entenderlo, excelencia – contestóme sonriente -, pues vigilan la casa y esperan el momento en que nadie os acompañe, como decís. Muerto el coronel sin que nadie lo haya visto, desapareció el problema”.

“¡Hijos de puta! – grité -, que si piensan van a vencerme yerran, que nadie lo ha hecho en muchos años”.

“Un disparo desas armas – dijo resignado don Eduardo -, desde muchos metros, os harían un buen agujero en el vientre o haría desaparecer vuestra cabeza. Pensemos entonces, al menos, cómo hacer para que se vayan”.

19 febrero, 2007

Del efecto de la adelfa

legó la hora del almuerzo e nada se habló de la pluma, que los niños lo tomaban como algo maravilloso que les ponía a salvo e los adultos no todos lo entendíamos.

Hablamos, sin detalles, de ciertos tósigos que, añadidos a la comida o a la bebida, mataban a una persona al punto, cuando dijo Cayetano:

“Licencia pido para contaros una historia, que aunque se esté yantando, no creo sea desagradable”.

“Licencia tenéis, Cayetano – le dije -, que siendo de pueblo muy bien sabréis del efecto de algunas plantas y espero – reí – no las uséis en nuestros alimentos”.

“Deso trata la historia – dijo -, pues una mujer mataba a sus maridos poniéndoles adelfa en sus bebidas por cobrar el montante de los seguros, mas viendo éstos que no había motivo que causase la muerte, no le pagaban lo convenido. Hasta un tercer marido tuvo envenenado con adelfa e, viendo que ni los de ciencia ni la guardia encontraban motivo de la muerte, insistió tanto la mujer en la muerte de sus maridos por la amistad con alguien, que comenzaron las sospechas. Harta que esta mujer un día, de tanto envenenar y de tan poco cobrar, dijo, de paso, la palabra «adelfa» e, así, supo la guardia el motivo de las tres muertes e descubrióse a la culpable”.

“La adelfa, según sé – le dije -, mata cuando se usa recién recolectada, mas ¿qué decís de la posibilidad de guardar su veneno varios años e que sea efectivo?”.

“La adelfa, excelencia – continuó Cayetano -, es veneno. Esto deberíais saber. Guardar bien su veneno para que dure unos años no creo sea tan dificultoso, que lo que es veneno no se trueca en remedio de enfermedades, mas si al contacto con el aire cambia…”.

“Habláis , Cayetano, de oxidación – le dije -, e tal cosa puede evitarse enfrascando ese líquido o… tal vez, convirtiéndolo en polvo”.

“De gente sé que en Grazalema sabe convertir la adelfa en polvo blanco. E no hacen esto para matar a nadie, sino para ahuyentar a ciertos insectos peligrosos”.

Miróme Marcos con extraño e, terminado el almuerzo, insinuó que sin la ayuda de un buen químico no se podría saber qué era aquello.

Atardeciendo ya, pude yo mesmo comprobar cómo hasta cinco hombres daban paseos en derredor de la casa e, sin más dudas, decidí hablar con Marinín.

En Sevilla e a diez y nueve de febrero del año de dos mil e siete.

Del descubrimiento de Marcos sobre la pluma

legados a Sevilla ayer casi a la hora de la cena, no podía borrar de mi memoria la caja que traía con la pluma de plata a buen recaudo e, viendo Marcos mi gesto como ausente, me dijo ofrecíase a ayudarme si fuere menester, así, le dije que llegada la tarde hablaríamos e aceptaba su ayuda.

E siguió la mañana como era costumbre, pues dio Marinín sus clases e a ellas asistió Antonio; e María cuidaba de Carlitos como si su propio hijo fuese e lo dejaba con nosotros cuando le era menester entrar en la cocina. Con esto, le dije a Marcos le enseñaría el secreto que traía de Ronda y nos entramos en el bufete e cerré la puerta bajo llave.

“Esto que vais a ver, amigo Marcos – le dije -, ni yo mesmo sé lo que es. Y ese es el primero de los secretos en descubrir: su utilidad. Dícense cosas de mí entre las gentes, mas son los niños e jóvenes los que conocen al Capitán Alacaída mejor que yo mesmo. E todos dicen tengo una pluma de plata para defenderlos. Mirad agora lo que hame entregado Su Ilustrísima, que aunque él no lo dice, bien sé ha visto alguna referencia en algún libro antigüo que guarda en su casa”.

E viendo correr la tapa de la caja y el contenido, dejóse caer en una silla.

“¡Santo Dios! – exclamó - ¿Es la pluma de plata de la que un día, tiempo ha, hablóme Marinín? Así como vos decís, cuentan los niños que el Capitán los protege e los cura de males e que los defiende de unos hombres con una pluma de plata. Creía era leyenda”.

“Leyenda no es – le dije -, mas ni yo mesmo he sabido desto hasta ha poco tiempo. Es conveniente agora saber qué se hace con esa pluma. Marinín me será de ayuda e quiero estéis presente e deis vuestra opinión”.

“Contad con ella, Marino – me dijo poniéndose en pie -, que ni siquiera deberíais pedírmelo. E veo aquí unos vidrios con tinturas e unos a modo de dardos. Si os fuere menester, los enviaría yo a analizar”.

“¡No, no, no haced eso! – exclamé -, no quiero nadie sepa sobre esto. Lo que haya que resolverse, entre nosotros lo resolveremos”.

“Sea así como es vuestra voluntad, mas sepa vuesa merced, que en esto de líquidos e polvos para matar, sí estoy bien ilustrado. Dejadme os ayude”.

E acabó la mañana con las friegas al maestro.

18 febrero, 2007

De lo que Marinín sabía sobre la pluma de plata

omingo este en que todos fuimos a la misa matutina e volvimos a la casa a tomar el desayuno. Domingo de votaciones donde se decidía si el nuevo Estatuto de esta maravillosa región de España la convertía en una nación e otras cosas incomprensibles. Me decía Su Ilustrísima no iría a votar e le decía yo que, estando en Ronda, dificultoso sería. A Marcos, ni le interesaba el asunto por ser castellano ni lo veía apropiado. Desta forma, quedamos con don Diego en ir a su finca, haber un buen almuerzo e descansar bajo los árboles, que el día era soleado.

Ahíto de tanta carne asada e tanta ensalada, puse una manta bajo un árbol por estar en soledad, mas mi soledad, según voy viendo, he de compartirla con Marcos e mi hijo.

“Niño, decidme – preguntéle a Marinín -, ¿es cierto todo eso que se dice de mí e lo de la pluma de plata e otras cosas?”.

“A fe papá – contestó al punto -, que sé es cierto, pues en la escuela lo refieren los niños según dice Edu e a muchos les gustaría conoceros, mas, en leyendo las imágenes del libro en blanco, he encontrado cosas que pienso sabéis e no queréis decir”.

“¿E qué cosas son esas – respondíle como ausente – que os parece no os quiero decir? Ya sabéis que secreto alguno os guardo”.

“En esos escritos que habla de remedios curativos – dijo –, léese que tenéis una pluma de plata maciza para solucionar ciertos entuertos; y hame sorprendido que, siendo libro de remedios, se hable de una pluma, tres tinteros, polvo venenoso de ni mirar e pequeños dardos. Mas jamás os he dicho, ni lo he de hacer, que hagáis cosa alguna”.

“E, ¿podríais mostrarme esos escritos cuando lleguemos a Sevilla? – preguntéle -, pues alguna que otra cosa se me va de la memoria”.

“¿A vos? – respondió al punto -. Puedo mostraros lo que allí se dice desto, mas no me digáis se os olvida algo, que tal no creo”.

“Durmamos agora una corta siesta – le dije -, que casi todos están en sueños”.

En esto, pasó lentamente don Diego e diónos el saludo e deseónos un buen descanso e, así, le pregunté con curiosidad:

“¿Qué habéis hecho con esa alberca secreta de aguas venenosas? Ya la gente sabe de su existencia e podría ser peligrosa”.

E casi riendo respondió alejándose:

“Todos saben ya desas aguas e de su peligro, excelencia. Por eso, he ordenado tapiar la entrada a esa cueva. Si necesitáis visitar el lugar, decídmelo, que siempre hay atajos para todo. Descansad”.

En Ronda e a diez y ocho de febrero del año de dos mil e siete.

17 febrero, 2007

De cómo Antonio me dijo quién soy yo

ugaban los niños en el pequeño patio e Su Ilustrísima, Marcos e yo, estábamos en lecturas en el salón, aunque bien creo que ninguno de los tres avanzaba un renglón. Salía Marinín al patio con pan mojado en las manos e bajaban muchos gorriones que dél comían mientras sus amigos le miraban con la boca abierta. Comenzaron luego a caer unas gotas de lluvia e se entraron en la casa corriendo; Marinín a lavarse las manos, e viniendo Antonio con asombro a decirme cómo hablaba con los pájaros e dábales de comer en su mano; y el pequeño oía en silencio con sus ojos muy abiertos.

“Paréceme – le dije – que hale dado Dios ese don, que yo nada deso le he enseñado e los pájaros me huyen”.

“Una plumita ha caído al suelo – me dijo entonces -, la he tomado para guardarla como recuerdo”.

“Las plumas de los gorriones son grises e pequeñas, niño – le dije -, recordadme al llegar a Sevilla os enseñe las que tengo para poner en mi toquilla”.

“¿Y tenéis también la pluma de plata?”.

Saltó Su Ilustrísima en el asiento e me miró no sé si con extraño o reprimiéndome.

“¿Quién dice tengo yo una pluma plateada? – le dije - ¿Acaso no sabéis que son todas blancas o de bellísimos colores?”.

“Todos los niños lo saben, tío Marino – venía ya Marinín del aseo -, que el Capitán Alacaída lleva una pluma de plata. No plateada, sino de plata pura”.

“Pues a fe – le dije – que el mismísimo Capitán Alacaída acaba de enterarse. Contadme esa historia e tal vez pudiérala yo glosar”.

“Dícese – comenzó – que vos hacéis Justicia donde no la hay e salváis las vidas de los niños en llevando en el sombrero una pluma de plata brillante. Así, si algún follón os asalta o quiere herirnos a nosotros, la tomáis de la toquilla y escribís «muerte» en su cuello. E también se dice que esa pluma vino de otro mundo mágico. Por eso siempre hacéis muchos regalos a los niños; como los Reyes Magos. Es como si fueseis el enemigo del «hombre del saco». Ahora bien os conozco e nunca he visto esto, mas lo creo”.

“Cierto es lo que se dice de vos, papá – interrumpió Marinín -, mas a fe que nunca he visto ni me habéis hablado desa pluma”.

“Con vos quisiera yo hablar una pieza – le dije a mi hijo -, que uno desos pajaritos me ha dicho sabéis más que yo deste asunto”.

Mas ahí quedó este día sábado, que llevamos a los niños a ver el atardecer entre nubes. E viendo tales colores, dijo Carlitos: «Aquella nube paréceme pluma de plata».

En Ronda e a diez y siete de febrero del año de dos mil e siete.

De la pluma de plata e otros contenidos

asta cerca de las ocho estuvo Su Ilustrísima admirando el contenido de la caja e preguntándose para qué sería aquél útil.

“Una arma me parece, Ilustrísima – le dije -, mas bien quisiera saber para qué o para quién. Hacer una pluma de ave con su cañón perfecto e curvado, su vexilo doble construido barba a barba e con sus respectivos ganchos paréceme tarea o de mucho tiempo o de mucha gente”.

Tomándola con sumo cuidado en mis manos, observamos era flexible cual pluma de ave e tenía su corte diagonal en el extremo del cañón, como si debiese usarse para escribir, mas estaba la punta demasiado afilada. Levantando luego el paño que cubría el fondo, apareció un precioso dibujo donde veíase como quedaba el cañón curvado con las puntas hacia arriba, de forma que la parte curvada quedaba hacia abajo. Un hombre con tocado de plumas de colores, parecía escribir en el cuello de otro hombre que pintado se veía de gris casi negro. Junto a éste, aparecía un sencillo signo: un trazo curvo e vertical de arriba abajo.

“Idos a misa, Ilustrísima – le dije antes del amanecer -, que yo he de cerrar la caja e preguntar con harto disimulo a Marinín si ha leído algo desto en el libro que está copiando. Paréceme arma mortal, e que se usa escribiendo este trazo en el cuello de alguien”.

“Mucho trabajo en plata – dijo – para matar. Intentad averiguar cualquiera cosa que pueda seros de importancia, mas no penséis voy a buscar a un alquimista por saber qué hay en esos tres frascos ni qué son esos polvos blancos. Todo esto debe quedar en secreto. Si llegamos a saber por qué está aquí e para qué menester, ha de ser por nosotros mesmos. No quiero curiosos”.

Del contenido de la caja e su posible uso

o podía entrar en sueños pensando en el contenido de la caja e Marcos tenía su brazo sobre mí. Así, dime media vuelta e bebí agua tomándola del vaso. Con esto, estando Marcos ya bien dormido, levantéme con sumo cuidado e bajé al bufete de Su Ilustrísima. Por debajo de la puerta veíase salir la luz.

Llamé a la puerta con prudencia e vino don Juan a entreabrir la puerta e, al verme, espetó:

“Mucho me extrañaba, sobrino, que pudieseis dormir en teniendo ya la caja abierta. Nada he tocado, sino que la miro con asombro e busco libros o legajos donde se indique qué cosa contiene e para qué sirve. Pasad, que hasta las ocho que iré a misa, tiempo tenemos de ver cosas”.

Y entrando en la sala, vi la caja abierta e sin tocar. Su interior no podía verse por estar cubierto de una capa de fieltro pegada a la madera.

“No hay clave ni cualquiera otra cosa para quitar este paño – le dije -, habrá que cortarlo con cuidado por ver el interior”.

“En eso creo tenéis razón. Pegado parece a todas las paredes”.

E sacando la puntiaguda daga que traía a colación, comenzamos cuidadosamente la ceremonia. Fui cortando primero uno de los lados más cortos, e tirándo luego con suavidad deste lado, levantóse la tela sin dificultad.

En su interior encontramos lo que nunca hubiéramos esperado, pues bien atado todo con cintas de cáñamo (o algo parecido), encontramos una gran pluma de plata como las antigüamente usadas para escribir, e un atillo de tela azul obscura que también estaba atado. La pluma casi conservaba su brillo e no estaba obscurecida la plata por el tiempo, e cortando las ataduras del atillo, encontramos hasta tres frascos sellados con lacre e otra bolsa pequeña que contenía un polvo blanco e unos a modo de pequeños dardos.

“Ilustrísima – advertí -, no tocad ese polvo por lo que pudiere ser, que no sabemos si es remedio para curar o para matar”.

“¡Santo Dios! – exclamó -, que cuando se guardan estas cosas en una caja tan dificultosa de abrir, es que han de ser de gran importancia”.

“Por lo que observo en la pluma – le dije – paréceme no es para escribir, sino para solucionar otros menesteres ¿Quién hace una pluma en plata para escribir? Agora sí deberemos dejar los estudios para mañana”.

En Ronda, la madrugada del diez y siete de febrero del año de dos mil e siete.

16 febrero, 2007

De la trama desvelada

olviendo a la casa por la noche e retirados a sus aposentos los niños e Marcos (con cierto disgusto), volvió Su Ilustrísima a insistirme en que habría alguna forma de abrir aquella secreta caja, e mirándole con gesto grave, le dije:

“¿Creéis acaso que es casual que me mostréis agora este secreto y que yo deje mis asuntos en Sevilla para venir a Ronda a abrir una caja que puede contener tintes, pinturas, joyas o algunas hierbas secas? ¡Don Juan!, que además de Ilustrísima sois humano; reconoced que sabéis corro peligro junto a los míos e algo os dice ahí dentro está la solución. Bastaría entonces con un golpe seco de mi sable para partir ese botón o, tal vez, cortar con una desas sierras de carpintero la madera e ver lo que contiene. Bien sabéis que tales artes no pueden hacerse e queréis tenga en mis manos el contenido desta caja. ¿Yerro? Aclaradme agora con luz meridiana a qué este trazado”.

E restó una pieza quedo e mirándome con sorpresa e, luego desto, comenzó a hablar:

“De lo que os voy a decir no estoy seguro, sobrino, mas he oído decir que debe esa caja abrirse sin dañarse y que, en su interior, se haya un remedio para la persecución que habéis. Esto lo oí e después lo leí; no creo sea falso”.

“¿A qué esperamos pues? – le dije -, dadme el imán que os he pedido”.

“El imán – contestó al punto -, levantará todas las piezas de metal, mas unas han de mantenerse en esa posición e, cambiando la orientación de la caja, no deben moverse, sino que han de moverse las restantes”.

“¿Ha quedado algo de los dulces de los niños, Ilustrísima? – le dije observando con descuido la caja -; creo necesitar algo dellos”.

“¿Pensáis agora en tomar dulce con lo habemos entre manos? – preguntó asustado -. A fe que no os entiendo”.

“Traed un trozo de dulce si no os es estorbo – le dije -, quizá endulzando mi paladar encuentre la clave”.

Salió aquel pobre hombre con su santa paciencia a buscar un trozo de dulce e, aproveché su ausencia para mirar la imagen de la cerradura al trasluz de la lámpara. Comprendí entonces cuál era el medio a seguir.

Volviendo con el dulce sujeto por su palito, ofreciómelo e yo tomélo e mastiqué parte dél. Luego desto, tomé el imán e lo puse sobre la caja sin llegar a tocarla; la mitad de los cierres se levantaron. Así, tiré del botón con cautela e puse el dulce en las piezas que estaban levantadas. Girando luego la caja, volví a tomar otro poco de dulce.

“Sobrino – exclamó asustado Su Ilustrísima -, estáis poniendo dulce pegajoso dentro de la caja. Si ello le hace mal…”.

E cuando pensé el dulce se había secado en los cierres restantes, la dejé sobre la mesa.

Así, me puse en pláticas con él una buena pieza e no entendía lo que yo quería hacer, mas pensando los trozos de dulce habían pegado los cierres cada uno en su orientación correcta, le dije:

“Si así no se abre, Ilustrísima, creo habrá que hacer uso de una palanca o una sierra”.

“¡No haced eso, por Dios! – gritó -, puedo aseguraros que destruiríais todo”.

E ante su mirada perpleja, su boca abierta, e su quietud, tiré del botón e girélo a entrambos lados hasta oír piezas que encajaban. Después de cinco vueltas a un lado e otro, apreté con fuerzas su tapa con mi mano e la corrí sin dificultad hacia la izquierda.

“¡Santo Dios! – exclamó don Juan -, que un simple dulce abre un secreto”.

Abierta la caja, vimos estaba todo cubierto por un grueso paño de fieltro.

“Mañana, de día, veremos el contenido. Vayamos al descanso”.

En Ronda e a diez y seis de febrero del año de dos mil e siete.

Del estudio de la caja por sus imágenes interiores

legados ayer a Ronda, hubo gran fiesta e di luego permiso a los niños para ir a jugar a la plaza diciendo a Marinín e Antonio cuidasen del más pequeño. Con esto, quedamos solos Su Ilustrísima e yo toda la tarde en el bufete y Marcos en el salón, e hasta la madrugada estuvimos en estudios, motivo por el que escribo hoy.

Mostróme unas placas negras con varias imágenes de la curiosa caja. En la vista superior, parecióme ver algo alargado e que se ensanchaba, mas no acertaba lo que pudiera ser. E vista la caja desde el frente, veísae con nitidez el mecanismo interno del botón. Unas piezas metálicas (así parecían), quedaban prendidas a la caja por un extremo e por el otro caían. Esta mesma vista, poniendo la caja boca abajo, revelaba que aquellas piezas siempre caían. Alguna cosa impedía quedasen rectas horizontales. El resto del mecanismo era aún más curioso, pues había hasta cinto puntos que señalaban lugares distintos.

“¿Qué pensáis desto, sobrino? – estaba inquieto don Juan -. Si ponemos la caja en su sitio, esas piezas caen e parecen tapar algunos orificios; si le damos la vuelta, caen hacia el otro lado e también tapan otros orificios. Desta forma, es imposible que el botón gire libre y entren algunos salientes, como los de las llaves, donde han de entrar”.

“La gravedad – le dije -, es la gravedad, Ilustrísima. Para que esas piezas de metal se elevasen e dejasen paso a ciertas claves deberían ser de hierro, necesitaríamos un imán e saber cuándo quedan horizontales”.

“Dificultoso lo ponéis, sobrino – dijo riendo – que a través de la madera no veo”.

E así estuvimos haciendo pruebas hasta que volvieron los niños:

“¡Dios bendito! – exclamó Marcos -, de barro vienen hasta los ojos. He de darles un baño antes de la cena mas no entreteneos mucho más, que además de aburrirme solo en el salón, acércase la hora del buen yantar”.

E así se hizo, que subió Marcos a cambiar a los niños e se les oía reír desde abajo; cenamos ternera con espinacas e pescado e, muy a su pesar, quedóse Marcos contando historias a los pequeños e pasamos Su Ilustrísima e yo al bufete, mas, habiendo poca luz, era muy difícil ver aquellas imágenes. Con esto, le dije trujese un imán e pusimos aquella caja de una forma e de otra e dimos vueltas al botón acercando e alejando el imán. En cierto momento, oyóse un ruido como si algo encajase en su sitio.

“Paciencia, sobrino, paciencia – me decía Su Ilustrísima -, cientos de combinaciones, tal vez miles, habrá de hacer hasta levantar la tapa”.

“¿Levantar la tapa? – preguntéle con extraño -, esta tapa no se levanta como en otras cajas, sino que se desliza a un lado. Estas bisagras que aquí veis no son sino adorno o motivo para equivocaros”.

Muy tarde ya, fuimos a dormir e dejamos el día de hoy de descanso absoluto e de paseos e dándome un codazo en la mesma Calle de la Bola, comprendí Marinín me pedía uno de aquellos dulces de colores.

“Elija cada uno el color que le guste”.

En Ronda e a diez y seis de febrero del año de dos mil e siete.

15 febrero, 2007

Del secreto tal vez descubierto

erminado el desayuno e llegado el maestro (que me miró con agradable sonrisa), entré de priesa en mi bufete por llamar al inspector e referirle lo por Marinín narrado sobre los hombres que observaban la casa. En esto, sonó el teléfono e sentí la duda de quién podría llamar, mas al oír, sonó una voz casi melodiosa:

“Sobrino, buenos días nos dé Dios, que alguna nueva os tengo”.

“Decidme, Ilustrísima – contestéle sin hacer referencia a lo ocurrido -, ¿son nuevas de Ronda o son de la casa?”.

“De la casa podría deciros – aclaró -, mas algo tienen que ver con cierto misterio que se nos quedó pendiente ¿Recordáis la caja que os mostré con un extraño botón e mucho peso? Pues pensando en ello, decidí llevarla al hospital”.

“¡Santo Dios!, que sois atrevido sacando a la calle esas preseas e llevándolas a un hospital”.

“Ningún médico habría de verla por estar enferma – dijo en risas -, sino que pensé en el doctor Cañete, que tiene una máquina desas que, como vos decís, ve el interior de las cosas. E la puso sobre una mesa e aquí tengo varias imágenes de su contenido”.

“Decidme, Ilustrísima – dije al punto -, lo que hay en su interior, que no hago sino pensar en cosa tan extraña”.

“A decir verdad, sobrino – dijo como desilusionado -, nada entiendo destas imágenes aunque el mesmo doctor Cañete me ha dicho que las partes más blancas son cosas duras e las partes más negras o están vacías o son cosas de blandura”.

“¿E no observáis forma alguna – le dije – que os diga lo que hay en su interior?”.

“Importante me parece – dijo un tanto quedo -, mas veo formas que no entiendo, aunque bien se ve el mecanismo del botón para abrirla. Necesitaría vinieseis un día a recogerlas e que las estudiaseis, que desto poco sé”.

“Tan poco como yo, Ilustrísima – le dije -, mas habrá que hacer algo por saberlo”.

“Veníos, sobrino – dijo con voz grave -, pues paréceme es de importancia lo descubierto”.

E no sabiendo qué hacer, dispuse viniesen los niños y Marcos conmigo e decir a Cayetano hubiese cuidado e no abriese a nadie, pues alguna duda tenía yo de lo que pudiere suceder.

Así, se prepararon los equipajes e despedí al maestro (que miróme con desconsuelo al tener que irse). Tras el almuerzo, partimos para Ronda.

En Ronda e a quince de febrero del año de dos mil e siete.

14 febrero, 2007

De la ida e vuelta a Sevilla con Carlitos

ecidí esa mañana llevarme al pequeño porque viese la ciudad e, tras resolver mis asuntos con don Justo, lo llevé a los almacenes. Fuimos a la parte donde están los juguetes e acercóse amable un tendero e preguntóme si buscaba algo para mi hijo. Con esto, le dije que no era yo el que buscaba cosas, sino el pequeño (que tenía su boca abierta de ver tanta maravilla).

“Llevaos a mi niño con vos – le dije – e mostradle cuanto pueda gustarle. No voy a llevarme todo lo que aquí veo, mas decidle ha de escoger cinco cosas de todas ellas”.

Mostróse el hombre amable e tomó a Carlitos de su mano e dieron unos paseos por la tienda e resté yo en una esquina disfrutando de los gestos que hacía el pequeño al ver los juguetes.

“No enviad nada a casa – le dije -, que aunque estas cajas abultan, tengo a quien puede ayudarme a llevarlas agora al coche”.

Bajamos Valeriano e yo lo comprado hasta el coche e volvimos a la casa e, al entrar, vino Marinín corriendo hacia mí e me dijo muchas cosas:

“El maestro dice os espera ya con impaciencia para las friegas; la marquesa ha venido tarde e ha dicho a Cayetano podéis poner cuanta mejora queráis en la casa e yo, pensando estaba, cuando asoméme a la ventana grande de la buhardilla e parecióme ver hasta cuatro hombres mirando por la parte trasera”.

“¿Cuatro hombres? – preguntéle -. Acaso eran vecinos que por aquí andaban de paseos”.

“¡No, papá – insistió -, tomadlo en serio!, que cuando esto os digo es porque no eran cuatro hombres que van de paseo”.

Al oír esto, di aviso al inspector De Lema, mas nadie hablaba en su teléfono. Pasé el resto del día distrayendo a los niños (incluido Marcos) e con un ojo en los juegos e otro en los alrededores.

En Sevilla e a catorce de febrero del año de dos mil e siete.

De la costumbre del aseo

ncendióse la lamparita de Marcos muy de temprano e puso su brazo sobre mi cuerpo:

“Marino, sabed que hoy es día de San Valentín. Una sorpresa os tengo”.

Y casi en sueños, le dije:

“Sabed vos que San Valentín debe celebrarse por las parejas de hombre e mujer, que por tal motivo fue mártir. El día que hoy se celebra no está puesto en el calendario sino para vender regalos, mas de vos acepto el que queráis”.

E púsose a acariciarme primero e a jugar luego haciéndome cosquillas. Seguíle el juego, pues me pareció atinado e, al poco, lenvantóse e dijo:

“Al aseo de los pequeños voy, que si bien a Marinín nada hay que decirle, ni Carlitos por su edad ni Antonio por lo vivido, saben asearse como Dios manda”.

“En poco iré a ayudaros – le dije -, que viene hoy la señora marquesa para darme el permiso para poner el escudo en la puerta e cambiar las dos partes laterales de la cristalera del salón por vidrieras de colores”.

“Y es seguro – añadió – habréis de ir a Sevilla a preparar más papeles, que un cambio de vida como este no se resuelve con una mudanza”.

“Así será – le dije -, dadme agora un beso e id a vigilar el aseo desos pillines, que no quiero gente sin asear en esta casa”.

Al poco de irse, levantéme e me puse la bata, mas parecióme era un día caluroso e me puse ropa más fresca. E viéndome entrar Antonio, púsose en pie, que en la cama estaba sentado:

“Tío Marino – me dijo casi en llantos -, una forma tengo yo de asearme e tengo que aprender otra. Dadme tiempo”.

E, acercándome a él, le dije:

“Nadie os dice mañana sepáis asearos como en esta casa se hace. Prestad atención a lo que se os dice e hacedlo poco a poco; pero hacedlo, que siendo en vuestra casa harto dificultoso, es aquí fácil e tenéis el cuarto del baño calentito. Venid conmigo, venid, que yo os diré cómo hacerlo e será de vuestro gusto”.

Así, nos entramos en el cuarto del baño e nos despojamos de las ropas e le fui diciendo a Antonio cómo debía hacerlo e lo vi estar de contento e, cuando ya lo secaba con la toalla, me dijo:

“¿Sabéis una cosa? Nunca vi a mi padre desnudo como a vos os he visto e, viendo vuestro cuerpo, entiendo mejor lo que decís del aseo. E ¡ya quisiera yo tener un cuerpo así cuando sea mayor!”.

“Lo tendréis, Antonio – le dije -, lo tendréis, pero hay que cuidarlo”.

“Como me lo habéis dicho he de hacerlo”.

13 febrero, 2007

De la talla de un escudo (2/2)

visados quedaron todos de que no hubiera estorbo alguno en mi dormitorio e subí con el maestro (que de nombre tiene Víctor). Entrándonos allí, le dije se desnudase e parecióme dudó un poco.

“¡Vamos, Víctor – le dije –, no perdamos tiempo! Quitaos las ropas e cubríos con esta toalla”.

Quitándose las ropas, tapóse con pudor antes de despojarse de sus calzoncillos e le dije se echase boca abajo sobre la cama. Así, despojéme yo también de la ropa que me impediría el trabajo e me puse sobre él e comencé a darle los masajes desde los hombros hacia abajo e, casi llegando a la toalla, volvióse en un repente e miróme con extraño.

“¿Os produzco dolor? – preguntéle -, pues si es así habremos de comenzar más suavemente”.

“A fe que no es dolor precisamente lo que me producís, excelencia, que solo con el contacto de vuestras manos me siento aliviado”.

E fijó su mirada en la mía con embeleso: «Volveos que pueda seguir».

Volvióse a echar en la cama e fui untando sus espaldas con las manos e los brazos e, cuando más pegado tenía mi cuerpo al suyo, tiró de la toalla e dióse media vuelta.

“No temáis – le dije -, que sólo son friegas e habrá que hacerlas a diario durante unos días”.

“Temor no tengo, excelencia. No tengo temor alguno”.

“Pensad – le dije quedo – estoy tallando vuestra espalda como si de piedra blanda se tratase para ponerla dura como la piedra. Todo ha de ponerse en su sitio, mas si os volvéis hacia arriba… dificultoso me lo ponéis”.

“¿Qué es lo que se os pone… dificultoso, excelencia? – preguntó -.

“Si las friegas han de ser en la espalda – le dije sonriendo -, de espaldas a mí deberéis estar; no de frente”.

E tomando mi cuello con su mano, acercó mi cabeza a su cara e besóme.

“Sigamos estas friegas, Víctor”.

En Sevilla e a trece de febrero del año de dos mil e siete.

De la talla de un escudo (1/2)

studiaba yo por la mañana en mi bufete cuando sonaron las campanas de la puerta e, al poco, avisóme Cayetano de haber visita e al salón salí a recibirla. Era un hombre de aspecto humilde e no supe qué cosa quería hasta que me dijo lo enviaba don Eduardo, pues me dijo éste un día que conocía a un tallador de piedra de gran calidad e poco oneroso. Hícele pasar el bufete e hubimos unas pláticas, pues quería yo tener un escudo de Fuentefría en la entrada de la casa e otro en la de Grazalema, mas hablando del pueblo, me dijo conocía a un tallista de allí que había aprendido la talla por sus propios medios e a que de nombre tenía Francisco Salas (Paco, me dijo), que hacía poco había fallecido de mal incurable e que trabajaba la mesma piedra que a él le gustaba: la de las Canteras del Toro de Ronda. E preguntándole yo por la calidad de sus obras, me dijo que pocos examinados en talla lo hacían como él. Así, tomé unas imágenes de los escudos e se las entregué. Mirólas con atención e me dijo podría hacer los tales escudos, mas siendo mi casa de Sevilla alquilada, debería pedir permiso al dueño de la casa.

“La señora marquesa – le dije – estará encantada cuando le manifieste mi idea e, si no es así, cuando deje esta casa lo retiraré. Mi casa de Grazalema es en propiedad, mas teniendo un balcón justo encima de la puerta habría que buscarle otra ubicación”.

“Debería yo ver el lugar – me dijo – mas siempre hay lugar donde resalte”.

“El lugar y el precio no me importan tanto – le dije -, mas sí quisiera fuese la piedra de la cantera citada, si ello es posible”.

“Así sería, excelencia – aclaró -, que si me pidierais piedra de alguna cantera de Castilla, también se traería”.

“Sea pues – entréguele el dibujo -, e cuando estén terminados me avisáis. Aquí os entrego un dinero por adelantado para los trabajos que espero os sea suficiente”.

E así cerróse el trato e marchóse aquel hombre, mas, al poco, tocaron a la puerta e di permiso para entrar. Era el maestro de mi niño en preguntando por el remedio para su espalda e su precio.

“Dos cosas he de deciros – le dije al punto -, que el remedio ya está preparado y que no hay precio que pagar por él. Decidme cuándo podéis e yo mesmo os daré las friegas”.

“¿No cobráis por vuestras curas? – preguntó con extraño -. Así como yo os cobro las clases de vuestro hijo, deberíais vos cobrar vuestros remedios”.

“Sanar no es cosa que deba cobrarse – le dije -; dejemos eso para los médicos. Me habéis pedido os quite las molestias e voy a hacerlo. He aquí el frasco con el preparado”.

“¿Vos mesmo, excelencia, me daríais las friegas?”.

12 febrero, 2007

De los males del maestro e su solución

ube yo de ausentarme en la mañana un par de horas e quedó Antonio asistiendo a las clases de Marinín e María con Carlitos. Hubo gran fiesta cuando volvimos Marcos e yo e me dijo Marcos recibióle Antonio como no esperaba, tirando de sus ropas e abrazándole e besándole. Con esto, pidióme el joven maestro pasar a la biblioteca por si podía leer algún libro una pieza antes de irse, e dile mi licencia, que a nadie niego llegar hasta la fuente de la sabiduría. Mas, al entrar allí, observó faltaba el antigüo libro que él quería leer e así le dije:

“Es ese libro de Su Ilustrísima e se lo ha llevado a Ronda, maestro, mas no preocuparos que copia dél habemos e os dejaré leerla, aunque sí me temo no entendáis mucho lo en él escrito”.

“Cosa así no me importa – me dijo -, que parece Antonio tampoco entiende lo que voy enseñando a Marinín e se pone a su altura con sólo oír lo que digo. Estos niños son diferentes a otros, excelencia, vos lo sabréis mejor que yo, pues en oyendo o leyendo alguna cosa, ya no la olvidan. E tiene Marinín un don especial, que con sólo leer una vez el tema del día, lo entiende e dello discute conmigo, e paréceme en poco aprenderé yo dél. Dizque también vos andáis en estudios de medicina y, según creo yo, es eso dificultoso”.

“Así lo es – le dije -, no por parecerme mucha materia (son cinco tomos gruesos), sino por no poder hacer las prácticas necesarias. Mas sólo me interesa conocer las patologías, su etiología, sus signos e síntomas e poder hacer un diagnóstico claro dellas con los nombres que agora tienen”.

“A lo que veo – dijo sorpreso -, bien domináis ya ese lenguaje sin asistir a la Universidad, que no soy médico e algunas cosas no sé qué significan. ¿Podríais ya acaso conocer un mal que me aqueja e los médicos no aciertan del todo?”.

“¿Quién lo sabe? – le dije -, que tengo yo mis propios medios de diagnosticar males. Dejadme tocar vuestro cuello por un momento”.

E puso su cabeza alzada en señal de asentimiento e allí puse yo mi mano, mas no viendo le aquejaba mal alguno grave, sino un malestar, preguntéle si notaba algún dolor en alguna parte, e viendo iba yo por el camino correcto, me dijo:

“No es un mal como bien decís, tal como puede entenderse esta palabra, sino un estorbo que el cuerpo me produce desde el nascimiento. No me impide llevar mi vida, mas es una molestia casi continua”.

“A lo que me decís no puedo sino responderos una cosa – afirmé -, pues los huesos de vuestra espalda no están en su sitio e producen dolor”.

Asustado por lo oído, dijo al instante:

“Si no habéis visto mi espalda, ¿cómo sabéis está ahí el mal?”.

“Es mi método de diagnóstico. Llaman a esto agora escoliosis – le dije -, que no es sino que vuestra espalda está un poco torcida e a veces os es de gran molestia. Recordadme mañana os dé un remedio que os alivie, mas, supongo vuestra madre o vuestra esposa habrá de daros las friegas”.

“Esposa no tengo, excelencia – aclaró -, ni madre tampoco. Ya buscaré a quien pueda darme esos ungüentos; no habed cuidado”.

“En esta mesma casa se os darán, si vos lo permitís – le dije -, e puedo prometeros que en menos de dos semanas no sentiréis la fatiga que sentís agora al estar sentado”.

“Mi licencia tenéis – concluyó -, que jamás un médico sin hacerme muchas pruebas e hacerme tomar muchas desas pastas contra el dolor, me ha dicho con claridad lo que tengo”.

E pasando mi mano por su espalda de arriba a abajo, le dije:

“Escoliosis tenéis, amigo, e con varios pinzamientos; e lo posible haremos porque no acaben en hernias discales”.

En Sevilla e a doce de febrero del año de dos mil e siete.

11 febrero, 2007

Del encuentro de una madre con sus hijos

os llegamos por la tarde a casa de doña Pastora subiendo algunas calles y, al llegar a la casapuerta, llamó Antonio con fuerzas: «¡Mamá, mamá; que estamos aquí!”.

E salió la madre al abrir e los abrazó en llantos de alegría e así los dejamos una pieza haber unas pláticas. Luego desto, nos hizo pasar e vi la casa muy cambiada. Le dije nos acompañaba Marcos, mi compañero, e Antonio encargóse de decirle cómo era. Sentados a la mesa, tomamos café e comentamos muchas cosas, pues estaba ella trabajando en una casa por las mañanas mas decía no sentirse sola, pues sus vecinos siempre la atendían.

“Hecho a faltar a estos dos pilluelos – decía -, mas no podría agora dejarlos solos toda la mañana”.

“¿Acaso os preocupa eso? – le dije -. A Sevilla volverán con nosotros e allí tendrán lo que sea menester e, llegado el viernes, volveremos a venirnos al pueblo e pasaréis cuanto tiempo queráis con ellos”.

“No sé qué les habéis hecho, excelencia – exclamó -, mas cuando los miro, parécenme mayores e son sus rostros más bellos”.

“Un corte de pelo aquí, alguna ropa allá – dijo Marcos -; no creo haya más novedades”.

“Sí, don Marcos; sí las hay – contestóle -, pues no habéis conoscido a estos niños antes de…”.

“Lo sé doña Pastora – le dije – e por ello no debéis tener cuidado. Seguid en vuestro trabajo hasta que os sea menester e, cuando veáis pueden estar atendidos por vos mesma, avisáis e con vos restarán”.

“Míos son e nadie me lo va a negar – apuntó -, e viéndolos cada semana me sentiría feliz”.

E oyendo esto Antonio, puso sobre la mesa el pliego de papel con su retrato e lo abrió para que su madre lo viese.

“¡Santo Dios! ¡Mi niño en dibujo! Miradle, miradle – decía -, que ya no es el mesmo e más bello está”.

E tras una luenga despedida, volvimos a la casa, recogió Marcos las máquinas y el servicio el equipaje. Al poco, llegaron Valeriano e Rafael e nos trajeron de vuelta a Sevilla, e venían los niños cantando divertidos versos e, al anochecer, quedaron dormidos una pieza. En llegando a la casa, hubo que darles la cena casi en sueños e María atendía a Carlitos como si su madre fuese.

“Ea, ea, mi niño, que cuando comáis, os llevaré a la cama calentita”.

En Sevilla e a once de febrero del año de dos mil e siete.

De la vuelta a Grazalema tras los sucesos ocurridos

reve fue la despedida e grande el contento de los niños por volver a su pueblo, mas notaba yo en Marinín cierta tristeza.

“No habed cuidado – le dije -, que a Sevilla habremos de volver todos juntos por estar allí todo el equipaje. Al menos, una semana más estará allí Antonio con vos”.

Llegados al pueblo tras el corto viaje, fuimos de primero a la casa e nos recibió el servicio con gran contento e todo estaba ordenado, que la limpieza no era asaz complicada por no haber polvo en estas épocas del año. Manteníase la casa caliente y estaba el servicio feliz de volver a su tierra.

Pronto se hizo el trazado del día e subí a ver qué hacía mi pequeño y, en llegándome al dormitorio, oí hablaba con alguien en inglés. Llamé a la puerta mas entré de seguida e vi estaban los tres sentados delante de su máquina:

“¡Vive Dios, que he oído a alguien hablar con vosotros!”.

“No es aqueso, papá – repuso Marinín -, sino que la máquina nos habla y esta vez lo hace en inglés. No es ésta como el estuche portátil que tengo en Sevilla, sino que hace muchas cosas que no hace la otra”.

“Tío Marcos os compró la que deseabais – le dije -; si la que tenéis en Sevilla no os sirve, pedidle os compre una igual”.
“Dejemos esta aquí – dijo seguro Marinín -, que en tan poco tiempo ya las hay mucho mejores e al mesmo precio. Prefiero tener la nueva en Sevilla”.

“Así se hará, mas… ¿podría yo hablar una pieza con ella?”.

“Unas veces – dijo Antonio – habla en inglés, mas escribe aquí abajo lo que dice en español. Otras, habla en español e todo se entiende sin leer”.

E oyendo aquellas voces, tomé la determinación de poner una de las mejores en Sevilla.

Luego desto, oímos la campanilla que nos avisaba para el almuerzo e bajamos todos, que habríamos de almorzar un poco antes para visitar a doña Pastora en la tarde.

De los descubrimientos de la madrugada (2/2)

nía sobre su mano una bola de cristal de hasta diez centímetros de diámetro que era de cristal azul en su parte baja e transparente por arriba, dejando ver una extraña escritura en su interior. Estaba dicha bola asentada en una peana de madera que él sostenía con la mano abierta.

“Diría yo es una bola de bruja – le dije con asombro -, si no fuese por ser de color, mas también podría ser objeto de escritorio; como un pisapapeles”.

“No erráis – dijo sonriendo -, que como pisapapeles debió usarse, mas no destos que impiden que el aire fresco se lleve el papel, sino más bien que se impediría que se lo llevase un fresco”.

E levantando la bola con la otra mano, comenzó a sonar una estridente música que avisaba se había levantado de la superficie.

“¡Santo Dios! – exclamé -, que tal fiesta hace que despertaría a los niños”.

“No creo llegue arriba el sonido, sobrino – prosiguió -, mas no es esto sino una muestra curiosa de las muchas cosas que aquí están encerradas”.

Guardó la bola e sacó una caja de madera obscura, de poca altura e bien ancha, que a un lado del frontero tenía un adorno casi redondo como un botón.

“Gira este botón a un lado e a otro – me dijo -, mas tiene un tope. Cuando se gira, se notan pequeños saltos, como estos de las cajas fuertes de agora”.

“Es misteriosa e bella – dije con asombro - ¿Qué contiene? Parece pequeño maletín de pinturas o estuche de una arma”.

“Lo que contiene, sobrino – movió la cabeza -, aún no lo sé. Sólo puedo deciros que he probado todas las combinaciones posibles deste botón a modo de cerradura e jamás he logrado abrirlo; e si lo agitáis, os parecerá está vacío, mas aunque fuese de madera maciza no habría este peso. Tomadla”.

Con miedo, incluso, la tomé entre mis manos con sorpresa, pues no se correspondía su peso a su tamaño.

“Id mañana a Grazalema – me dijo – e, cuando volváis otra vez, procurad venir con un poco de tiempo. A solas os dejaré aquí por ver si encontráis el secreto desta caja”.

En Ronda, la madrugada del día once de febrero del año de dos mil e siete.

De los descubrimientos de la madrugada (1/2)

arde era cuando dijo Marcos quería retirarse al descanso, pues aún no había recuperado todas sus fuerzas. Así, dijo llevaría a los niños a su dormitorio e los prepararía, que habría que madrugar para ir a Grazalema. Subió de espacio las escaleras con ellos e le decía Carlitos:

“Tío Marcos, dejadme dormir con vos, que estos dos se ponen en risas e no me dejan dormir”.

“¿Cómo es eso? – preguntóles - ¿Acaso no sabéis que en apagando la luz debéis respetar el silencio e dormir? Dormirá Carlitos en su cama e no quiero me diga mañana habéis perturbado su sueño. ¡Vamos!, obedeced que mañana temprano nos vamos de viaje”.

E desapareciendo por el pasillo, dijo Su Ilustrísima:

“Tanto me parece habéis influido en Marcos como Marinín influye en Antonio; oígole hablar e paréceme habláis vos”.

“Mucho tiempo llevamos juntos, Ilustrísima – apunté -, e, aunque no quisiera, algo de mí ya habría tomado”.

“Cierto es – repuso -, mas no veo yo hayáis tomado dél cosa alguna”.

“Tal vez no lo notéis – le dije -, mas alguna cosa se me habrá pegado con el roce”.

“Pues quería yo agora que solos estamos – habló quedo – deciros que ya está el libro en blanco donde estaba, que teniendo las imágenes de sus páginas, mejor es tenerlo aquí a buen recaudo”.

“Os dije no deberíais haberlo sacado desta casa – contestéle -, que demasiado valor le veo para exponerlo a un viaje e mezclarlo luego con otros libros”.

“Riesgo tiene todo, sobrino – aclaró -, que si pensamos en ello, si no hubiese ido a Sevilla, no sabríamos su contenido o bien pudiera caerse el techo de la biblioteca e destrozarlo. Así mesmo os digo podría ocurrir con todo lo de valor que hay en la vitrina, que algunas cosas sé son antigüas mas no sé qué son. Seguidme, que os mostraré alguna”.

Con esto, fuimos al bufete e nos acercamos a aquel antiguo armario de paredes e puertas de cristal.

“¿Veis estos cristales que parecen frágiles como los de antaño? – me dijo -. No os dejéis engañar, que no son sino cristales al efecto e modernos que imitan a los de otrora. Sólo con un leve golpe en ellos no estando yo aquí, sería avisado de la presencia de un intruso”.

“A fe que es buena idea, Ilustrísima – le dije con extraño -, que yo mesmo he pensado eran antigüos e frágiles como papel”.

E sacando una llave de un cofre que había en un cajón, abrió tan sólo una de las hojas. En la parte más baja, donde las puertas eran de madera, había muchos más objetos que los que a la vista estaban.

“Mirad, sobrino – me mostró una bola de cristal -, ¿qué diríais es esto?”.

10 febrero, 2007

Del paseo hasta la tahona

sistió Ildefonso perplejo a todo lo visto e oído e, quizá porque olvidásemos un poco el pasado, nos propuso ir a su tahona e mostrarnos (más que a nosotros a los niños) cómo se hacían el pan e los dulces de crema. Así, anduvimos una pieza e tomó Carlitos su mano e le iba preguntando cosas e venían Antonio e Marinín a nuestro lado.

“¿Qué hacéis, Antonio? – exclamó en risas Marcos -, que tiráis de mis ropas e haréis llegue el cuello al suelo”.

E riendo, le dije era costumbre suya tirar de las ropas, e buena señal, que le demostraba tan extrañamente su cariño. E al oír esto, volvióse hacia él e, tomándole la cara entre sus manos, le dijo:

“¡Ay, mi pequeño!, os dejaré un día tiréis de mis ropas hasta partirlas si es menester. Venid conmigo; poned vuestra mano en mi cintura e yo pondré mi brazo sobre vuestro hombro. Agora, andaremos tres pasos adelante e uno hacia atrás”.

Y en estos juegos, riendo, llegamos a la tahona. Al entrar allí, advertí Antonio se separaba de Marcos e miraba las máquinas e los hombres que allí trabajaban e, volviendo hasta Ildefonso, le dijo:

“¡Vaya! No he visto nunca amasadoras ni hornos como estos. Cuando sea mayor y estudie, he de tener mi tahona”.

“E si yo os sigo viendo, pequeño – le dijo Ildefonso -, a fe que a ponerla a funcionar he de ayudaros e deciros mis secretos, que de mi padre vienen. Se pondría en otro lugar, pues si la ponéis aquí al lado, ni uno ni otro ganaríamos dinero”.

E miraba con entusiasmo todo aquello e iba cogido de la mano de Ildefonso e le hacía preguntas y éste les decía a todos lo que allí se hacía.

“Tío Marino – me dijo al salir -, repartir el pan no me ha dejado estudiar, mas quiero ser panadero como doña Carmen en Grazalema”.

“Tampoco ponedle allí una tahona – le dije -, pues de seguro le buscaréis una ruina, que algo me dice seréis un buen tahonero”.

E luego desto, le vi caminar junto a Ildefonso por la calle el resto del paseo e, acercándose a mí Marcos, me dijo quedo:

“Al suelo llegará el cuello de Ildefonso”.

En Ronda e a diez de febrero del año de dos mil e siete.