25 noviembre, 2007

De las decisiones tomadas

ióse en el desayuno un cruce de miradas, que todos estaban pendientes de las miradas de los otros. Sabíamos que Marcos e así mesmo los niños no iban a negarse a tan llamativa llamada a viajar, más tomándome Marcos aparte, manifestóme su preocupación por una misiva recebida en su estuche portátil donde se aseguraba que, en el ataque definitivo no quedaría con vida miembro alguno de la familia incluida Su ilustrísima y el servicio e describíase, sin mucho detalle, cómo se me daría a mí mesmo la muerte definitiva. E no queriendo Marcos dar más señas de lo trazado por el enemigo, propuso la huída, mas temporal, a otros países lejanos por saber que si yo no era encontrado, nada ocurriría al servicio.

Con esto, fui yo el que avisé al inspector leonés e le dije no viniese. Convencer a Su Ilustrísima por salvarle la vida, sería lo más complejo, mas ya tenía también mi compañero forma de que se aviniese, aún en contra de su voluntad, pues si quedaba éste en Ronda, bien podría ser torturado o sacrificado.

Sentados por la mañana en el salón, dijimos a Su Ilustrísima que no era tal viaje el que una vez se trazó para los pequeños, sino uno mucho más largo para salvar todas nuestras vidas e que no ponía en peligro al servicio que, hasta ese momento, no sabía dónde nos hallaríamos cada día. E tenía Marco pensado un viaje de forma tal que no se nos pudiera seguir e que nos manutuviésemos en contacto con el inspector de León, sin decirle tampoco dónde nos encontrábamos, para preparar nuestra vuelta. Tal cosa significaba que, al regreso, debería yo estar preparado para dar muerte, de una sola vez, a todos los que nos acechaban; y el inspector se encargaría de hacer los preparativos.

Llegado el almuerzo, parecía presente en el aire del comedor cierta tensión hasta llegado el segundo plato.

- “He pensado – les dije – que me parece atinada e razonable la idea de Marcos, que en estando de viajes por tanto tiempo, más hemos de disfrutar de nuestra nueva casa cuando regresemos”.

Su Ilustrísima, haciendo como el que meditaba mientras los niños saltaban de su contento, esperó una pausa y así dijo:

- “Mañana mesmo hemos de hacer una misa en petición de favores, pues dispuesto estoy a acompañar a mi familia al viaje pensado”.

E fue tan grande la alegría, que salió todo el servicio por ver si algo ocurría, mas en ningún momento se habló de los lugares a donde nos dirigiríamos.

- Bien me parece que todos estemos en acuerdo – dijo Marcos – e, siendo así, prepárense las maletas esta mesma tarde e no se ponga en ella más que lo necesario para tres días, que en llegando a los lugares sorpresa, han de comprarse las ropas mejores de tales lugares, que no en todas las tierras se viste del mesmo modo. Y en llegando luego a una desde otra, se cambiarán por las del nuevo lugar e no volverán a usarse las nuestras hasta el momento del regreso”.

Omitió, por razones de seguridad, que el mesmo día primero de diciembre partiríamos a aquellas otras tierras fantásticas en vuelo desde Sevilla. E así, quiero que conste que, hasta la vuelta, no escribiré en este diario palabra alguna.

En Grazalema e a veinte y cinco de noviembre del año de dos mil e siete.

24 noviembre, 2007

De la sorpresa de Marcos para todos

asó el desayuno como era costumbre en la casa; fuéronse los pequeños a sus estudios, Marcos a realizar las labores que yo le encomendase e así quedó Su Ilustrísima en lecturas en el salón muy arrimado al fuego, que cuando volví al salón parecióme oler a ropa tostada.

- “¿Acaso hay hoy alguna novedad, sobrino? – preguntóme Su Ilustrísima sin levantar la vista del libro -; no es hora de que se os vea holgando”.

- “Bien decís no es hora de holganza para mí – le dije -, mas hame manifestado Marcos que aquesta mesma mañana ha de revelarnos novedades que cambiarán nuestras vidas por algún tiempo”.

Levantó Su Ilustrísima la vista del libro e miróme por encima de los cristales de las sus lentes.

- “¿Novedades decís? – espetó inquieto -. Cuando Marcos habla de novedades me tiembla el pulso mas, si han de cambiar nuestras vidas por un tiempo, preferiría volverme «ese tiempo» a la casa de Ronda, que más me apetece solaz que ajetreo”.

- “¡Vamos, Ilustrísima! – le rogué -, escuchemos sus proyectos durante el almuerzo y decidamos entre todos si ese tiempo ha de seguirse pasando en esta casa como ha lugar a diario o haremos lo por él trazado”.

- “Bien sabéis, sobrino – contestó sin atención -, que no soy parcial de pláticas en la mesa mientras yantamos como tampoco lo soy de tanto trafego como hasta agora llevamos. ¡Haya paz, calma, reposo, tranquilidad y sosiego!”.

- “Sea como vos decís – contestelle -, que poco movimiento vuelve a las cosas piedras y mucho, terremotos. Esperemos sus nuevas”.

- “Esperémoslas – dijo – aunque tenga que ser en la mesa donde descansa el cuerpo del Señor, que nos alimenta”.

- “Amén”.

Esperé todo el tiempo con Su Ilustrísima en el salón estando como él en lecturas, se nos sirvió el bocado y el vino que ya era costumbre y llegó la hora del almuerzo. Salió Ramón de la cocina al comedor (con sus movimientos tambaleantes) e diónos aviso de la hora del almuerzo.

Bajaron puntuales mis niños con Víctor e allí esperamos todos unos segundos a Marcos, que bajó las escaleras con un cartapacio lleno de papeles.

- “La puntualidad en ciertos asuntos de la vida – dijo Su Ilustrísima - es cosa que nunca debe adelantarse ni atrasarse ni tan sólo unos segundos”.

- “Os comprendo, Ilustrísima – le dijo Marcos -, mas si el reloj atrasa y necesito preparar unos documentos de forma tal que su orden sea perfecto, no creo unos segundos sean tan importantes. Al menos, tan importantes como lo que quiero manifestaros a todos”.

Los niños saltaron de contento, tal vez pensando que la nueva casa ya estaría preparada, y Víctor lo miró con sospechas.

- “Traíganse de primero las viandas – dije -, bendígase la mesa, comamos al menos el primer plato en silencio como es costumbre y comiéncese a hablar de proyectos”.

Así se hizo, que fue servido el primer plato con sus entremeses, elevó Su Ilustrísima sus oraciones para bendecir los alimentos y, en tomando yo el cuchillo para la carne, todos comenzaron a comer el plato servido.

Y en esto que el servicio retiraba un plato e iba sirviendo otro, comenzó Marcos a dar las explicaciones de su trazado:

- “Duda no hay de que en este pueblo, en esta casa y con esta compaña, el tiempo es útil e provechoso. Mas habiendo yo oído que pudiese en cierto momento aparecer por aquí alguien no deseado y con no tan buena compaña, he pensado en llevar a cabo aquella empresa que quedó en el aire. Y al hablar de aire, hablo de volar también, que para llegar al otro lado del mundo no es de razón encerrarse en una embarcación molesta durante muchos días cuando en pocas horas estaremos allí sobrevolando los mares como los pájaros”.

- “¡Jo!, tío Marcos – exclamó Marinín - ¿Habláis acaso de viajar a ese país de fantasía para nosotros?”.

Cambió el semblante de Su Ilustrísima.

- “No sólo de lo que decís hablo, hijo – contestóle -, sino que dando la vuelta al mundo e no habiendo mejores cosas que hacer, también he pensado en llevar a vuestro padre a la tierra de su padre, que es hoy la llamada Nicaragua, y a que veáis ciudades donde los edificios, de altos, se pierden entre las nubes. Todo eso, y mucho más, será pagado íntegramente con dinero de mis arcas para todos y, en vez de ser un viaje corto de nueve o diez días, pararemos en algunos sitios hasta quince dellos e celebraremos la Navidad y la Nochevieja y también el Día de los Reyes en aquellos bellos parajes. Pido agora, como es de razón, la venia de vuestro padre para llevar a cabo esta empresa”.

- “Un tanto perplejo me dejáis – dije -, sorpreso, asustado, ilusionado, temeroso, halagado…Diría yo que habría de pensarlo. Si tal no os es de estorbo, dejadme meditar tan complicado proyecto al menos un día”.

- “Sea así, Marino – contestóme con reverencia -, que no es cosa de salir mañana volando; mas os pediría yo que no meditéis demasiado, que nos convendría salir de aquí lo antes posible”.

- “¿Volar, decís? – exclamó Su Ilustrísima espantado - ¡Jamás de los jamases he puesto un pie en esas naves para cruzar los mares por los aires!

- “No es cosa de espanto, Ilustrísima – le dije – que yo mesmo he volado con pavor la primera vez y con placer las siguientes, pues son estas naves tan seguras, que menos se mueven que un coche e menos que una embarcación, hasta el punto de que ni si quiera notáis movimiento alguno. Y os lo dice alguien más viejo que vos”.

- “Terminado está el trazado de la casa y empezadas las obras – dijo Marcos -, entregados los permisos y los dineros de adelanto ¿Quién sabe si cuando lleguemos estará la nueva casa acabada para nuestro gozo?”.

- “¡Jo, tío Juan! – rogó Antonio -, que si no venís con nosotros echaremos a faltar muchas cosas ¡Aceptad!”.

- “¡Como vuestro padre os digo! – le respondió -; dejadme pensar al menos un día”

- “Ofrecedlo a Dios Nuestro Señor como sacrificio – le dije -, que aunque de sacrificio poco tiene, haréis felices a vuestros angelitos”.

- “Sobre todo – contestóme – por acompañarlos a los cielos”.

Grazalema e a veinte y cuatro de noviembre del año de dos mil e siete.

23 noviembre, 2007

De otro rostro en la mesma ventana

sí os digo – espetó seguro y grave Su Ilustrísima – que o vos o yo podemos errar en lo que os hablo, más paréceme me tomáis por simple al asegurarme que Marinín no pega su rostro a los cristales de la ventana e observa vuestras artes por aprenderlas, pues niño de talento sin igual, sólo mirando aprehende”.

- “Verdadero os creo, Ilustrísima – dije -, no os digo tal sino por si acaso creyerais ver un rostro en una ventana y sea ese tal rostro otro y no sea el de Marinín”.

Quedóse dudoso mi Ilustre tío, levantóse como exhalación e hízome señas de seguirle hasta el jardín.

- “Salid aquí, sobrino – me llamó desde la parte descubierta -, que he de deciros con claridad de día en qué ventana observo se os mira ¡Mirad, mirad! Esa que os señalo, es la ventana desde la que mira Marinín”.

E mirando las ventanas que al jardín se asomaban, vilo señalar la de nuestra estancia e le miré sonriendo:

- "Acaso Su Ilustrísima ignora – le dije – que la ventana que señaláis no es la de la buhardilla, sino la de mi estancia y, estando los niños en sus liciones, Marcos anda en la empresa de los cálculos de la nueva casa e, cuando es llegada la hora de mis entrenamientos, su trabajo deja e con gran admiración me observa”.

- “Podría juraros – contestó – e bien sabéis que yo no juro, que en ese mesmo cristal que os señalo, he visto la cara de vuestro hijo cuando paseaba por el fondo del jardín estando vos en vuestras obligaciones”.

- “Bien es cierto – aclaréle – que Marcos e Marinín no han gran parecido, que si uno es de edad más avanzada, el otro parece tener mis rasgos en cara más infantil”.

- “Mucho me extraña, sobrino – volvió hacia la casa -, que penséis que yerro al deciros esto. Muy bien sé que la ventana de la buhardilla queda más alta, pero aseguraros puedo de que vuestro hijo os observa desde esa otra”.

Pensé entonces que en algo estaba yo errando y volví a subir a nuestra estancia encontrando a Marcos en sus quehaceres.

- "¿Cuánto tiempo os queda de labor? – preguntéle -, que la hora del almuerzo se acerca e debemos respetarla como todos los días”.

- "Y así será, Marino – contestóme -, que no habréis visto aún que yo deje el almuerzo por acabar esta empresa ni ésta por acabar aquél”.

- "Muchas horas ocupáis en la mañana – le dije – y es cosa de agradecer que, sin descanso, llevéis a cabo la labor que os he encomendado”.

- “Mentiría si os dijera que no descanso – me dijo -, pues aprovechando la hora del medio día, cuando hacéis vuestras artes en el jardín, holgando hasta diez minutos”.

E sabiendo yo muy bien la hora en que salgo al jardín todos los días, volví a subir a la buhardilla, llamé a Víctor a la escalera e preguntéle si las liciones matutinas se hacían sin receso.

- “¡No tal, excelencia! – contestóme turbado -, que no se puede mantener a los niños en sus estudios desde temprano hasta el almuerzo sin darles un breve descanso”.

- ¿E podríais decirme a qué hora descansan? – quise saber más.

- "A medio día como es costumbre, excelencia – dijo -, que no sería de razón un descanso si no está a la mitad de la mañana”.

E quedé meditabundo e atando cabos, pues salía yo al jardín a medio día e a esa mesma hora descansaba Marcos por observarme e descansaban los niños de sus liciones. Así, preguntéle a Víctor qué cosa hacían los niños en su descanso e díjome que bajaban a la cocina e que María les daba algún bocado.

Volví entonces a visitar a Marcos que recibióme sonriente e, dirigiéndome a él, le dije:

- "¡Ay! ¡Querido compañero Marcos! No os digo que mintáis, pero sí me parece omitís algún detalle”.

- “¡Está la casa como vos dijisteis estuviera! – exclamó - ¿A qué omisión os referís?

- “Decidme, Marcos – le dije - ¿Acaso os acompaña alguien en vuestro descanso cuando os asomáis a verme?”.

Púsose su rostro como alabastro e miróme fijamente.

- “Cierto es lo que decís, Marino – miró a la ventana -, e mirad soy verdadero, que siendo la hora del descanso de los pequeños, permito a vuestro hijo os vea para su disfrute e aprendizaje, así, entrambos miramos por los cristales vuestros precisos movimientos. No culpéis a vuestro hijo de tal, que fui yo mesmo, yo, quién le dije viniese a esa hora a veros. Vuestro hijo os venera, Marino, os estudia e os imita e si aprehende todo lo que hacéis y sois, será mañana otro Alacaída envidiable”.

E no sabiendo qué decir a esas palabras e no queriendo prohibirle dejase a mi hijo estar con su tío Marcos disfrutando de mis artes, con una leve sonrisa me despedí dél y bajé al salón a aclarar tal entuerto a Su Ilustrísima, más porque no se preocupase que por disculparme de yerro.

En Grazalema e a veinte y tres de noviembre del año de dos mil e siete.

22 noviembre, 2007

De un rostro en una ventana

enía del jardín entrando en el salón, cuando encontré a Su Ilustrísima con un libro en una mano y el rosario en la otra e pude observar en su mirada un tanto de enfado e otro tanto de disgusto.

“¿Acaso, Ilustrísima – espeté -, hay algo que no os place?”.

“Tal cosa no diría yo – respondióme -, que ni es disgusto ni es enfado, sino preocupación. No os dais cuenta, sobrino, de que cuando hacéis vuestros ejercicios de la esgrima en el jardín, que bien sé debéis hacerlos por mantener vuestra destreza, puede haber alguien observándoos”.

“Difícil me parece – le dije -, que andan los niños en sus liciones y el servicio en la cocina y preparando la casa”.

“Acaso – continuó -, no hayáis visto como yo la cara de Marinín pegada al cristal mirándoos y, ya lo sabéis, por un motivo que sólo Dios Nuestro Señor sabe, lo que aprehende Marinín, aprehenden sus hermanos”.

“¿Qué decís? – exclamé - ¿Marinín observando mis artes y abandonando sus clases? Tal cosa he de manifestar con disgusto a Víctor, que cuando los niños deben estar en sus estudios, no deben estar asomados a las ventanas”.

“Más me preocupa esto por el pequeño Carlitos que por Antonio – siguió leyendo -; no quisiera ver a ese pequeño usando esas artes contra sus amigos”.

“Siento deciros, Ilustrísima – me acerqué a él -, que igual que aprehenden estas artes aprehenden otras y Marinín no usaría jamás la espada contra sus amigos”.

“¡Dios os oiga! – sonrió -, que ya sabéis que fácil se aprehende lo malo e no tan fácil lo bueno”.

Subí a nuestra estancia y encontré a Marcos escribiendo.

“Ya he terminado mis ejercicios hoy – le dije - ¿Qué escribís?”.

“Un resumen hago de todo lo que llevará hacer la nueva casa – me miró sonriente – e intento calcular cuándo podríamos ya vivir allí, que estando el tiempo frío pero poco lluvioso, avanzan las obras que no parece cosa creíble”.

“¿Observáis desde aquí – preguntéle con astucia – los ejercicios que hago?”.

“¡Sin duda, compañero! – dijo con sinceridad -; me asombra vuestra destreza e paréceme espectáculo digno de ser admirado”.

Y acercándome a la ventana, vi que estaban allí aún las manchas leves de su rostro pegado al cristal.

“Quizá – me dijo -, os sea de estorbo que yo os mire”.

Me acerqué a él y abracéle fuertemente por la espalada:

“Sin mi licencia – le dije -, sabéis que podéis observarme cuanto os plazca”.

Subí luego a la buhardilla e interrumpí las liciones. Pusiéronse los niños en pié e acercóse Víctor.

“Con vos quisiera yo haber una plática – le dije -; mas no aquí. Salgamos una corta pieza a la escalera”.

“¡Sentaos! – dijo a los niños -, que vuestro padre necesita hacerme una consulta”.

Saliendo a la escalera y cerrando la puerta le pregunté si dejaba a los niños asomarse a las ventanas durante las clases y fue tal su asombro que así me respondió:

“Sabéis, excelencia, que soy recto con los niños, mas jamás en este tiempo ninguno ha osado a desobedecerme ni asomarse a ventana alguna alguno dellos ¿Ocurre algo?”.

“Creo que sí, Víctor – me eché a reír -, mas no lo que yo pensaba. Seguid vuestra labor, que no pongo en duda es excelente”.

Al abrir la puerta de la buhardilla, observé cómo los niños seguían sentados, en silencio y en lecturas.

No es difícil, pensé, que un anciano que siendo obispo no es tonto, confunda una ventana con otra.

En Grazalema e a veinte e dos de noviembre del año de dos mil e siete.

19 noviembre, 2007

De los conocimientos de mis pequeños (2/2)

a sentados con orden mis pequeños es sus mesas, se oían los comentarios de don Ignacio sobre aquella pequeña escuela lujosa que no podía imaginar en una buhardilla exclusivamente preparada para tres niños.

Tomando Víctor una buena silla, púsola delante de su mesa de maestro mirando hacia los niños e invitó al «profesor» a sentarse.

- Comience cuando lo crea necesario – le dije -, que al fondo restaremos por no interrumpirles.

- Me gustaría empezar por saber si tienen buenos conocimientos de idiomas – me dijo -; les haré unas pruebas de inglés: This is a hat and that’s an umbrella. A ver, Marino, traduzca.

Pero Marinín, más astuto e más talentoso que aquel hombre, miróme pidiendo antes excusas e púsose a hablar conmigo en perfecto inglés preguntándome si estaba obligado a traducir tan tonta frase. Y en perfecto inglés le dije que hiciese todo aquello que don Ignacio le pidiese.

- ¡Bien, bien! – dijo visiblemente nervioso el profesor -; veo que es muy posible que sea su lengua materna.

- En ningún caso, don Ignacio – apunté -, que olvidáis en qué escuela han estudiado antes.

- ¡Cierto! – dijo llevándose la mano a la cabeza -; demos por pasada la prueba pues. Pasaremos al cálculo… ¿No hay papel donde escribir?

Di órdenes a Carlitos de que se levantase e tomase sus tres cuadernos de los anaqueles y hasta tres plumas.

- Con lápiz y goma para borrar los errores lo preferiría yo – advirtió don Ignacio -, que no me parecen correctos los tachones.

Y viendo que «el profesor» ignoraba ciertos conocimientos de mis niños, hice unas señas a Víctor y le entregó éste una pequeña máquina calculadora.

- Cerrad los cuadernos, chicos – les ordenó Víctor -, e poneos en pié cuando os pregunte don Ignacio dándole la respuesta.

Don Ignacio, un tanto confundido, le preguntó a Víctor qué clase de prueba debería hacerles y Víctor, con naturalidad e amabilidad, le dijo que preguntase de viva voz a los niños el resultado de cualquiera operación e, que si le era dificultoso comprobar si era correcto, lo hiciese con la pequeña máquina. Me pareció no creyó «el profesor» lo que le decía Víctor e le temblaban las manos, mas empezó una ronda sencilla. Llamó primero a Marinín y le pidió le diese el resultado de la suma de dos sencillos números, e viendo la respuesta era correcta, hizo lo mismo con Antonio, que respondió con certeza. Pidió una respuesta aún más fácil a Carlitos e recibió la respuesta correcta.

- ¿Qué otra cosa puedo hacer? – preguntó don Ignacio a Víctor - ¡No voy a pedirles hagan sumas complejas en la memoria!

- No, señor – le respondió con naturalidad Víctor -; podéis preguntar el resultado de alguna multiplicación o división… de momento. Dejad raíces cuadradas e cálculos complejos para más tarde.

Pudimos ver con claridad cómo enrojecía la faz de aquel hombre, que sin darse cuenta, cruzó las piernas sentándose inadecuadamente.

Hizo levantarse a Marinín con su orgullo herido e quiso dejarlo en ridículo pidiéndole la solución a una suma de hasta seis cifras, pero la respuesta de Marinín fue tan rápida, que quiso ver la solución en la máquina, pero no recordaba ya entonces las cifras que había mencionado y quedóse pasmado. Fue entonces cuando Marinín, con toda corrección, le dijo las dos cantidades a sumar (lentamente) y el resultado de la tal suma. Asustado de tal actitud, no preguntó a Antonio (que sabía era el de más edad), sino que preguntó a Carlitos el resultado de una suma tan complicada como el que pidió a Marinín, mas tuvo la precaución de ir apuntando las cantidades en la maquinita. Terminada la pregunta, dio Carlitos la respuesta y púsose don Ignacio en pie como empujado por un resorte.

-¡Vive Dios – exclamó -, que jamás antes había visto ni oído cosa igual!

- Hagamos otra prueba, don Ignacio – dijo con amabilidad el maestro Víctor -, e no os sintáis incómodo por lo que veis, que tenéis ante vos a unos niños a los que tengo que preguntar a veces algunas cosas. ¡Carlitos! Toma unos folios de aquella mesa. No los cuentes y que sean bastantes.

Fue Carlitos obediente a por los folios, los tomó casi sin mirarlos y los puso en las manos de don Ignacio.

- Veamos, Antonio – dijo Víctor con gravedad -, decidle a don Ignacio cuántos folios tiene en sus manos.

Y levantándose con respeto, le dijo que había trescientos y doce.

No podía don Ignacio ponerse a contar tal cantidad de papel si no quería tenernos allí esperando más de un cuarto de una hora. Tomó los folios y los puso detrás, en la mesa.

- En verdad, en verdad – espetó -, he de deciros que nunca he visto cosa igual.

Mas, en su inocencia (que reñida no está con los conocimientos), preguntó Carlitos que si no serían examinados de latines.

- ¿De latines? – exclamó don Ignacio mirándolo asustado -.

Y volviéndose el pequeño a su maestro, le preguntó en perfecto latín por qué no quería don Ignacio examinarles.

Dirigióse a mí don Ignacio asustado y, haciéndome una exagerada reverencia, comenzó a hablar:

- He de felicitaros y agradeceros lo que hacéis por estos niños, excelencia. Confiésome torpe e inútil ante ellos e no os quepa la menor duda de que, terminado el curso y sin examinar, todos ellos tendrán una nota sobresaliente académica que llegará a las manos que deben llegar. Agora, tras pediros mis más sinceras excusas, quisiera yo retirarme.

- No nos hagáis tal, profesor – exclamé -, que han los niños ilusión de tostar unas castañas en la chimenea e tendréis la oportunidad de hablar con ellos de cualquiera otra cosa que os interese saber. Invitado quedáis.

- Me sorprende vuestra cultura – dijo -, vuestra amabilidad e vuestra hospitalidad e tal cosa no me permite rechazar vuestra invitación. Detrás de vos, excelencia.

En Grazalema e a diez y nueve de noviembre del año de dos mil e siete.

De los conocimientos de mis pequeños (1/2)

asaban los días sin novedades que narrar en este mi diario. Mis niños estudiaban sus clases por la mañana y dedicábanse a sus juegos y labores por las tardes y Su Ilustrísima y yo, ya la chimenea encendida por el frío que se nos venía, habíamos largas pláticas e lecturas e latines. Aprovechábase el tiempo como Dios nos lo manda e modificábanse ciertas partes de la casa y su mobiliario.

Mas esta mesma tarde, llamaron con fuerza a la puerta e corrió Cayetano a abrir – que algo urgente parecía – encontrándose con el maestro de la escuela del pueblo. Hízolo pasar hacia el salón e levantámosnos a recibillo:

- Presentación creo no es necesaria – dijo Su Ilustrísima -, que bien nos conocemos todos de asistir a la Santa Misa.

- Sin duda, Monseñor – respondióle -, que varias veces he confesado con vuesa merced.

- No quisiera yo corregir al maestro – le dije -, mas preferiría tratase a don Juan como Ilustrísima.

- Corrección – dijo el maestro – que me parece pertinente, señor.

- Tampoco quisiera yo ser impertinente, maestro – espetó Su Ilustrísima -, pero creo más apropiado tratase vuesa merced al «señor» como «excelencia», que es uso de tal tratamiento de cortesía cuando se habla con un marqués.

- Así será pues – dijo grave -, mas quisiera yo aclararles también que no soy maestro, sino profesor.

- Aclarados pues tanto título y tratamiento – dije -, dejad el abrigo a Cayetano e sentaos aquí cerca del fuego, que vendrán pronto los niños a asar unas castañas e habremos de catallas con un buen licor.

- De tales niños, sus hijos, excelencia – pisóme al sentarse -, quería yo hacerle algún comentario, pues bien sabe Su Excelencia que hoy en día es obligatoria la enseñanza e, viendo que sus hijos no aparecen por la escuela, me atrevería a pedirle les hiciese un breve examen por saber qué materias conocen.

Su Ilustrísima hubo de taparse la boca y toser por disimular lo que veíase venir.

- Habría – continuó – la necesidad de llevarlos a la escuela la mañana que más le fuese conveniente para tal examen.

- Antes de examinarlos, señor «profesor» - le dije con cierta pompa -, quisiera supiese han pasado ya examen en las escuelas sevillanas de Highland, una de las más severas y bien reconocidas en España.

- Bien deben entonces haber aprendido las materias destos últimos cursos – espetó -, que no hay allí alumno que pase con menos de un notable al siguiente curso.

- Y habiendo su propia aula en la buhardilla desta su casa, señor «profesor» - insistí con cierta sorna -, preferiría viniese vuesa merced el día que le plazca o pueda hacerlo, que me interesaría a mí mesmo e a su maestro, don Víctor, saber hasta dónde llegan sus conocimientos.

- No es costumbre que el profesor vaya a la casa del alumno – dijo éste -, mas si así os parece oportuno, esta mesma tarde, incluso, les haría un breve examen e, a la vista de los resultados, podría yo darles una clasificación oficial en la escuela.

- Problema alguno veo en eso – le dije -, que he de llamarlos agora para que vengan a vuestra presencia ¡Cayetano!

Advertí a Cayetano subiese a buscar tanto a los niños como a Víctor, que todos deberían conocerse, e les dijese bajasen con orden e repasando su ropa e cabellos, a conocer al «profesor» del pueblo.

Bajaron al poco los tres niños de espacio e con orden por las escaleras seguidos de su maestro e paráronse al acercarse a nosotros. Levantámosnos todos por recebilles e dije en voz alta e clara:

- Don Víctor. Niños. Este señor que está aquí con nosotros no es otro sino el «profesor» de las escuelas de Grazalema.

- Ya le conocemos, papá – dijo Antonio -, aunque a sus clases nunca hemos ido.

- Es mi nombre don Ignacio – dijo -, que con las presentaciones no he dado a conocer.

- Agora – le dije a los niños con tono cariñoso -, el «profesor» os pasará examen para haber conocimiento de las enseñanzas que ya habéis recebido. E, para ello, seguiremos a don Víctor hasta vuestra aula en la buhardilla. Dióse Víctor la vuelta tras una pequeña reverencia (más cómica que de cortesía) e todos le seguimos por las escaleras mientras Su Ilustrísima, sin separarse de la chimenea, nos advertía que seguiría allí sentado.

20 octubre, 2007

De cómo se pondría la reja en la Fuentefría

esayunábamos de contento antes de acometer las tareas de cada uno, cuando me pidió Su Ilustrísima dijese a todos el trazado que sobre la reja de la fuente se había hecho.

“Bien sabéis que no acostumbro a hablar mucho mientras yantamos – le dije -, pero ya que me lo pedís e sabiendo que luego los pequeños irán a sus estudios, he de manifestar mi contento por traer a Grazalema la reja forjada que una vez estuviese cerrando la Fuentefría. Siempre estará abierta, que no deseo quitar a las gentes el placer de beber esas aguas. Sépalo el servicio también, que hoy mesmo hablaré con la señora Alcaldesa para pedir licencia”.

“¿Tenía la fuente una reja que la cerraba, papá? – preguntó Antonio -, pues nunca he oído decir tal cosa”.

“No hay papel ni dibujo de cómo estaba – le dije – pero yo víla e disfrutéla como quiero se haga agora por todos. El agua que usaremos en la nueva casa será desa fuente e, robándole a Su Majestad el Emperador don Carlos V una idea para calentar su pequeño palacio de Yuste, habrá una caldera que caliente una parte del agua para la cocina, el aseo e mantener la casa templada todo el invierno, que ya sabéis hace frío a estas alturas”.

E díles una idea de cómo el agua caliente recorrería unos tubos que calentarían la casa completa sin haber chimenea e, por no tirar el agua caliente que la mantendría templada, volvería a pasar por la caldera e de allí otra vez a la casa.

Y en acabando el refectorio, sentáronse Su Ilustrísima e Marcos en el salón e fui yo al Ayuntamiento donde fui recebido con honores e pasé a haber unas pláticas con la señora Alcaldesa.

“Como grazalemeña y agora Alcaldesa desta villa, bien conozco su historia – dijo – e mucho he leído, mas, si he ser verdadera, aún sabiendo algo sobre aquella pequeña aldea de Fuentefría, nada sé de tal reja, sino que el cauce del pequeño Riofrío, que de tan fuente manaba, secóse al hacer la fuente”.

“Ningún documento tengo yo, señora – le aclaré -, ni escrito ni dibujado, donde pueda saberse cómo estaba la tal reja, mas, habiendo vivido yo aquellos años, recuerdo una escalera con peldaños de losa irregulares que subían desde mi casa (la antigüa) hasta la fuente. E sé también hizo mi padre algunos artilugios que con el agua entraban en acción, así, calentaba la casa con agua caliente de la fuente e no con chimenea e pasaba el agua por canales cerrados hasta la casa para que no se helase el agua y, rodeando este canal, había otro que llevaba agua caliente e volvía fría a la casa hasta la caldera”.

“Debió ser vuestro padre hombre de grandes conocimientos – espetó -, que aún hoy en día no se hace tal cosa e las aguas son aprovechadas una e otra vez hasta que la consumimos”.

“Pues la venia le pediría para poner la auténtica reja – que en Ronda se halla a buen recaudo – en el mesmo sitio donde estuvo; mas abierta siempre, que no quiero quitar el placer e la necesidad desas aguas a las gentes”.

“Presentadme proyecto de lo que se hará – dijo con amabilidad – e puedo aseguraros esa reja original volverá a su sitio”.

En Grazalema e a veinte de octubre del año de dos mil e siete.

19 octubre, 2007

Del orden y el desorden

alí esta mañana a hacer algunas compras sin decir en la casa nada dello. Al volver, cargado de bultos, abrióme Cayetano e alivióme del peso.

“¿Dónde queréis os deje estas cosas, excelencia? – preguntó -, que no sabiendo si son de escritorio o de trabajo o de ocio, debería ponerlas en sitio distinto”.

“Pónganse en mi bufete por el momento – le dije -, que no son de trabajo como decís. Prepararemos una pequeña estancia como laboratorio, pues son herramientas para mi alquimia e nunca he tenido lugar dedicado a esa labor”.

“¿Preparáis ya la ponzoña para los traidores? – preguntó sin dejar su lectura Su Ilustrísima -, ¿o acaso yerro e pensáis en preparar mejunjes para los males corrientes de la casa?”.

“Acaso, Ilustrísima – le dije -, sean para entrambas cosas, mas he de preparar «mejunjes» como vos decís e no me gusta usar los utensilios de la cocina. Un temazcal nuevo tendremos e habrá que preparar remedios para cualquiera tipo de mal; aunque sea un esguince”.

E subiendo luego a ver qué hacían los pequeños, quedé asombrado, pues recogía Antonio todos los juguetes; los suyos e los de sus hermanos.

“Si habéis jugado los tres –preguntéle con astucia -, ¿por qué recogéis vos solo? ¿Acaso vuestros hermanos no han usado también tales juguetes?”.

“Sin duda, papá – contestóme sin dejar de hacer su labor -, mas ¿qué importancia tiene recoger sólo lo mío? Si eso hiciera, quedaría la estancia aún desordenada con los juguetes de mis hermanos. Lo que hago no es recoger mis juguetes, sino ordenar la habitación. Algún otro día, hará esto Marinín, que aún Carlitos es pequeño e no queremos desordene en vez de ordenar”.

“Quiero bajéis a mi bufete – le dije -, el día que yo os diga, e me ayudéis a ordenar ciertas compras que he hecho”.

“En eso, papá – me dijo sonriendo -, considérome experto. Contad pues con mi ayuda, que no sólo ordeno lo que para jugar nos sirve, sino que quisiera seros de un ayuda para vuestros menesteres”.

E mirándole con cariño e admiración, agachéme e besélo:

“Nadie en esta casa puede condenarse por su pereza”.

En Grazalema e a diez y nueve de octubre del año de dos mil e siete.

18 octubre, 2007

De la venida inesperada de Su Ilustrísima

ún era temprano, pues acabábamos el desayuno e no habían comenzado los niños sus clases, cuando tocaron a la puerta e fue con presteza Cayetano a abrir. Apareció la figura egregia que ninguno de nosotros desconocíamos:

“¡Regalos traigo para todos! ¡Buenos días nos dé Dios! – saludó en entrando a la casa Su Ilustrísima –, que también viene alguna cosilla para el neonato e sus padres”.

Levantáronse los niños de la mesa e corrieron a la puerta sin pedir la venia, que en llegando su tío Juan, sabían llegaban presentes e parabienes. Fuimos Marcos, Víctor e yo también a recebirle e preguntámosle si ya había desayunado e, aún diciendo que ya había tomado algún bocado tras la misa, no despreció un desayuno de María y Ramón.

“La tentación vive en esta casa – dijo -, pues me atrae como imán y dejo mi empresa en Ronda. Estos tres pequeñuelos me hacen pecar, que sólo a los santos se les venera ¡Venid, pequeños, venid! Mirad lo que trae tío Juan para vuesas mercedes e para María e Cayetano y el nuevo Marino desta casa”.

E púsose a abrir una bolsa e sacó muchos bultos en papeles envueltos de colores.

“Tráeme como siempre el deseo de vuestra compaña – dijo – e una idea que ronda mi cabeza e quisiera yo saber si mi sobrino el Capitán la cree de razón”.

“Hablad, Ilustrísima – le dije -, que ya sabéis en esta casa no sólo se os oye, sino que se os escucha e atiende con respeto”.

“Desearía primero – espetó – felicitar a Ramón e a María por este desayuno, que no es que en casa los desayunos no sean provechosos e una delicia, sino que son éstos como los que nunca he probado en mi vida e, luego, pasaríamos al salón e os diría lo pensado, que, según me dice mi razón, puede ser una idea que os agrade”.

E vino el servicio todo a saludarle e agradecerle su cumplido, les dijo unas palabras que todos oímos con atención e hablé yo:

“Dé buen cumplimiento a esos manjares con calma, que es como debe hacerse, e luego pasaremos al salón a las pláticas”.

E dije a Víctor llevase ya a los niños a su sala a sus estudios e todos querían saber la idea de Su Ilustrísima, mas insistí yo en que se sabría por todos, llevárase a cabo o no.

Así pues, al limpiar con delicadeza sus labios como los limpia en la misa, puso la servilleta en la mesa e nos fuimos al salón. Allí se nos sirvió una copa de licor de guindas e comenzó el Ilustre a hablar:

“Quiero – dijo -, no habiendo ya cripta en el sótano de mi casa, cerrar la puerta que le da entrada a las escaleras y cubrir todo aquello con una gruesa pared. Así, pensé que la puerta de madera que da paso a las escaleras podría servir para la nueva casa. Si no es tal, hay un buen hombre en Ronda que sabe el valor que tiene esta puerta e daríasela yo como agradecimiento a favores pasados. Mas no quisiera olvidar que quedaría allí olvidada la reja forjada que estuvo otrora, hace muchos años, en la fuente que tendréis dentro de poco muy cerca. Tal vez, pienso yo, no sería estorbo para el Ayuntamiento de Grazalema se pusiese allí la reja que un día allí estuvo; aunque abierta al público, está claro”.

E quedé mirándole estupendo e muy contento e le dije:

“Mejor idea que esa no podías traernos, tío Juan (creo que era la primera vez que le llamaba así), que tendría la fuente su adorno e su sello en hierro e quedaría por encima de la casa y el lugar donde una vez viví”.

“Cuando vuelva a Ronda este domingo – me respondió -, he de ordenar a los obreros desmonten la reja e la traigan ¿Qué haríamos con la puerta?”.

“Si donándola a hombre que os ha concedido mercedes – le dije -, le favorecéis, dádsela, que aún siendo puerta de siglos, pueden construirse agora. Donadla”.

En Grazalema e a diez y ocho de octubre del año de dos mil e siete.

14 octubre, 2007

PRÓLOGO

sí como pensaba hace sólo pocos días que dejaría de escribir éste mi diario, algunas cosas que me han venido a la cabeza, unos razonamientos e algún hecho más, han cambiado mi idea. Acaso sea esta una parte más corta; acaso sea más larga. ¿Quí lo sá?

Los abandonados almacenes que quedaban agora por debajo de la Fuentefría e pertenecían al Ayuntamiento, me fueron cedidos por adecentar yo mesmo aquella parte abandonada. E quedó un trozo grande de tierra limpia entre las rocas e los árboles e, viendo esto el Ayuntamiento, quedó tan satisfecho que decidió podía comprar todo aquello. Desta forma, volvía a tener bajo mis pies la tierra que un día me vio vivir muchos años. Construiría allí una buena e cómoda casa con huerto hacia un lado e jardín hacia el otro e, en la parte no visible desde la carretera – donde está la fuente -, se construiría un temazcal mucho mejor que el del jardín de la casa del pueblo. Los niños eran felices sólo de saber que aquello estaba comenzando a ser una empresa para todos.

Cuando se acercó un día María a mí con su pequeño – que ya no era tan pequeño -, quedé estupendo y quedo mirándole, pues cada día que pasaba, era su rostro más parecido al de Marinín e al mío. Los hechos acaescidos en Sevilla en los últimos días, me hicieron pensar en volver a Grazalema durante un tiempo e Marcos encontró al maestro, Víctor, que aún sigue rogando la merced del perdón – sobre todo a Su Ilustrísima, que estaba en Ronda aquellos días – e yo dándosela. Quería yo un día el pequeño de María estudiase así con este joven maestro, que me aseguraba había estado todo el tiempo estudiando mucho más para enseñar a mis hijos. Por cierto, aquellos hechos de Sevilla cambiaron también algo del niño de María: su nombre; pues siendo bautizado en Grazalema, púsole Su Ilustrísima Marino de Santa María.

E acabando con los motivos que me hacen seguir narrando estos días, he de decir que recibí una llamada extraña, pues pensé me daba aviso el inspector De Lema, mas sorprendióme era el inspector leonés:

“Soy yo, excelencia – me dijo -, no el sevillano; que he oído de una purga de bastantes ratas, por lo cual le felicito”.

“Mucho habría que hablar desos acontecimientos, inspector – contestéle muy quedo -, que ha podido demostrarse que no fui yo quien dio el debido cumplimiento a esos roedores”.

“Vos fuisteis, sin duda, excelencia – rió -, que no hay hombre que sepa trazados tan perfectos, o casi perfectos, como vos; sed verdadero”.

“Lo soy, inspector, lo soy – continué – e tan perfecto (como decís) no fue el resultado, pues dizque una de las ratas sigue viva”.

“Lo dicen y bien cierto es, excelencia – dijo grave -, que escapó de la alcantarilla el roedor más peligroso e no tiene ese que moverse mucho para «parir» un ejército”.

“¿Qué decís? – alcé mi voz e temblé - ¿El más peligroso vivo?”.

“Así lo oís, así es, excelencia – dijo con calma -, e tan peligroso es, que no habiendo habido lugar a dar él mesmo las órdenes, con una rata tan peligrosa os encontraréis un día, que necesitaréis ayuda mas, conociendo yo muy bien a tal roedor, en Grazalema he decidido vivir si no os es estorbo. Tomaré así unos días de solaz e os seré de ayuda para ponerle la trampa”.

“¿Vos aquí? – preguntéle incrédulo -; es éste lugar tranquilo e muy bello, mas lejano de vuestra tierra”.

“Tal no me importa – concluyó -, que mi jefe me paga todos los gastos para acabar en una vez con ese nido”.

“En casa tendréis lugar para vos, vuestra esposa e vuestros hijos – le dije con premura -; no os quiero viviendo en mala casa arrendada o en hostal, sino con nosotros”.

“Merced que acepto con mis respetos, excelencia – dijo antes de colgar -, mas solo iré no por mantener salva mi familia, sino por órdenes superiores. En una llamada pronta os diré cuando he de llegar al pueblo. Decidme vuestro domicilio”.

Le dije cómo llegar al pueblo (ya lo sabía) e cómo debería subir por la Calle del doctor Mateos Gago hasta que se acabase la inclinación. Todos le esperaríamos en la puerta.

Así, nos preparamos para la espera que, además de la venida deste gran hombre, queríamos ver presto la nueva Casa de la Fuentefría construida para habitarla.

En Grazalema e a catorce de octubre del año de dos mil e siete.

PARTE DÉCIMO-PRIMERA

De la nueva camada

10 octubre, 2007

Epílogo – Parte final

n saliendo al salón como dos adultos que acaban de despachar, encontramos allí sentado a Su Ilustrísima en sus lecturas e sentéme en el sillón frontero.

“¿Dónde están Marcos e los niños? – preguntéle -: la hora de la cena es pronta”.

“Así, han subido al aseo – contestóme -, que mucho han jugado esta tarde en el jardín y necesitan un repaso antes de tocar el pan”.

Quedó pensativo una corta pieza, soltó el libro en la mesa (La violencia perpetua) y, mirándome por encima de sus lentes, sonrióme:

“Así me gustan a mí un padre e un hijo – espetó -, que hablan cuantas horas sean necesarias en confidencia para aclarar cualquier asunto. Mucho habéis enseñado, sobrino, a este pequeño, e mucho más creo le enseñaréis para la convivencia a partir de agora”.

“Dudo de eso Ilustrísima – le dije riendo -, que este zagal puede enseñarme más de lo que sé e, atreveríame yo, con todos mis respetos, a deciros que también a vuesa merced podría enseñarle cosas”.

“Me asombra e me gusta – aclaróme – que, estando sus hermanos a su lado, tomen dél lo mejor; aunque no sabría deciros si tiene algo malo en su interior”.

“Todos, Ilustrísima, todos – le dije con seguridad -, llevamos dentro una semilla del bien y otra del mal. Entrambas crecen durante la vida; una más e otra menos. No, no es como decís eso de que en las Sagradas Escrituras no se dice más que la ley y no se nombra el castigo, que muchos ejemplos hay de castigos crueles ¿Olvidáis acaso las amenazas e plagas que nombra la Biblia en la vida de Moisés? Sólo con aquellas amenazas, e cumpliéndolas, consiguió salvar a su pueblo de la esclavitud. No me diréis pues que Moisés fue un asesino; sencillamente vivió unos tiempos menos hipócritas que estos, donde todos escriben demasiadas leyes e no cumple ninguna”.

E mirando al pequeño y sonriéndole, dijo:

“¡Venid, ángel mío, venid! Sentaos aquí conmigo una pieza en tanto bajan vuestros hermanos”.

E corriendo sonriente Marinín hacia su tío Juan, tomó su pectoral e lo besó por ambas partes sentándose luego en su regazo e oyendo las palabras del Ilustre:

“Ángel, ángel mío e pronto ángel de la humanidad; lleno de bondad e de belleza de espíritu. Sé que jamás haréis mal a nadie e cumpliréis las leyes de Dios e de los hombres”.

Terminóse de escribir esta Décima Parte en Grazalema y el día décimo de octubre del año de dos mil e siete.

09 octubre, 2007

Epílogo – Parte cuarta

o faltaba mucho tiempo para la cena cuando Marinín e yo volvimos al bufete.

“Hijo – le tomé el rostro e le miré de cerca -, veo ya con claridad de día habéis sido vos quien ha salido de la casa a escondidas y ha puesto algo en la sopa de los traidores, mas no sé qué podéis haber puesto ni cómo lo habéis hecho”.

“Os diré, papá – manifestó su trazado -, que pido a Valeriano muchos días pare para ir un momento al campo. Desta forma, tengo plantas de las que se habla en el libro en blanco”.

“Pienso son todos – le dije – remedios curativos”.

“No habéis de dudarlo, papá – le dije -; todo lo he leído y está en mi memoria. Mas uno de los remedios cura algo que para nosotros no es cura alguna. Este remedio es llamado «la bola del sueño» e no hace sino dormir al enfermo poco a poco e sin sufrimiento alguno cuando su vida está a punto de terminar sin remedio con mucho dolor. Hice hasta cincuenta bolitas del sueño, mas las deshice todas juntas e puse los polvos en una bolsita. No fue dificultoso llegar al lugar, pues bajando la calle hacia la catedral, dijéronme cómo llegar a la Calle de la Sierpes y entré en aquel lugar hasta encontrar las cocinas antes de prepararse la cena. Pusieron dos cocineros la olla en el suelo para batir fuertemente con una máquina la crema e, desde debajo de una mesa, allí puse los polvos e los removí con una pala. Preparada la crema, aproveché un momento de soledad en la cocina e salí con sigilo a la calle. E luego corrí otra vez hasta la casa, abrí la cochera, entré por la puerta de los sótanos e subí a obscuras hasta arriba”.

“Pienso pueden los médicos saber – le dije – qué veneno les ha matado”.

“Ya deben saberlo, papá – me dijo seguro -, pero deben saber agora quién lo puso allí. ¡De nuestra casa no salió nadie!”.

“Aclarado el asunto – le dije golpeando la mesa e besándolo -; tomemos la cena agora”.

Epílogo – Parte tercera

ejamos las pláticas para más tarde. Marcos me notó extraño e quiso saber lo que acontecía, pero hice una promesa que iba a llevar siempre a cabo, aunque mi vida durase aún otros quinientos años.

Al llegar el atardecer, volvimos Marinín y yo al bufete e le di órdenes de manifestarse de espacio, sin precipitarse por un barranco de ideas y palabras que me arrastrase tras de sí. Pidió la venia para continuar e se la di con temor. Comenzó a hablar.

“Papá – me dijo -, ya sabéis que la casa de Sevilla es segura, pero, aunque ningún intruso pueda entrar si no sabe estos misterios, cualquiera de la casa podría salir y entrar sin que nadie hubiese conocimiento dello. Basta tener la llave de la oscura escalera, abrirla e agacharse, entrar e cerrar. Debe bajarse a obscuras e con cuidado de no poner las manos en la pared, pues podría encenderse la luz sin intención e seríamos capturados. Resbalando por los escalones, deben bajarse las tres plantas hasta llegar al lugar donde están las dos puertas de salida. No saldría yo al portal, pues sólo podría volver a subir en el ascensor a cualquier planta o abrir la puerta de la calle. Eso memorizaría también nuestras imágenes. Salgamos pues por la puerta que da a las cocheras. Nadie sabe que esa puerta lleva a los sótanos”.

“Queréis decir que puede bajarse hasta las cocheras sin ser visto por ese… «sistema de seguridad», mas… ¿cómo se saldría luego a la calle?”.

“Hay en esa casa hasta cuatro pequeños artilugios que bien conocéis. Son esas pequeñas cajitas con un botón. Pulsando el botón apuntando a la puerta de la cochera, se abre ésta. Cada coche – el de tío Marcos y el de Valeriano – tiene dos cajitas destas. Tomando una, es suficiente”.

“Queda demostrado, hijo – le dije -, que amén de ser un portento, alguien pudo salir de la casa mas… tendría luego que entrar”.

“De la mesma forma, papá – me dijo con entusiasmo -; tómase la cajita y ábrese la puerta de la cochera como si en coche fuésemos a entrar. Abrimos la puerta de los sótanos sin ser visto por otro vecino e, agachados por los suelos, subiríamos las tres plantas. Abriendo la puerta de arriba e volviéndola a cerrar, se habrá entrado en la casa sin riesgos”.

Quedéme pensativo una pieza en mirando sus bellos ojos e su dulzura e, sonriendo, le dije:

“Salisteis vos, ¿yerro?”.

“Yo salí, padre mío”.

Levantóse e vino hasta mí e se sentó en mi regazo. Razonar, visto como Marinín lo ve, no es cosa dificultosa, mas no quería pensar que fue él mesmo el que pudo quitar la vida a esos cincuenta indeseables.

“Tiene la casa otro defecto”.

“¿Otro defecto decís? – suspiré con ahogo -; muy buenos dineros he pagado por ella”.

“Pues, con perdón, papá – me dijo cabizbajo -, cagando pude oír dónde cenarían e a qué hora”.

Me reí sin poder dejar de dar grandes carcajadas e le miré casi asustado. Me miraba sonriente.

“Junto a vuestro bufete hay un aseo pequeño para los visitantes. Jugábamos y sentí el vientre moverse e creí me cagaba en los pantalones, así, entré allí y me senté un rato. Ya sabéis tardo en…”.

“¿Me decís que mientras evacuabais oíais lo que hablábamos? – preguntéle sin creerlo -. Una casa que tiene cristales como muros…”.

“El inspector dijo el sábado – confesó - que la cena era en el Círculo Mercantil de la Calle de la Sierpes e a las ocho y media. No quería veros seguir arriesgando vuestra vida por las nuestras”.

“Descansemos, que como a Su Ilustrísima le pasa, me pasa a mí, que necesito un bocado a estas horas”.

Epílogo – Parte segunda

ueron los niños a la escuela en la mañana e volvieron de contento, pues sabían ya estaba todo preparado para ir al pueblo.

“Almorcemos todos – les dije -, que volveremos a Grazalema tras una pieza de descanso. Os narraré en el camino todo el trazado que para vosotros tengo e ha de gustaros. Su Ilustrísima lo cree apropiado”.

E viendo Marinín que había más novedades e no sabiendo cuáles eran, quiso venir a mi lado en el coche e me narró muchas cosas e me pidió hubiéramos unas pláticas antes del descanso de la noche.

“Así lo haremos si así lo deseáis – le dije -, que parece llegado el momento de hablar más e de luchar menos”.

Quiso Su Ilustrísima restar con nosotros en Grazalema hasta el domingo por la noche e quedaron los mayores en tertulia en el salón. Marinín e yo entramos en el bufete e nos sentamos formalmente.

“No sabe vuesa merced, papá – comenzó -, que en este mundo de agora no todo es lo que parece. ¿Os ha mostrado alguien los cincuenta cadáveres de Sevilla o el informe de los médicos forenses?”.

Tal comienzo de sus razonamientos me hicieron estremecer.

“¡No, no! – continuó -, el que no tiene seguridad de que esas muertes hayan sido verdaderas, sois vos, papá. Yo sí la tengo”.

“¿Y cómo tenéis tal seguridad? – preguntéle con intriga -, que tampoco vos habéis visto los cadáveres ni informe alguno de médico”.

“Prometedme que lo hablado agora, aquí, en esta sala, nadie lo sabrá sino vos”.

Volví a estremecerme e hice una promesa verdadera.

“Subir e bajar en el ascensor es muy cómodo – prosiguió - ¿No es esto cierto? Pero si el ascensor no sube o no baja y hay que abandonar la casa, debe haber una escalera; una escalera para emergencias. Bajasteis a los sótanos a por la caja roja usando el ascensor, mas no visteis había en la casa una escalera para subir e bajar. Esta escalera baja desde la salita del gabinete, mas también necesita ser segura. Cuando entramos en el ascensor, la cámara que toma nuestras imágenes enciende una pequeña luz roja: está tomando imágenes. Cuando encendemos la luz de las ocultas escaleras, se encienden también estas pequeñas luces rojas”.

“Vive Dios que no sé a do vais – exclamé asustado – pero bien sé vais a un lugar que me asusta”.

“No debéis asustaros, papá – dijo con natural -, que he descubierto cosas e aprender es siempre bueno. Pude abrir un día la puerta de la salita con la llave descuidada del bolsillo de Cayetano e, al encender la luz para ver, vi se encendía también la pequeña luz roja cerca del techo. Las imágenes de los intrusos, si conseguían éstos subir por tal escalera, se guardaban al encender la luz. El… «sistema» era muy seguro. Vos bajasteis a los sótanos en el ascensor, cruzasteis el portal e abristeis la fuerte portezuela que hasta las catacumbas dan paso, mas no visteis la escalera que subía. Tiene ésta una puerta arriba que da a la casa e dos abajo; la que da al portal e otra en la pared frontera que sale a la cochera”.

“¡Callad, por Dios! – le dije -; vuestro camino me pierde”.

“Esto os manifiesto para terminar – continuó terco -, pues si no se enciende la luz de la escalera, alguien puede bajar hasta el portal, mas si abre la puerta de la calle, quedarán guardadas sus imágenes, pero en abriendo la puerta de la cochera, cualquiera puede salir de la casa sin ser visto”.

Sentíme tan mal que me levanté con enojo:

“¡Os he dicho paréis de hablar! – le grité -; no es que no quiera saber lo que vais a decirme, sino que si seguís razonando desa forma, dejaré yo de razonar. Descansemos una pieza”.

08 octubre, 2007

Epílogo – Parte primera

irando al dosel de la cama estábamos Marcos e yo e hablábamos de nuestro futuro.

“¿Qué haréis agora, Marino? – preguntóme Marcos -. Si dejáis vuestra luenga lucha vais a tener mucho tiempo para facer otras cosas”.

“Quizá así sea – contestéle -, he de educar a unos niños e compartir mi vida con vos. Acaso preparase también un huerto en Grazalema; con animales. A los niños les gustará aprender todo sobre las plantas e sobre las criaturas a las que no creemos inteligentes. Digamos que, como en estas épocas todos están sumergidos entre máquinas e violencia, haría lo que suele hacerse agora: jubilarme, que más de los sesenta e cinco tengo ya de sobra”.

“Pero, si nos vamos a vivir al campo, Marino, ¿quién enseñará y examinará a los niños?”.

“Buscad al maestro, a Víctor; buscadlo e decidle sabemos que no piensa que esta sea casa de rosarios e incultura. Volverá. Yo mesmo hablaré con don Julio luego, pues sabe éste que Marinín e Antonio podrían ya examinar con mozos mucho mayores que ellos e quedarían los primeros. Mañana mesmo, viernes, partiremos al pueblo e buscaremos tierras e todo lo demás”.

“¿E qué haréis con este palacete?”

“Es demasiado seguro – reí -; tanto sistema de seguridad me hace sentirme no en Sevilla, sino en una prisión de barrotes de oro”.

“Así haré lo que pensáis – me dijo -, que tampoco despláceme eso de vivir en el campo”.

“Sí, sí, Marcos – volví a reír -, mas tendremos una casa con todo lo nuevo que hay. No quiero niños que no conozcan el mundo e la época en la que viven”.

Rió entonces Marcos, me besó e me dio las buenas noches, mas, cuando ya íbamos a dormir, volvióse a hacia mí e dijo:

“Al cabo, Capitán, volveréis a vuestra lucha… mas conmigo”.

07 octubre, 2007

De los cambios venideros en nuestras vidas

entados en el gabinete en lecturas Marcos e yo, noté me observaba a menudo e con curiosidad.

“¿Tengo algo raro? – preguntéle - ¿Me veis enfermo?”.

“No tal, Marino – me sonrió -, sino que pienso en que la casa tiene un sistema para que nadie pueda entrar sin permiso; entra la guardia, tengo que dar aviso de intruso y en vez de pulsar el botón escondido bajo la mesa, llamo por teléfono a la guardia que vigila el servicio. Esos errores no nos van a costar la vida, mas sí alzó la voz el guardia que contestó, pues dando yo al botón, son ellos los que llaman e, sin decir otra palabra, debe decírsele la clave. Me sorprendió que el guardia notase algo sucedía, me reprimió e me dijo enviaría a su guardia. Absurdo me parece que tenga que avisar a una guardia por vernos atrapados por la guardia, aunque fuese la traidora”.

“¿Y es seguro – preguntéle -, ha quedado demostrado que nadie de aquí ha hecho tal cosa?”.

“Es seguro, Marino – me dijo -; esos sistemas no fallan; aunque nos quedemos sin luz. Sólo el ascensor no funciona, mas no se para ni la luz ni el sistema de seguridad”.

“Pues alguien – le dije – nos ha hecho un favor, que ha borrado del mapa a todos aquellos que nos perseguían”.

“Son como las ratas éstos – me explicó -, que en faltando cincuenta, otros cincuenta pondrán”.

E no pasaron muchas horas desde aquellas pláticas hasta que alguien dio aviso a mi móvil y una voz tenebrosa preguntó por mí:

“¿Excelencia?”.

“Si al Coronel Alacaída os referís – le dije -, con él mesmo habláis”.

“Quisiera deciros que no sé cómo lo habéis hecho esta vez – continuó -, pero es tan extraño el suceso e son tan raros los resultados que nos dan los médicos forenses, que se ha decidido que, si no entráis en pugna, nadie se acercará ni a vos ni a vuestra familia”.

“Acertada decisión – le dije -, que ni yo pienso en seguir la lucha ni quiero vuestra traidora guardia la siga contra mí”.

No hubo respuesta, sino que colgó el teléfono. E tal suceso le comenté a Marcos e hubo gran contento e así le dijimos al inspector De Lema e a Su Ilustrísima que parecía venían vientos nuevos e frescos e con un buen vino brindamos por el extraño asesino que nos libró de los traidores e salvó la vida a ese tal don Torcuato.

“Papá, ¿qué se celebra?”.

En Sevilla e a siete de octubre del año de dos mil e siete.

06 octubre, 2007

De ese sistema de seguridad que llaman «vídeo»

as claves e palabras que dijo Marcos por el teléfono no eran sino aviso de visita de «persona non grata» y el guardia que vino a la inspección, advirtiónos no hiciésemos movimiento alguno ni dijésemos palabra. Dio aviso por un móvil y, en una corta pieza, apareció otro hombre; otro inspector que saludó a De Lema y a «como se llame» sin mucha simpatía.

“Señores – dijo gravemente -, ni policía ni sacerdote ni coronel en esta casa debe moverse hasta dar los pasos necesarios”.

Tomó a Marcos aparte e hablaron alguna cosa e, volviendo con seriedad, dijo Marcos en voz alta se nos acusaba – a mí, según creí – de la muerte de hasta cincuenta altos guardias (que bien sabía yo eran todos de los traicioneros) e, habiendo sistema de seguridad, pedía mi compañero se demostrase al inspector «como se llame» nadie había salido ni entrado de la casa en toda la tarde. E con una señal del nuevo guardia y el nuevo inspector, pasamos a la pequeña salita que hay atravesando el gabinete. Con una extraña llave – que parecióme de oro -, abrió una puertezuela que en la pared frontera se hallaba e no a mucha altura. Todos miramos con curiosidad cómo manipulaba una máquina pequeña que había en su interior.

“Desde las 12:40 (aclaróme Marcos que era la una menos veinte minutos) – dijo severamente aquel hombre -, nadie ha usado el ascensor sino para subir a la segunda e a la primera planta, así, nadie ha salido ni entrado en esta casa desde esa hora”.

“¡Es la hora en que llegaron de misa con los pequeños! – exclamé - ¿Es seguro este «sistema»?”.

“Tan seguro es, señor – aclaróme el guardia que lo manipulaba -, que estoy seguro sabréis cuál es su valor en euros. Es imposible que yerre”.

“¡Nada me dice una hora memorizada en una máquina! – dijo con desprecio el inspector «como se llame» - ¿Acaso un sistema de seguridad tan moderno como este, no guarda las imágenes de la gente que entra y que sale?”.

“Sin duda, inspector… - le dijo el guardia de la máquina -; tan atinado es, que podemos ver agora e aquí mesmo, no sólo las imágenes de las personas que han subido a esta casa, sino las de todos los pisos, e ni yo mesmo puedo cambiar cosa alguna”.

E vimos cómo salieron varias personas hasta tres veces y entraron otras cinco veces. Llamaban a este sistema «vídeo» e podía acercarse la vista de la imagen de tal forma, que pudimos leer una inscripción en una medalla.

“Demostrado queda sin duda – dijo el nuevo inspector -, que vos, excelencia, ni siquiera habéis salido hoy a la calle”.

“¡Qué indiscreto!”, pensé.

“¡Este sobrino mío – farfulló Su Ilustrísima -; ya ni siquiera asiste a la misa del domingo!”.

En Sevilla e a seis de octubre del año de dos mil e siete.

Del extraño suceso de la cena de la guardia (3/3)

odos estábamos ya en pie y expectantes por lo que iba a decir Marcos, cuando nos pidió excusas para salir al patio y visitar al servicio. Díle la venia aunque al inspector «no sé qué» no le gustase e todos le oímos preguntar a los niños en voz bien alta:

“¿Alguien ha salido desta casa esta tarde? Si así es, quiero saber la hora de salida y la de entrada”.

Acercóse Marinín a él e le dijo en voz bien clara e alta:

“Nadie, tío Marcos, nadie ha salido, que llave para el ascensor y portal no habemos”.

Fuése luego a hablar con el servicio e volvió seguro e tomó su sitio sin sentarse dirigiendo sus palabras al inspector:

“Supongo conocéis lo que es un «sistema de seguridad» ¿Yerro?”.

“Si tales artilugios no conociese a la perfección – le contestó altanero el inspector -, no estaría en el puesto en el que estoy”.

“En esta casa, inspector… - le dijo alzando la voz -, hay uno desos sistemas; el más moderno. Ni siquiera yo puedo, sin permiso de la guardia, demostraros que desta casa no ha salido nadie. Al pulsarse el primer botón, se memorizan las imágenes de quien llama abajo; al abrirse el portal también; así se hace durante la subida en el ascensor y hasta la llegada al zaguán. En las imágenes guardadas, podréis leer también fecha y hora de salida o entrada e ni a nosotros ni a la guardia que maneja tales artilugios nos está permitido cambiarlos en forma alguna, así, no se puede borrar ni añadir imagen ahí guardada”.

“¡Esas imágenes quiero ver, pardiez!” – gritó aquel hombre a Marcos que se mantuvo inexpresivo.

“Así se hará si lo demandáis, inspector… - aclaróle Marcos -, mas deberéis esperar a que venga el guardia que puede abrir la caja donde están esos datos e, para ello, hemos de llamar y, sin decir palabra alguna, nombrar dos números secretos de hasta cuatro cifras e dos nombres secretos”.

“¿A qué esperáis, Marcos? – le dije -; si puede demostrarse si alguien ha salido o no desta casa ¿a qué esperáis?”.

“Hay que llamar desde este teléfono fijo – dijo Marcos -, pues ya controlan si la llamada se hace desde esta casa”.

Dio aviso a algún número, esperó una pieza e dijo luego: «4371 6593 clara estudio». Vimos todos que hacía un gesto de sorpresa y escuchaba en silencio. Después, colgó sin decir nada más.

“¿No funciona vuestro sistema de seguridad, señor? – preguntó con sorna el inspector -. No veo una respuesta.

“Ni la veréis por mi parte si no quiero ser castigado – respondió -. Sentémonosnos y esperemos el resultado, que bien me parece que no conoce el «inspector» lo que es la seguridad”.

Así pasó una buena pieza hasta que entraron guardias con pistoletes: «¡Alto todo el mundo!».

Fue a llevar su mano al bolsillo el inspector y dijo que él era de la guardia, cuando el recién llegado, le apuntó a la frente: «¡Arriba las manos!».

Del extraño suceso de la cena de la guardia (2/3)

nsistía el inspector De Lema en que nada hiciese e hízome prometerle no saldría de la casa aquella tarde del domingo. E tal hice, que pedí a todos volviesen a asistir a una reunión vespertina como la del sábado.

“Como voz de la Iglesia – dijo Su Ilustrísima -, otra cosa no digo sino que habemos un claro mandamiento que dice: «No matarás». Mas yo mesmo me extraño, pues estudiando a fondo las Santas Escrituras, no llega uno a comprender cuál debería ser el castigo para el asesino; que se perdone al enemigo por un lado, dice Jesús, mas ¿hemos de perdonar a quien ha quitado la vida a toda nuestra familia e darle un abrazo? A buen seguro acabaríamos nosotros muertos también e sólo quedarían vivos los asesinos, y eso, no es lo que desea Dios Nuestro Señor”.

“Estas extrañas filosofías de la Iglesia – espetó don Justo – son para mí poco comprensibles. Si no existiese dentro del hombre la semilla del mal como existe la del bien, ¿para qué necesitaríamos leyes? E no necesitando leyes ¿por qué hay una que ordena con claridad de día «No matarás»? Si existe esa Ley de Dios, es porque Dios debe saber que el hombre mata. Si el hombre mata ¿lo dejamos seguir su juego o lo condenamos?”.

“Más radical soy yo – dijo Marcos – y es cosa que confieso aquí ante los presentes e sin que signifique me gustaría se aplicase. La Ley del Talión. Parece extrema, sí, ¿quién lo niega?, mas si no encerramos de por vida o devolvemos lo hecho al asesino ¿para qué están esas leyes?”.

“¿Habláis, amigo Marcos – dijo Su Ilustrísima con extraño -, de volver al «ojo por ojo»?”.

“Quizá sólo durante un tiempo – aclaró -. Diría yo que a más asesinos, más dura la ley. Tenemos frente a nosotros a hombres que pueden matar impunemente. ¿Os parece de razón que Marino, pudiendo hacerlo, no lo haga?”.

E así pasamos de la filosofía a la religión en muchos casos e no pudimos aclarar en ningún modo cuál podría ser la solución para que un criminal asesino de inocentes dejase de quitar vidas.

De pronto, sin que ninguno de los reunidos se moviese de su asiento, se abrió la puerta y entró un hombre de vestimenta normal e hasta cuatro guardias. “Un inspector e cuatro de uniforme”, me dije.

“Detenidos quedan todos los aquí reunidos por magnicidio – gritó empuñando un pistolete -, que hasta cincuenta personas han muerto e todos los pasos dados aquí nos traen”.

Levantéme con sigilo e con mi blanca en la mente e, haciéndole reverencia, le dije:

“Bien me parece sois jefe de la guardia, mas antes de entrar e por muchas medallas que colgasen de vuestro pecho, a la puerta deberíais haber tocado para pedir la venia e, luego, teniendo como tenéis a un coronel frente a vos, hubiese yo hecho un saludo. No os voy a enviar a las mazmorras por ello, todo se aclare, mas desta sala no ha de salir persona alguna sin mi consentimiento”.

E viendo le pedía el saludo, miró a los uniformados tembloroso e todos me saludaron.

“Sabed, inspector «como os llaméis» - continué -, que en esta sala estamos desde las seis y son las nueve. Decidme a qué hora se ha cometido tan terrible crimen”.

“Hace sólo unos minutos, Mi Coronel – dijo muy suavemente -, mas tenemos constancia de vuestra intención de «quitar de en medio» a algunas personas”.

“Si todas nuestras intenciones – le dije – las llevásemos a cabo, puedo aseguraros que no os sentiríais agora tan seguro. Demostradme de primero que he sido yo el asesino – recordad que soy coronel – e venid luego a buscarme. Con la prueba del asesinato que decís, yo mesmo me entregaría”.

“Forma no tenéis de demostrarme que habéis estado aquí toda la tarde – continuó aquel hombre de poca gentileza -. Iremos todos a prisión e luego se sabrá la verdad”.

“Acercaos un paso, inspector – le miré fijamente a los ojos -, y acabaréis tan atravesado por mi acero como esos cincuenta pobres desgraciados”.

“Atravesados no han sido, Mi Coronel – insistió terco -, e vuestras artes curativas y ponzoñosas bien conocemos”.

“¿Qué decís? – preguntéle con extraño - ¿Envenenados cincuenta?”.

“Ni plomo ni acero han matado a los comensales de hoy de la alta guardia – aclaró -, sino que no cataron el segundo plato. E sólo ha sido salvo don Torcuato, que no puede comer crema si tiene marisco”.

“Me habláis de una intoxicación, inspector – me acerqué a él amenazante -, no de un asesinato o «magnicidio» como vos lo habéis llamado”.

“Perdonad manifieste unos pensamientos aunque sólo sea un abogado – dijo Marcos -, aunque desta casa soy, pues desta sala persona alguna se ha movido en toda la tarde e así también puedo aseguraros que puedo demostraros lo que digo”.

Todos nos miramos con gran asombro ¿Cómo podía demostrar Marcos que nadie había salido ni entrado de la casa aquella tarde?

En Sevilla e a seis de octubre del año de dos mil e siete.

05 octubre, 2007

Del extraño suceso de la cena de la guardia (1/3)

rganizóse hoy sábado un cónclave en mi bufete, pues, habiéndome manifestado el inspector que todos los hombres más importantes de la guardia traidora cenarían el domingo en Sevilla, quise yo insinuarle sería el momento para dar salvación a nuestras vidas.

“¡Loco estáis, excelencia – exclamó -, que seríais preso e muerto antes del anochecer!”.

Así, decidióse expusiese yo mi trazado ante el propio inspector – representando a la guardia -, don Justo e don Marcos representando a lo civil, e Su Ilustrísima representando a la Iglesia, por saber si debería llevarse a cabo.

“¿Qué decís? – exclamó Su Ilustrísima - ¿Pensáis quitar la vida a cincuenta almas como el que pisa un hormiguero?”.

“Mucho me temo, Marino – me dijo muy serio Marcos -, que si atravesáis con vuestro acero a cincuenta, todos pensarán habéis sido vos”.

“¿Con mi acero? – dije pensativo -. Acaso pudiese quitar la vida a cincuenta yo solo con mi acero e sin ayuda, mas pensaba yo en otro remedio y, ese remedio, no he de confesar hasta saber si sería atinada mi razón”.

Se oyeron murmullos como de espanto en la sala e siguieron las pláticas más de tres horas, hasta llegada la hora de la cena.

Aún jugaban los niños en el patio; les di aviso de que se aseasen e fuimos llamados al comedor. Hice advertencia de que nadie hablase del asunto pendiente durante la cena e delante de los niños e, después del refectorio, hubimos todos una amena plática con los pequeños en el patio e nos retiramos al descanso.

“¿En verdad en verdad – me susurró marcos mesando mis cabellos – daríais muerte a cincuenta sin haber sentimiento de arrepentimiento alguno?”.

“¡Ah, querido Marcos! – respondíle -; no he de pediros que contéis agora cuántas muertes llevo ya desde que me conocéis, mas si hubiese de arrepentirme por las muertes que llevo en mi vida, otra tan larga como esta debería vivir”.

“¿E ni siquiera yo – farfulló – puedo saber cómo lo haríais?”.

“No, mi querido compañero, no podéis – le dije -; empresa es esta que sólo yo puedo llevar a cabo e sabiendo, como pido, la opinión de mis más allegados. Veo que, por lo comentado, seguiremos huyendo. Descansad. Buenas noches”.

En Sevilla e a cinco de octubre del año de dos mil e siete.

27 septiembre, 2007

Del inspector en casa sin aviso

rujeron por la mañana muchas bolsas e cajas con lo comprado en los almacenes e, uno de los hombres que venía a traerlos (con su nombre en el pecho), mostróme el contenido de cada bulto e le pedí si era posible dejasen unas cosas en un lado e otras en otro. Así, las bolsas de las ropas de mis pequeños, las llevaron a sus dormitorios e las cajas con los enseres para el nuevo nacido se llevaron a la estancia de María, pues hasta una pequeña cuna sacaron de una caja e pusieron en su sitio. Dije al servicio recogiese el resto e pusimos Marcos e yo, ante la vigilancia de Su Ilustrísima, las nuevas ropas ya de invierno para Marinín, Antonio e Carlitos extendidas sobre sus camas.

“Nada de la ropa usada debe tirarse, sobrino – dijo en mirando -, que toda la ropa que tienen los niños está nueva e yo mesmo he de llevarla al ropero parroquial”.

“Nada vais a llevar al ropero, Ilustrísima – le dije -, que ya hay quien hará eso”.

E llegando los niños de la escuela, les dije pasasen a sus dormitorios por ver si había algo nuevo e de allí salieron de gran contento e dando voces.

“Haya sosiego e calma, aseo y cambio de ropas e presencia en el comedor – les dije alzando la voz - ¡A la orden!, que, según me han dicho, ha preparado hoy Ramón un plato que hará las delicias de pequeños e mayores”.

Mas, en esos minutos en que fueron a sus estancias, llamó alguien a la puerta. Al no estar Cayetano, corrimos Marcos e yo al zaguán a mirar en el panel e, pulsando el primer botón, vimos al inspector inquieto e acompañado; pulsando el segundo, le dijo Marcos que le abriríamos e que pasasen; y pulsando el tercero, le vimos de entrar en el portal con una mujer e dos niños; se abrió el ascensor e les hicimos subir. Al abrirse las puertas, salió el inspector como de alabastro e muy quedo e tras él venía una señora con los niños.

“¡Santo Dios, inspector – le dije -, que vuestra presencia así me asusta!”.

“Pues raro es que os asustéis, excelencia – contestóme -, que de visita vengo con mi señora e mis hijos. Elena es mi esposa (me incliné e besé su mano) e Luís e Isabel son mis hijos”.

“¡Pasad, pequeños, pasad!, que a la casa del Capitán os trae vuestro padre y en esta casa todo está pensado para los pequeños. He de decir a los tres míos que vengan a daros la bienvenida”.

“¡No, excelencia! – alzó el inspector la voz -, que no quiero seros de estorbo a estas horas”.

“¡Vamos, Marcos! – hice una señal -, decid a los niños que vienen a casa dos amiguitos nuevos”.

E así, se conocieron e llevaron mis niños a los del inspector a sus dormitorios e a la salita de juegos mientras De Lema, casi en llantos, me decía había sido amenazado de muerte e que no hubo otra idea que buscarme a sabiendas de que podía atraer el peligro.

“¿El peligro? – preguntéle -. Bien sabéis cómo limpio yo esa suciedad e no es tiempo de hablar de mierda, sino de yantar. Dejad esas bolsas en el suelo que bien paréceme equipaje. El servicio os preparará dos habitaciones e aquí restaréis, cumpliendo mis órdenes, hasta que yo lo crea conveniente”.

Ni la señora ni él sabían qué hacer ni qué decir, mas salió el servicio e les acomodó e les hizo pasar al comedor. Allí nos sentamos, aunque hubimos de ordenar los sitios. Como pensé, hicieron los niños mejor amistad que los mayores e, viendo sus hijos el comedor y el servicio, bajaron todos la voz.

“El Pastor ha abandonado a noventa e nueve ovejas por salvar a una sola descarriada – dijo solemnemente Su Ilustrísima -; oremos agora en dándole las gracias por lo sucedido e por los alimentos que vamos a tomar”.

Se hizo un gran silencio e sólo los niños hablaban quedo durante la comida e, terminada ésta, dije al inspector e señora hubiesen un descanso el resto del día e se hablaría al día siguiente de ciertos trazados que daban la vuelta en mi cabeza.

“¿Qué hace un humilde inspector como este de huésped de un coronel?”.

En Sevilla e veinte e siete de septiembre del año de dos mil e siete.

26 septiembre, 2007

De la tormenta criminal

omando el talle de los tres pequeños, salimos aquella mañana a los almacenes a comprarles ropas nuevas e todo aquello que pensábamos necesario para el nuevo Marino que nos llegaba a casa. Parecióme Sevilla libre de espías traicioneros en sus calles cambiadas por el nuevo alcalde. Así, hicimos las compras necesarias e, no pudiendo llevar tanta carga entre Marcos e yo, ofreciéronse a entregarla en nuestra casa aquella mesma tarde. Nada refirióse en el almuerzo de lo comprado porque fuese sorpresa a su llegada, e tras dar buen cumplimiento a unas judías pintas guisadas con exquisitez por Ramón, dimos a los niños licencia de retirarse hasta dos horas a sus aposentos para un corto descanso.

Avisó el servicio a los pequeños más tarde e se les dejó un tiempo de solaz en el patio que, según Antonio decía, «más pequeño era que el pueblo, pero más bonito».

“¿Esas campanas que se oyen de seguido en la mañana – me dijo – e las campanadas que se oyen a todas horas, son de la iglesia de San Alberto?”.

“No, hijo - le dije en señalándole al cielo -, que tiene la pequeña y esbelta torre de San Alberto sólo cuatro campanas. El repique sonoro e musical que oís por las mañanas, sobre las nueve y media más, es de muchas más campanas; muchas. Son las campanas de la Giralda, que aquí cerca se encuentra. A la azotea subiremos e no habréis visto torre como esa”.

Mas, al volver a mirar hacia arriba por ver si se veía algo de la torre, parecióme ver que algo se movía con rapidez e, no estando Cayetano, ordené a Marcos e a Su Ilustrísima dieran algunas liciones e pláticas a los pequeños en el gabinete sin dejarlos salir al patio. Marcos comprendió al punto mi preocupación, reunió a los pequeños e reuniéronse en la salita. Subí entonces corriendo a la azotea e vi a dos hombres vestidos de negro subir al pretil e volar por encima de la estrecha calle de Argote de Molina. Acercándome al primero que había a mi siniestra, comprendí que no volaban, sino que tendieron sendas escalas entre la casa frontera e la nuestra e por ellas iban a gatas en huyendo. Como no soy hombre de pensar mucho en lo que he de hacer, tomé los maderos de la primera escala, la zarandeé y escuché los ruegos de un traidor que pedía merced e, sabiendo que la mejor merced que podía concederle a tal alimaña e a los españoles era que no siguiese con vida, dejé caer la escala con escalador por la callejuela con grande estruendo. El segundo traidor intruso quiso darse priesa por llegar al otro extremo (obra de unos cinco metros), mas llegué yo antes a asir los palos de su escala, levantarlos y dejarlos caer por la callejuela.

Desde arriba vi (no sin estremecimiento), cómo se deshacían las escalas de madera e cómo se pegaban los dos cuerpos a la calzada. «¡Adahesit pavimento anima mea!». E así se oyeron otra vez los cantos de las sirenas de los coches de la guardia mientras encontraba sobre la esquina que quedaba sobre el gabinete, una caja de raro aspecto. Sabía me jugaba la vida, mas también sabía se la jugaban todos mis queridos. Corrí hacia ella, la tomé en peso sobre uno de mis hombros e, acercándome al pretil que daba a la casa por donde habían subido, arrojéla con fuerzas hasta que crujieron mis músculos. Cayó en la azotea aledaña e corrí hacia las escaleras por guarnecerme. No erré, pues tan sólo cinco segundos después, hubo tal estruendo que debió quedar maltrecha la casa frontera e movíase el polvo por doquier.

Bajé a saltos e fui al gabinete en sacudiendo mis ropas modernas e observé con tristeza a Marcos evitando los pequeños saliesen al patio.

“¿A qué este espanto? ¿A qué este susto? – les dije en besándolos e abrazándolos -. Ya os dijeron en la escuela se avecinaba una tormenta”.

No dejó la guardia entrar a los coches de los almacenes con las nuevas ropas e los regalos; tampoco apareció el inspector e tampoco le llamé. Pero mi mente comenzó a urdir una trama que daría mucho que hablar entre los sevillanos.

En Sevilla e a veinte e seis de septiembre del año de dos mil e siete.

25 septiembre, 2007

De los celos de Marinín

n el gabinete estábamos en lecturas cuando pidió la venia para entrar Marinín e hícele señas de que entrase. Abrió la puerta de espacio e vino a mí con el dedo en la boca e mirando a Marcos e a Su Ilustrísima mientras leían. En llegando a mi asiento, sentóse en mi regazo, besóme e púsose a mesar mis cortos cabellos en silencio.

“Cuando a mí os acercáis tan meloso – le dije quedo -, paréceme algo necesitáis”.

“Nada necesito, papá – me habló al oído -, sino que quisiera yo saber si este nuevo hermanito necesitará mucho tiempo de vuestra vida”.

E sintiendo que asomaban los celos en su mirada tímida, le dije así:

“Hermano podéis llamarlo, si os place, mas no lo es, sino que es hijo de María e Cayetano. El tiempo que necesite, que de pequeño mucho será, habrán de dedicárselo sus padres, no yo, que os tengo a vos; e a vos seguiré dedicando mi tiempo e a Antonio e a Carlitos, pero he de deciros un secreto que nadie debe saber, sino vos e yo, pues más tiempo os dedico que a todos los demás, que sois mi verdadero hijo e mi nombre mesmo lleváis. Podríamos llamar al nuevo Marino «primo», que aunque es como hermano, no lo es tanto. Mas de mi tiempo seguiréis teniendo el que habéis tenido si no más, que ya vais creciendo e lo necesitáis”.

“Preguntas absurdas sé que hago a veces, papá – dijo riendo -, que no es de razón pensar que agora vais a abandonarme por otro Marino”.

“Al contrario será, hijo – explíquele -, que veréis cómo agora os prestan todos más atención, pues de todos, sois el único heredero verdadero de mis posesiones e de mi título de marqués e, siendo que mi vida es larga, la forma veremos de que se os distinga entre los demás, que para ello méritos tenéis de sobra. Esta casa he de poner como propiedad vuestra e dos palacios en Plasencia e alguno más en Salamanca e León y, en cumpliendo hasta los diez y ocho, con ellos podréis hacer lo que queráis junto con la herencia que os corresponde de vuestro padre, que no es baladí. Mas quisiera agora pediros no midáis nuestro cariño de padre e hijo con metros de fachada o fajos de euros”.

“Entiendo eso que decís, papá – contestóme -, que sin palacios ni euros os quiero”.

Dióme un beso, saludó a tío Marcos e tío Juan e pidió excusas para ausentarse.

“No todos los niños razonan e distinguen entre lo que poseen e lo que aman. Sentiros orgulloso, sobrino”.

En Sevilla e a veinte e cinco de septiembre del año de dos mil e siete.

24 septiembre, 2007

Del recién nacido

artieron los niños hacia la escuela con Valeriano e, después de muy poco descanso, no llevó Marcos a Su Ilustrísima, al servicio e a mí, al hospital. Recorrimos allí muchos pasillos hasta llegar a la habitación donde descansaba María tras el parto.

“Ha nacido el día de la Merced – me dijo -, ¡es el día de la Merced!”.

“Si fuese niña bien pudierais haberle puesto tal nombre – le dije -, que no es ese niño sino una merced que se os concede”.

E me dijo Cayetano al oído que la merced era mía por aquel ungüento.

“Nada más lejos, amigo – le dije -, pues con pomada o sin ella hubiera venido al mundo este niño que agora tenéis”.

“¿Queréis decir, excelencia – preguntóme con intriga -, que ese ungüento no ha hecho nada?”.

“Eso no he dicho, Cayetano – exclamé -, que cuando hay algo que impide que al unirse hombre e mujer sea la unión fecunda, puede haber un medio que lo haga. Mas pensad, y en esto insisto, que no es sino la unión lo que hace nacer a un niño”.

Mas, acercándome a saludar a María e a ver al nuevo Marino, no pude cambiar mi expresión e pensó María algo malo había visto.

“¡Excelencia – preguntóme - ¿qué cosa veis que yo no veo?”.

“Nada, mujer, nada – respondíle con serenidad -, sino que paréceme perfecto e creo será niño de buen cuerpo e buena mente”.

Mas guardaba yo en mi interior el secreto de mi espanto, que aquel niño, aunque rasgos tenía de su padre e madre, parecióme hermano de Marinín.

“No debemos molestar más a la madre – dije al cabo -, sino dejarla descansar en compañía de su nuevo hijo. Vayamos a casa e volveremos si fuere menester, que muy sano veo yo a ese niño”.

E a casa volvimos cuando llegaban los pequeños e les dijimos habían un «hermanito» pequeño hijo de María e hubo gran contento entre ellos, mas conosciéndome Marcos tan finamente, abrazóme en la estancia en diciendo:

“Vuestros remedios, Marino, a veces, pueden hacer estas cosas”.

En Sevilla e a veinte y cuatro de septiembre del año de dos mil e siete.

23 septiembre, 2007

De cómo se acercaba el parto de María

e sirvió el desayuno a hora tardía por descansar un poco más e asistir luego a la misa en la iglesia de San Alberto, que a los filipenses pertenece e, al acercarse María a servirme café le dije quedo:

“Avisad a vuestro esposo Cayetano, que en esta mesma mañana sentiréis los dolores del parto e, aunque quisiera yo nasciera el niño en esta casa, las costumbres de agora os obligarán a ir al hospital e serán los médicos los que os asistan. Ordenaré a Valeriano esté aquí e os lleve con presteza, que paréceme viene este niño con priesa”.

“¿Qué decís, excelencia? – preguntó en mi oído -; dolor alguno ni malestar tengo”.

“Haced lo que os digo – repetí -, que puedo equivocarme mas hay que ser previsor”.

A misa partíamos cuando corrieron todos de un lado a otro: « ¡María está de parto!».

E sin alterar lo trazado, llevó Valeriano a María al hospital e fuimos nosotros a la misa donde Su Ilustrísima hizo rogatorias por María.

Volvió Valeriano a la hora del almuerzo dejando a Cayetano junto a su esposa e prometiendo volvería a hacerle compaña e darnos avisos por el teléfono.

No habían vivido los niños parto que recordasen e hicieron muchas preguntas y, en sabiendo que vendría un nuevo niño pequeño a la casa, hubieron gran contento e preguntó Antonio si sería como ellos.

“Como vosotros será cuando pasen unos años – les dije -, que ha de venir al mundo pequeño. Algún día no muy lejano, jugará con vosotros en el patio”.

“¡Jo, papá – exclamó Marinín -, y ha de llamarse como vos e como yo!”.

“Sin duda pequeño – aclaréle -; Marino de San Isidoro será, que en la parroquia ha de bautizarse si Dios Nuestro Señor lo admite e será sevillano de padres grazalemeños”.

“Una mujer para el servicio necesitaréis, sobrino – apuntó Su Ilustrísima -, que pienso que durante un tiempo debe dedicarse María a su hijo. Si quisiéredes, podría yo decir a una de las mujeres de mi servicio se viniese a suplirla”.

“Acaso – apuntó entonces Cayetano -, sería conveniente hablar antes con doña Pastora, que siendo sirvienta como pocas, se encontraría cerca de sus hijos”.

“En ello no había pensado; mañana mesmo he de llamarla e hacerle la oferta”.

En Sevilla e a veintitrés de septiembre del año de dos mil e siete.