30 diciembre, 2006

PRÓLOGO – Parte III

eposábamos el almuerzo en el salón cuando intentó don Juan avisar a Cristina, mas ésta no le oía. Así, levanté la pesada mesa e la dejé caer ante el asombro de Ildefonso:

“¡Dios Santo! ¿Os ocurre algo?”.

E al punto vino Cristina e pidióle don Juan se sirviese café e advirtióle a Ildefonso que, sólo a veces, había que llamarla así, pues ya sabía él que era sorda. Y en ese momento, dio alguien aviso a mi móvil e parecióme era don Justo, el abogado.

“Excelencia – dijo –, de saludaros me alegro”.

“Así mesmo os digo – contestéle – que además de haber placer en hablar con vos, parece me traéis suerte en cada llamada”.

“Así parece hasta agora – continuó -, que sabiendo no podéis venir a Sevilla hasta pasadas las fiestas he de comentaros varias cosas aunque me disguste hacerlo por teléfono”.

“Podéis hacerlo si es menester – le dije -, que casi imagino lo que vais a referirme”.

“Creo, señor – contestó grave -, que no podéis imaginar todo. Os pediría os sentéis, si en pie estáis, e toméis papel para anotar ciertos datos”.

“Sentado estoy, don Justo – le dije riendo -, e no necesito papel alguno para tomar notas, que aún funciona bien mi memoria, según creo”.

“Todo ello he de deciros entonces con calma e de seguido – continuó con ceremonia -, que no hay nada que no sea urgente e importante, pues pasadas las fiestas creo vais a tener mucho papel que firmar en Sevilla e habréis de pasar una luenga temporada. Así, he pensado, que lo primero e más importante sería alquilar una casa; una buena casa, aunque no tan buena como la que teníais”.

“E ¿podéis vos hacer aquesto? – apuntéle -, que si es así, quiero busquéis una bien grande e rica e bien amueblada con hasta dos o tres dormitorios abajo e otros cuatro arriba e todos los servicios completos”.

“Puedo hacerlo, excelencia – prosiguió -, y bien sé qué casa buscáis. En ella habréis de vivir un tiempo antes de volver a Grazalema, pues han de resolverse los siguientes asuntos, que no son pocos. He de comunicaros de primero que estos hombres que compraron la casa ruinosa de al lado, hanse visto obligados a deshacerse desa finca e así, han decidido vendérosla, como dijisteis, al mesmo precio que la compraron e, como engañaron a su antigüo dueño, bien barata os costará (muy bien, decía yo sin palabras). He hablado de seguido con una señora que está interesada en comprar ambas fincas y es de mi confianza, pues, si permitís un consejo, mejor me parece vender la finca que no entrar en empresa de construir en Sevilla, que es harto dificultoso, mas ofrece esta mujer casi el doble de lo pensado (muy bien, me decía yo en pensamientos). E, por último, en este momento, he de haceros una pregunta”.

“Preguntad, don Justo – le dije -, que hasta agora lo que habéis dicho es muy de mi agrado y espero siga siéndolo lo venidero”.

“Lo es, señor – dijo con intriga -, e si habéis compañía, responded tan sólo sí o no. ¿Os habló alguna vez don Marcos de una «póliza de seguro»?”.

“Sí, sí, mas no entendí muy bien…”.

“¡No decid nada! – continuó -, pues es seguro que os pidió visitaseis la casa con lo que nosotros llamamos un «tasador», que no es más que un hombre que ve la casa e su contenido e le da su valor”.

“Sí”.

“Pues habéis de saber, excelencia – me dijo como concluyendo -, que la tal póliza ha aparecido y se estaba satisfaciendo e, teniendo las prueba de la guardia de lo ocurrido, os será puesta en un banco la cantidad de hasta […] millones de euros. Excelencia, ¿estáis al teléfono?”.

E del resto ya nada recuerdo, sino que Su Ilustrísima e don Ildefonso, muy preocupados, intentaban bebiese café por reanimarme.

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