30 diciembre, 2006

PRÓLOGO – Parte II

ino Ildefonso e hubimos unas pláticas en el salón hasta sonar la campanilla e, ya dábamos buen cumplimiento a los manjares preparados para el almuerzo, cuando quedéme absorto mirando la calle a través de los cristales e reviví en un instante la fuerte explosión que hundió mi casa, aquellos otros cristales que se rompían por doquier y el llanto desconsolado de mi hijo cubierto por mi cuerpo e mi capa, e vi con claridad cómo le arrebataba el cuchillo de su mano e lo arrojaba lejos:

“Es curioso – dije sin apartar de allí la vista -; tenemos las cosas delante e no las vemos, como esos cristales, sino que vemos lo que hay detrás”.

“Marino – dijo Ildefonso al verme así -, no soy yo quién para daros consejos, mas sí me gustaría pediros licencia para daros mi humilde opinión”.

“¿Licencia decís? – respondile mirándolo - ¿Acaso no sabéis que vuestra opinión me interesa tanto como vuestros consejos? Decid cuanto creáis menester, que yo he de oíros e seguir vuestros consejos si son de razón”.

“La experiencia me ha enseñado – se dirigió también a Su Ilustrísima -, que en algunos momentos muy malos de la vida, reacciona uno con entereza e seguridad mas, pasado un tiempo, flaquea nuestra mente y es cuando nos vienen esos sentimientos”.

“Bien es cierto lo que dice Ildefonso, sobrino – continuó don Juan -, e vos debéis saberlo mejor que nosotros, que a buen seguro estoy de que habéis vivido momentos peores que estos. Mas no es de razón el flaquear agora, que si bien aquellos a los que os entregasteis en cuerpo y alma están agora con Dios Nuestro Señor, tenéis aquí que ayudar a muchos. No deberíais dejarnos en el olvido como no dejáis de cumplir jamás vuestras otras misiones”.

Y en oyendo sólo estas palabras, así les dije:

“Sin mi hijo no puedo ya estar y él sin su amigo Antonio y éste sin él e tampoco sin vuesas mercedes. Perdonad este momento, que heme quedado como libro en blanco”.

E oyendo Su Ilustrísima esto dicho, habló apresuradamente enviándome un mensaje:

“No hay libro en blanco, que todos tienen saberes en sus páginas. ¿A qué encuadernar papeles vacuos de contenido?”.

E advirtiendo no quería Ildefonso supiese lo del libro misterioso, le dije:

“Bien es verdad, Ilustrísima, que no os veo yo pasando hojas por pasar el tiempo”.

E con esto nos echamos a reír e seguimos comiendo.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario