30 diciembre, 2006

PRÓLOGO – Parte I

uimos uno destos días a Ronda Su Ilustrísima e yo con Ildefonso por la necesidad que había de recoger ciertas cosas que decía iba a necesitar de su casa y, en entrando en ella, todo el servicio me dio sus condolencias por la muerte de mis seres queridos e dijeron luego iban a preparar almuerzo especial para ambos, mas hube de aclararles que también vendría a comer a casa Ildefonso, el dueño de la tahona, que desde tiempo ha les servía el pan. E así, les extrañó no iba él en persona a entregarlo desde hacía ya algunos días, que sus mozos tenía para el reparto e a pocas casas se servía, sino que había que ir a comprarlo a uno de sus despachos o a la mesma tahona.

Pasamos entonces a su bufete e púsose a buscar alguna cosa en los cajones:

“¡Ay, hijo!, que me parece a veces recordar cosas que no han ocurrido e otras no encuentro cosas de mucho uso. La edad, acaso, pone e quita cosas a su antojo de nuestra cabeza. Así será porque Dios lo quiere”.

E mirando la puerta que a la biblioteca daba, le dije:

“¿No será un libro lo que busca Su Ilustrísima? Muchas veces he venido, siempre os veo en lecturas e nunca me habéis mostrado esos antigüos libros e legajos que decís conserváis”.

“Cierto es lo que afirmáis, mas también debéis tomarlo como un olvido; ahora os lo mostraré”.

E siguió buscando no sé qué cosa en los cajones mientras me acercaba yo a una de las vitrinas que allí tenía e donde ya había visto antes verdaderas preseas que conservaba como nuevas.

“Acumula uno en su vida – le dije – muchas cosas de valor, e no sé luego para qué las atesoramos, pues en llegándonos la muerte, las perdemos”.

“Nada así ha de pasaros a vos, por agora – espetó sonriendo -, que a lo que sé, larga vida habéis tenido e larga os debe quedar, si así lo quiere Nuestro Señor”.

“Referíame con esto, Ilustrísima – confeséle -, a que sin haber muerto como todo ser humano, casi todo lo atesorado en mi vida he perdido. Hase hallado el Niño de Montañés casi intacto entre las ruinas de mi casa. No hay dinero que pague su valor e mucho menos el que para mí tiene. Quisiera traerlo a esta vuestra casa e que lo guardaseis en esta vitrina con el resto de vuestras cosas”.

“¡Aaaay, sobrino! – exclamó mientras seguía buscando -, que casi todo lo que en esa vitrina veis en esta casa estaba cuando yo llegué e vuestra es la casa como se ha visto e no mía. Lo que hay ahí dentro es vuestro, e no porque yo lo diga, sino porque escrito está y en mi testamento lo puse junto con otras cosas. ¿Sabéis lo que pienso? A veces, dejando de buscar lo que uno no encuentra y encomendándose a San Antonio bendito, acaba apareciendo en cualquier rincón, que lo que no se llevan los rincones, acaba apareciendo por los ladrones. (Quedóse pensativo) Creo que al revés lo he dicho”.

“Al revés, sí, como el que oye colores y ve cánticos maravillosos”.

“Pues una maravilla he de mostraros – dijo -, agora que lo recuerdo, por ver si vos sabéis de qué se trata. Venid conmigo, sobrino, que tal cosa es digna de ser vista aunque importancia no me parece tenga”.

E pasamos a la biblioteca e sopló sobre algunos viejos libros e legajos (no dejaba al servicio limpiar esa parte) e salió una nube de polvo.

“Poco polvo hay – me dijo –, que ha tiempo no recuerdo que debo cuidarlo e limpiarlo. Veamos… (estuvo buscando entre los libros) ¡Ah, sí, claro! Este es. Antes de abrirlo, he de deciros que pienso que alguien debió ser más desmemoriado que yo e puso esto aquí”.

E abriendo el libro, fue hojeándolo e yo lo ojeaba, mas vi que, aún siendo abultado, todas sus páginas estaban en blanco.

“¿Qué cosa es esta? – exclamé - ¿Quién se tomó la molestia de encuadernar tantas páginas vacías? ¿No será hay textos ocultos?”.

“¡No había pensado en tal cosa! – respondió impresionado -. Miradlo vos de cerca por ver si hay algunas marcas, pues aún siendo escritura invisible (cosa que dudo) debería haber ciertos trazos de la pluma sobre el papel”.

“Nada veo, Ilustrísima – le dije -, sino muchas, quizá cientos de huellas en todas las páginas. Es posible que vos no las veáis como no veis otras cosas que a muchos les son ocultas, mas si yo hubiese la destreza que ha mi hijo en contar cosas, podría deciros cuánta gente ha visto este libro página a página”.

“¿Queréis decir entonces – preguntó casi asustado -, que mucha gente ha podido leerlo?”.

“Es posible – lo cerré -, mas creo nunca lo sabremos. Dejadlo en su sitio e cuidadlo, que nunca se sabe lo que ha de venir”.

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