29 diciembre, 2006

Epílogo: y parte VI

sí pasaron los últimos días deste año; en viajes, compras e fiestas. Mas también vinieron a casa doña Dolores, don Diego y su esposa doña Montserrat, don Antonio e doña Pastora e don Pedro Salas con su esposa e su hijo Gregorio, que anduvo en juegos con Marinín e Antonio.

E ocurrió una tarde, que trayendo yo algunos dulces para los niños, corrió Marinín a abrazarme e a besarme e púsose a hablarme ciertas cosas al oído. Con esto, advertí se quedaba Antonio rezagado, quedo e parecióme triste. Así, al terminar los juegos con mi pequeño, le miré e le dije:

“¿Y vos? ¿No venís a decirme nada? No quiero me agradezcáis cosa alguna, sino que paréceme me teméis”.

“No tal, excelencia – exclamó -, que os agradezco cuanto hacéis por mí no siendo vuestro hijo”.

“¿E pensáis que llamándome excelencia – le dije sonriendo – e dejando una distancia entre nosotros hacéis lo correcto?”.

“¡Perdón, señor! – dijo un poco asustado -, ¿acaso no he sido correcto?”.

“Venid, acercaos – le hice un gesto con la mano -, que la distancia la estáis poniendo vos con Marinín e a entrambos quiero trataros de igual”.

Y en oyendo esto Su Ilustrísima desde su rincón, le dijo:

“¡Vamos!, Antonio, que no por ser mi sobrino el dueño de la casa nos da órdenes a todos. Llamaríale yo, por evitar tanta cortesía, tío Marino, que en esta casa siempre ha habido muchos tíos”.

E dudando un poco, acercóse a mí de espacio e vi sus ojos húmedos e, cuando ya estaba frente a mí agachando un poco la mirada, le tomé su rostro entre mis manos, le sonreí e le besé: «No soy fantasma que a nadie se coma».

E rompiendo en llantos abrazóse a mí con fuerzas e acariciéle la cabeza dejándolo se desahogase. Luego desto, saqué mi pañuelo e se lo di porque enjugase sus lágrimas e, alzando la vista me miró sonriente.

“Un beso nos debéis a todos; a mí, a tío Juan e a Marinín. Se acabaron esas distancias; ¿qué os parece?”.

E inclinándose tirando de mi capa dióme un beso e me dijo al oído: «Gracias, tío Marino». Fue luego hasta Su Ilustrísima e besó su cruz de primero en señal de respeto e abrazólo luego; e acercándose a Marinín púsose a su lado e tomólo por la cintura e lo besó.

«Ni campesino ni marqués».

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