eía Su Ilustrísima e hacía gestos con la cabeza como si no entendiese bien la lectura e, acercándome a él, le dije:“¡Dios sabrá qué cosa complicada leéis!, que por los gestos que hacéis me parecen dificultosas”.
“Hasta para mí lo son, hijo – respondióme -, que a veces he releído libros por haber sido de mi gusto; por ventura, aún hay libros que no he leído, mas este es dificultoso”.
“E ¿podéis decirme de que asunto trata? – le dije -, pues si vuesa merced no lo entiende…”.
“Astrónomos e Astronautas llámase – contestó con misterio -, e de lo primero entiendo, mas de lo segundo habré de tomar papel e lápiz y estudiar física e matemáticas”.
“Quizá os distraería más – le dije con sorna – leer El Código DaVinci”.
E mirándome por encima de las gafas e muy en serio, aunque me veía reír, me dijo:
“¿Lo habéis leído vos acaso?, pues creo no llegué a pasar de la página veinte o treinta, que el hombre que ha escrito eso debe pensar que los europeos somos idiotas e cualquiera entra en una pinacoteca como El Louvre, en plena noche, e dedícase a descolgar cuadros”.
“Entero leílo – dije – y en DVD entero vílo, mas cuanto más leía e más veía menos entendía, que no hay momento en toda esa obra que parezca un poco real. En vuestras lecturas os dejo agora”.
E pasé al comedor donde estaba Cayetano haciendo alguna cosa junto a la chimenea e, al verme, púsose en pie:
“Algo de humo me parece entra en la casa, señor, cuando todo él debería subir”.
“Acaso sería menester deshollinarla – le dije -, que eso la hace tirar mal y entra carboncillo en la casa”.
E sacando la mano de mi bolsillo, entréguele una pequeña cajita redonda e quedóse mirando con extraño en diciendo:
“¿Qué me dais, señor? ¿Necesita esto acaso alguna reparación?”.
E mirándole gravemente e hablando quedo, le dije:
“Es un ungüento. No hay nada de magia e no huele apenas. Imaginad dónde debéis untarlo e Dios hará el resto”.
“¿Me estáis diciendo que esto es un remedio para…? – preguntó - ¿He de ponerlo en… gran cantidad?”.
“No; un poco de pasta basta – le dije -, el resto se desperdicia. Hay cantidad suficiente para un mes, mas creo no será necesario tanto tiempo”.
E abriendo la caja e oliéndolo, me dijo:
“No huele fuerte e, según creo, no ha de escocer ¿Es así?”.
“Así es – concluí en voz alta -, ved la forma de arreglar la chimenea”.
E dando la vuelta de espacio, volví al salón:
“Nunca me aburro, Ilustrísima – dije entonces -, mas paréceme algo me falta. Quizá dé aviso a Ildefonso para que me acompañe a Sevilla a – bajé la voz – comprar algunas cosas”.
E dejando caer el libro sobre el asiento de al lado e quitándose las gafas, me miró insinuante e dijo:
“Podríais decirle, ya que vendrá – usó cierta ironía –, que podría pasar la noche aquí con vos e llevarme a Ronda temprano por la mañana, pues también yo he de – bajó la voz – comprar algunas cosas”.
E seguí hablando muy quedo:
“Cuando volváis de Ronda con vuestras compras, avisadme un poco antes, que he de descuidar yo a los niños e deciros dónde dejar la mercancía”.
“A fe que paréceme este el remedio a vuestro aburrimiento e al mío, que dejaré estas lecturas por otras más provechosas, que no ando yo agora para aprender cómo hacer un viaje a la Luna”.


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