ecebí inesperada llamada del teléfono a medio día e supe era don Justo, el abogado:“¿Excelencia? – preguntó -, ¿hablo con vos?”.
“¿Acaso mi voz ha cambiado tanto que ya no la reconocéis? – le dije -, que según el tono de vuestra voz bien me parece que algo ocurre”.
“¡Lo que voy a deciros me espanta!, pues tomé al anciano matrimonio de la casa de al lado de la vuestra e, muy agradecidos e de contento, recogieron sus enseres e los llevamos en un coche grande a vuestra casa de Triana. Y era maravilla de ver cuán gozosos estaban e cómo me decían os agradeciese lo hecho por ellos e que querían saber de vos”.
“Pronto he de ir a Sevilla – le dije – e iré a verlos, que toda su vida conozco e son gente muy agradecida”.
“Así me pareció, excelencia – contestó al punto -, mas una vez llevados allí, estos hombres dueños desa casa, enviaron a alguien que entró en vuestra finca sin permiso alguno e tiraron el muro que servía de contrafuerte. La casa de al lado se ha desplomado, ¡vacía a Dios gracias!”.
“Cambian entonces los planes – le dije gravemente -, que no he de vender mi finca a quien así actúa. Negaos a la venta”.
“¡Excelencia! – dijo atemorizado -, yo mesmo he visto ya el trazado de la nueva casa terminado; tal cosa no puedo hacer”.
“¿Acaso habéis firmado algún contrato? – preguntéle -, ¿la venta de mi finca?”.
“No tal, señor – respondió al punto -, que sois vos quien debe hacer tal cosa e delante de notario que de fe dello”.
“Negaos pues – insistí – e decidles les compro su finca al mesmo precio que la compraron. No hay otro trato”.
“¡Dios me ampare!, excelencia – dijo -, que vuestras palabras son órdenes, mas creo he de pasar unos malos momentos”.
“Recompensados serán éstos – concluí -, tomadlo como una empresa más. Sois abogado, no entiendo pues vuestro miedo a estos enjuagues”.


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