28 diciembre, 2006

Epílogo: parte I

asados los peores días – aún siendo los mejores del año -, disfrutamos el resto de las fiestas en Grazalema e quiso Su Ilustrísima estar con nosotros por sernos de ayuda e consuelo, mas pronto los niños comenzaron sus bromas de los Santos Inocentes, de la Nochevieja e de Los Reyes Magos.

Subí una tarde a verles jugar (cosa que comienza a ser de mi gusto) e los encontré a entrambos yaciendo en la cama e hablando, e así me dijo Marinín:

“Vos mesmo me enseñasteis a llamar a la puerta antes de entrar e no es la primera vez que os lo recuerdo, papá, mas ya que habéis abierto, pasad, que pensando estábamos en los regalos que nos gustaría nos trujesen los Reyes”.

E sentándome a su lado les hice cosquillas a entrambos e rieron mientras decían: «¡Ya basta, ya basta!».

“¿Y qué cosas se os ocurren pedir? – les dije -, que deberíais escribir una carta cada uno en dándoles el saludo e manifestando vuestros deseos, pues demasiado buenos han de ser estos reyes, que después de un año sin acordaros dellos, os regalan cosas”.

“Mi rey preferido – dijo Marinín -, sabe me acuerdo dél todos los días e soy bueno”.

“Tanto no recuerdo yo al mío – dijo Antonio -, mas cumplo con mis tareas e con mis padres. ¿Cree su excelencia eso es suficiente?”.

“A los dos os voy a dar respuesta, que me parece cada uno refiere cosas distintas. Vienen los Reyes Magos poco después de la Navidad a visitar a todos los niños como fueron a adorar al Niño Jesús recién nacido e le llevaron ricos regalos. No habéis de pensar en ellos todo el año, entonces, sino esperar a que lleguen estas fechas e hacer un examen de lo que habéis hecho en todo el tiempo pasado. Cuando yo baje al salón, escribid esa carta e que sea correcta, que escribís a unos reyes, e les enviáis, si ello es posible, una lista clara con las cosas que más os gustaría tener. Terminada la carta, la doblaréis e la pondremos en sendos sobres a su nombre. Veréis como todo se cumple”.

Con esto, dejélos allí pensando y escribiendo e bajé luego al salón con Su Ilustrísima e me dijo éste:

“¿Qué hacen esos dos mozos?, que mucho tiempo me parece ocupan en juegos e olvidan sus obligaciones. Mas me gustaría supierais algo que en ellos he observado en estos días de vuestra ausencia, pues era de razón que Marinín os echase de faltar, mas no lo era tanto que igual le ocurriese a Antonio. En verdad, en verdad os digo, que habiendo mejorado mucho su lengua, hame dicho cosas de vos que no las esperaba”.

“¿Y qué cosas son esas? – preguntéle -, que no hago sino dejar que esté junto a mi hijo e así se hagan mutua compaña”.

“Dice que a sus padres honra porque muy buenos son; e no le falta razón en ello. Mas confesóme que ojalá hubiese tres años menos. Así, le pregunté por qué quería ser más pequeño e díjome que no era por ser como Marinín, sino porque vos lo trataseis como a él. Entendí yo otra cosa, sobrino, pues los niños que con vos llevasteis a Sevilla eran todos de esa edad e paréceme piensa él que ya es demasiado mayor”.

“¡Santo Dios!, no quiero ese niño se sienta inferior por ser mayor. Dejadme hable yo con él”.

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