lamaron a la puerta a medio día e aparecieron por sorpresa don Pedro Salas, su señora (doña Ángeles) e su hijo Gregorio ayudado a subir por entrambos. Híceles pasar pidiéndoles excusasen las obras, mas ya sabían ellos se estaban llevando a cabo:“Rápido van estos trabajos, capitán – dijo Gregorio -, que pronto tendréis una casa como no hay otra en Grazalema”.
“E, Dios lo quiera, dentro de otro poco podréis ampliar la vuestra, que esta mesma tarde viene mi compañero e abogado he ha de traeros los escritos de la casa por hacer el contrato y el montante que habéis pedido”.
“Culpable me siento agora – dijo don Pedro -, que he cobrado la casa por doble partida”.
“¿Qué cosa decís? – le dije -, la casa no llegasteis a vender a vuestra hija por cien mil pesetas e (¡Dios me perdone!), con tanto interés en pagaros, os ha tenido veinte años sin poder disfrutar della. Dejemos las cosas como se han trazado”.
“Vais a perdonarme – me dijo con extraño – que me parece veo tres estrellas en vuestro uniforme e no son de capitán, sino de coronel”.
“Así es, que soy coronel – respondíle -, mas después de tantos años oyendo se me llamaba capitán he pedido a todos se me llame capitán”.
“Mas siendo coronel – dijo pensando había hecho algo mal -, debería haberos dicho usía e no vuesa merced”.
“Así puestos, don Pedro – le dije en risas -, deberíais saber soy el marqués de Fuentefría, e como tal, debería ser llamado excelentísimo señor marqués. Dejad las palabras como están que no me son de estorbo estas. E pasad agora a lo que nos queda libre de salón junto a la chimenea. Colóquese Gregorio en este lado que se sentirá más cómodo para moverse e id pensando no bajáis hoy a vuestra casa al almuerzo”.
E Marinín no se separaba dél e le empujaba la silla.
“Señor capitán – dijo azorada doña Ángeles -, la comida tengo preparada para hoy”.
“No es de razón tirarla – le dije -; si son viandas que pudieren malograrse, subíoslas e todos las cataremos; si pueden esperar a mañana, dejadlas a buen recaudo, que quiero conozcáis a mi compañero e a mis otros tres niños”.
“¿Cuatro hijos tenéis? – preguntó asustado don Pedro – Acaso sois viudo, cual colijo”.
“No es aqueso, amigo – le dije estrechado su hombro -, que siempre me acompaña mi valido que es mi mejor amigo e es este pillín de mirada profunda adoptado por mí, e a los otros tres tutelo. A uno dellos conoceréis, que no es otro sino Fermín, el hijo de doña Dolores, la chacinera de arriba”.
“En verdad os digo, coronel, que es usía toda una sorpresa”.


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