21 diciembre, 2006

Del solsticio de invierno

etiróse Su Ilustrísima siendo tarde en la noche al descanso e subimos nosotros a nuestras estancias. Pasamos primero a acomodar a los niños, que se abrazaban como temblando ya tapados: «Jo, papá, hace frío».

“Es noche de frío, sí – les dije -, mas estando entrambos juntos entrarán vuestros cuerpos en calor e así se mantendrá la cama toda la noche. No destaparos. Rezad e dormid”.

“Sí, señor – dijo don Antonio -, que sin pensarlo vendrá otra vez el tiempo de calor e nos quejaremos del sol”.

Así, Ildefonso e yo los besamos e les dimos las buenas noches e les dije:

“Sabed que hoy es la noche más larga del año e partir de agora serán un poco más cortas hasta que en enero comiencen los días a alargarse”.

“En la escuela – refirió Marinín - me dijeron que es el solsticio de invierno, cuando el sol está en el perigeo, o sea, más cerca del sol, mas se inclina la Tierra hacia el otro lado e nos llega poca luz e poco calor”.

“Así es el Universo, hijo – aclaréle -, caprichoso e complicado, que cuando más cerca del sol nos hallamos, menos luz e más frío habemos. E por esto celebramos en poco el nacimiento de Nuestro Señor, no porque nasciera en invierno, sino porque a partir de hoy aumenta la luz del mundo, así, es como si celebrásemos que viene La Luz del Mundo a nosotros a iluminarnos; Nuestro Señor Jesucristo”.

“Iluminaremos la casa – dijo -, que será símbolo también de que nos llega Su luz”.

“Así ha de ser – les dije volviéndoles a besar -, mas apagad agora las lamparitas e dormid”.

En Grazalema e a veinte e uno de diciembre del año de dos mil e seis.

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