15 diciembre, 2006

Del secreto desvelado antes de la cena

olvimos a la casa siendo ya noche para descansar un poco antes de la cena e no dejaba Marino de mirar el interior de aquella cajita dorada e, pensando yo pudiese ser aquello cosa de brujería, di a viso a Su Ilustrísima:

“¡Sobrino! – exclamó -, que a estas horas ya no esperaba llamada vuestra. ¿Acaso tenéis que comentarme algo?”.

“Bien lo sabéis, mas quizá no imaginéis de qué cosa se trata, que hasta yo mesmo ignoro lo visto e vivido esta tarde e quisiera haceros consulta”.

“Me alivia saber que no es cosa de importancia – suspiró -, que ya hay muchas aquí por resolver e otras resueltas que ponen los vellos erizados”.

“Desas espero aún bastantes – contestéle -, mas no esperaba la ocurrida esta tarde, pues dando un paseo por la parte antigua de Ronda, hemos tropezado con una amable mujer e nos ha dicho visitásemos una tienda que ha su puerta pintada en rojo”.

“¡Ay, sobrino! – contestó como aliviado -, que esa es doña Emilia e os habrá enviado a ver a su hija Cecilia e os ha parecido de extraño”.

“Así es, Ilustrísima – le dije también aliviado -, que me ha parecido habría cosa de brujería y he querido preguntaros antes de hacer cosa alguna”.

“Nada habéis de temer – manifestó -, que son madre e hija cristianas e nada tienen con la brujería”.

“Pues así me lo ha parecido – le dije -, que Cecilia nos conoció al entrar en la tienda e pidió alguna prenda perteneciente a Marinín e, guardando esta, le entregó algo”.

“Una cajita dorada que lleva dentro una cruz e un espejo – dijo sin dudar -, mas también os habrá dicho que yo la bendiga. No temáis, pues la prenda entregada no es para hacer maleficios ni cosa parecida, sino que Cecilia la pone a la vista ante unos santos e reza por las personas para ayudarlas. Las cajitas con espejo y cruz las hace ellas e las regala; mas no penséis es amuleto, que yo la bendeciré, sino que es un modo de decirle a alguien que se mire e que lleva siempre a Nuestro Señor Jesucristo a su lado. Guardadla con cuidado e, cuando yo la bendiga, cúmplase el deseo de esas buenas mujeres de que Marinín lleve su espejo siempre encima”.

“Bien conocéis a estas mujeres e sus costumbres – le dije -, que me narráis a mí lo que yo iba a narraros”.

“No tengáis cuidado – concluyó -, que son mujeres muy piadosas e honradas e se ganan la vida vendiendo regalos como recuerdos de Ronda”.

E así platicamos un poco más e luego cenamos e fuimos pronto al descanso.

En Ronda e a quince de diciembre del año de dos mil e seis.

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