ncontramos a don Antonio e señora paseando por la plaza e observando a nuestros pequeños e les pedí yo mesmo la licencia para que Antonio durmiese en casa con Marinín e me dijo ya el niño se la había pedido e que, si era en mi casa, bastaría con avisarles. Así les vimos a entrambos sentados en los fríos bancos de la plaza comiéndose sus dulces e me dijo don Antonio:“No entiendo qué pasa, pues es mi hijo agora muy distinto, que en casa no teníamos costumbre de bendecir la mesa e lo pide; su trabajo cumple sin protestar e de veinte euros que le va a dar agora cada semana la señora Carmen, entrega en casa la mitad. Guarda su ropa vieja para el trabajo e pendiente está de que su madre lave con cuidado la ropa nueva que le habéis regalado, e toda la semana habla de Marinín e vuesa merced como ejemplos a seguir”.
“Vuestro hijo – les dije – ve en Marinín algo que le atrae. Es su forma de hacer las cosas, quizá, mas he observado lo imita e, afortunadamente, no imita a niño de pocos conocimientos, que no he sido yo quien se los ha dado, sino que tiene mi hijo algo que ni yo mesmo entiendo”.
“Tampoco entiendo yo algunas cosas que nos ha dicho Antonio – confesóme su padre -, que dice querer a Marinín para sí, e me parece entender está enamorado dél. Cosas de niños, está claro, mas quiero sepáis lo que dice”.
“Tan niño no me parece Antonio – aseguréle -, e si supiese que está enamorado dél en verdad, tampoco me asustaría, que nada malo veo en estos sentimientos, sino en los contrarios. Donde hay amor, no hay odio”.
Con esto, pasamos la mañana en paseos e subimos al Tajo e, al bajar, vínose Antonio ya con nosotros al almuerzo e a restar en casa hasta la hora del descanso. E tras el almuerzo, hizo Cayetano algo para ellos, pues colgando una manzana de la lámpara con un hilo, atóles las manos a la espalda e díjoles que si se la comían entrambos les daría un regalo; y era maravilla de ver cómo la manzana se balanceaba de un lado a otro, mas consiguieron comer una buena parte della. Así, trujo Cayetano una cajita e la abrió e dentro della había huevos de chocolate.
Pasamos la tarde en lecturas (aunque yo hube de hablar muchas veces por teléfono), e no se separaron un segundo abrazados en el asiento e cerca de la chimenea.
En Grazalema e a diez y siete de diciembre del año de dos mil e seis.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario