13 diciembre, 2006

Del paseo a los almacenes por comprar la ropa

omé a mi pequeño con sus ropas sucias e rotas, como menesteroso, e dióme el hermano Federico algunas ropas por despojarme de mi uniforme e, desta forma, nos fuimos en paseo hasta la Plaza del Duque de la Victoria e le compré mejores ropas al pequeño (dos mudas), e allí mesmo se las pusieron aunque quedábalen largos los pantalones e hube de darles una vuelta. Compréle ropa interior e zapatos e por ver si se distraía un poco, pasamos a una sala donde hacían corte de pelo como en las barberías.

Paseamos luego tomados de la mano e fuimos a la Iglesia de San Antonio Abad, que allí muy cerca se halla, e dimos gracias por estar vivos entrambos. E saliendo de allí, me dijo:

“Papá, es triste lo ocurrido, mas pensad que no hemos nacido sino para morir. Prometedme olvidaréis esto como yo quiero hacerlo e viviremos juntos hasta que Dios lo crea necesario”.

“Así lo haremos, hijo – le dije tragándome las lágrimas -, que ya veréis como al pasar un poco de tiempo, reharemos nuestras vidas. E voy a llevaros a conocer lugares que no habéis visto e compraremos nuevos juguetes e nuevas máquinas, pues quiero me mostréis cómo funcionan éstas, que deso mucho conocéis”.

“Sí, papá – respondió de contento -, me llevaréis a ver el mar, que siendo ambos «marinos» no lo conocemos e yo os mostraré cómo hacer muchas cosas con estas máquinas, pues no sólo sirven para escribir, sino que también podremos hacer músicas e dibujos”.

“¿Hacer música? – dióme una idea -. Compondremos muchos conciertos e canciones. Eso tenéis que mostrármelo”.

“Así será – me dijo confiado -, e no penséis habréis de comprar más máquinas, pues la de Grazalema es muy buena”.

“Una como la vuestra compraré – le dije – e dejaré el estuche portátil para mis escrituras”.

E riendo, lo tomé en bazos e lo besé e lo alcé por los aires e vino una señora e me dijo:

“Señor, lleva el niño la etiqueta del pantalón colgando”.

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