17 diciembre, 2006

Del nuevo encuentro con Antonio

n el salón estábamos esperando el desayuno cuando llamaron a la puerta e fue Cayetano a ver quién venía tan de mañana.

“¡Dios Santo! – exclamó -, que a hora tan temprana no os esperaba”.

Y entró por la puerta Antonio muy bien vestido e muy bien peinado en diciendo:

“Temprano me he levantado hoy por, si no fuese de estorbo, desayunar aquí con Marinín e ir a la misa luego”.

“¡Pasad, mozalbete! – le dije -, que en esta casa no estorba nadie e mi licencia tenéis para venir a desayunar cuando podáis o cuando queráis”.

E acercándose a Marinín que junto a mí en pie estaba, abrazólo en llantos e le acariciaba la cabeza e la cara e Marinín le miraba suspenso e le dijo:

“Llorar no va a solucionar lo pasado, mas sí aliviará vuestra pena. Tomad (dióle un pañuelo) y enjugad esas lágrimas, que si se llora en yantando, sientan mal los alimentos”.

“Así os lo prometo – respondióle -, que no he venido aquí a traeros más tristeza, sino a acompañaros porque estéis alegre. Traigo estos panes de la tahona para vos, que untados en aceite, son maravilla de catar”.

“Veamos, zagal – le dijo entonces Ildefonso -, acercadme esas piezas que yo las vea, que tahonero soy”.

E fue el chico e mostróselas en diciendo:

“Reparto los panes en el pueblo, señor, mas estas piezas no se hacen para la venta e me gustaría Marinín las probase. Viene pan suficiente para todos, creo”.

E al oírle hablar, parecióme había cambiado sus palabras o cuidaba más lo que decía e, ante la sorpresa de Ildefonso (e la mía), volvióse de nuevo a Marinín e besó sus labios.

Sonó la campanilla e pasamos al nuevo comedor, que ya bien amueblado e con plantas e con lámparas nuevas, parecía otro lugar. Al acercarnos a la mesa, vi esperaban los pequeños dijese yo dónde habría de sentarse cada uno e, porque vinieran sonrisas, les dije:

“Cambiaremos hoy, como en juego, los papeles desta casa. Antonio ha de presidir la mesa; Ildefonso tomará el sitio de la familia e Marinín e yo, seremos los invitados”.

“¡No, capitán! – rióse Antonio e hizo un silencio -, muchas veces he oído las palabras para bendecirla, mas no sé si las recordaré”.

“Hijo – le dije -, decid lo que recordéis que con eso bastará. Decid lo que penséis, que no se trata más que de dar gracias a Dios por los alimentos e no debería haber normas para ello”.

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