18 diciembre, 2006

Del hábito del trabajo

legadas las doce y estando ya tomando un bocado e jugando con Marinín, llamaron a la puerta hasta tres veces, e levantóse mi niño en diciendo:

“No abrid, no abrid, Cayetano, que si suena la puerta hasta tres veces es Antonio que viene a buscarme. Yo abriré”.

Así, abrió la puerta y entró el chico del pan con una bolsa e, tras cerrar la puerta, se besaron e se hablaron cosas en voz baja. Vinieron luego a nuestro lado e me dijo Marinín que había invitado a Antonio a estar en casa hasta el día siguiente e, tomándole por la cintura, le hice una señal con los dedos:

“¿Es que tenéis que invitar a Antonio a su propia casa? Espero, eso sí, traiga ropa limpia e cumpla con el aseo. Su plato de comida tiene aquí tanto como en su casa e buena cama donde yacer con su amigo”.

“Excelencia – me llamó el chico por primera vez -, licencia os pido para compartir cuanto tiempo tengo libre con él. Os juro… os prometo que cuidaré dél como si mi hermano fuese e, cuando lleguen las horas de estudio, con él he de estudiar, que no quiero seguir repartiendo el pan toda mi vida”.

“De tal cosa no habéis de convencerme – le dije -, que he visto como esta mañana cumplíais con vuestro deber sin que nadie os dijese nada”.

Y en oyendo esta frase, le vi dar la vuelta muy de espacio, quitóse la prenda de abrigo e subió su camisa para que viésemos su espalda.

“¡Dios bendito! – exclamé - ¿Quién os ha hecho eso en la piel que antes no lo he visto?”.

“Decía mi padre hace tiempo – respondió -, que la letra con sangre entra, e tal cosa yo no entendía. Agora, soy yo el interesado en que entren en mí las letras; sin sangre. No culpéis a mi padre de lo que habéis visto, pues hasta tres días hemos estado sin comer muchas veces”.

“¿Qué es esto? – exclamó Ildefonso - ¿Por qué mostráis entonces lo que un día os hizo?”.

“Porque esta es la señal de la pereza que yo había – dijo -, e no he de culpar jamás a mi padre de lo hecho, que su cinto me hizo ver que el que no trabaja no come. Así, soy yo agora el que cumplo mis obligaciones sin correas”.

“Buen futuro os veo, Antonio – le dije -, que no se trata sólo de ser más culto, sino de aplicar la cultura que se tiene para vivir. Aquí tenéis a Marinín a vuestro lado siempre que él lo desee, que en tales asuntos no entro. Cubríos, que hace frío incluso con la chimenea”.

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