entados esta mañana en el salón, le dije a Su Ilustrísima si sería conveniente traer a los niños a Grazalema con tanto frío, e díjome primero que los niños se mueven tanto que su cuerpo se mantiene caliente e que el frío aparece por doquier, incluso en Sevilla. Así, quise manifestarle que no quería a unos niños encerrados en la casa todo el día, sino a unos que saliesen a jugar a la calle a respirar aire limpio:“Podría ser – me dijo -, que ellos mesmos no quieran jugar en la calle con estos vientos helados. Dejadlos pues hagan cuanto deseen, que ni mal me parece estén todo el día en la calle con sus amigos, ni todo el día en casa. Recordad, capitán, que en el Andalucía tenemos un verano muy largo e un invierno corto”.
Y en esto, llamaron a la puerta repetidas veces e apareció Antonio, acercóse con gran respeto a Su Ilustrísima, luego a mí e luego a Marcos e a Chuti con saludos muy distintos e pidió licencia para estar en casa el resto del día e, así le fue dada, corrió escaleras arriba en diciendo «de puta madre». E miró don Juan al techo como si el Cielo fuese en diciendo:
“No será fácil limpiar la lengua deste niño, que muy acostumbrado está a oír esas cosas e así las dice. Tal vez, pudiese el capitán poner uno de sus remedios para que aprehenda el lenguaje de los otros”.
“No puedo decir – contestéle – que sus palabras no me parezcan malsonantes, mas dejad que pase el tiempo, que poco se ven, e ya veréis como cambia ese vocabulario”.
E pasada una pieza, subí a la sala que les tenía preparada para sus juegos por ver qué hacían e si la estancia estaba caliente, mas no estaban ni Marinín ni Antonio e pregunté a los otros niños por ellos: «Han salido».
E buscando en las otras estancias, al abrir la puerta del dormitorio de Marinín e Fermín, los encontré a los dos a solas.
“No quería interrumpir – les dije -, mas mejor me parece deberíais estar con los demás e disfrutar de los juegos de todos”.
“Capitán – me dijo Antonio -, en verdad os lo ruego, que no estamos sino hablando ciertas cosas secretas e volveremos con ellos. No decid nada de lo que habéis visto, que no es sino… una prueba que hacíamos”.
“Terminad esas «pruebas» - les dije – e volved con vuestros amigos. Paréceme no se merecen les abandonéis”.
E cerrando la puerta no entendía lo que había visto, mas, prometido mi silencio, volví al salón.
“Disfrutando están todos ellos, cada uno de lo suyo – dije -, que no me parece estén aburridos, por lo que he visto”.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario