06 diciembre, 2006

Del despertar de un día festivo

arecióme notar a Marcos ya despierto e miréle con disimulo:

“¿Qué miráis? – me dijo quedo e con asombro -, que nada me ocurre”.

“Paréceme, Marcos – le dije -, Su Ilustrísima no nos ha dado aviso para la misa de ocho”.

“Tal es seguro – respondió -, pues siendo ya casi las diez un poco tarde íbamos a llegar”.

“¿Casi las diez? – preguntéle con asombro -. Vive Dios que he dormido sin darme cuenta e que no esperaba era tan tarde”.

Así levantéme, púseme la bata e asoméme a las escaleras. Su Ilustrísima estaba ya en sus lecturas en el salón:

“Buenos Días nos dé Dios, sobrino – dijo éste - ¿Acaso no habéis dormido bien? Puede ser que echéis en menos vuestra cama que de seguro es más cómoda que esta”.

“Buenos Días, Ilustrísima – le dije bajando -, no es tal cosa la que me ha asombrado, sino que no nos hayáis llamado para la misa”.

“Cansados os vi a todos anoche e os he dejado dormir – contestó -, que aunque es fiesta grande por concelebrarse nuestra Constitución, no es precepto”.

“Habéis cambiado - le dije -, según veo, vuestras normas en esta casa, que recuerdo siempre era costumbre o disciplina asistir a la misa matutina”.

“No he cambiado normas, sobrino – dijo con extraño -, sino que es la Iglesia la que las pone e no siendo día de precepto, no me parecía atinado levantar a toda la… «familia» porque mi norma (aceptada voluntariamente), sea acudir a misa de ocho a diario. Descansad estos días, que esta noche también nos acostaremos tarde hasta hacer los rezos e, inexcusablemente, habrá que asistir a la misa del día grande”.

E dándole las gracias por la merced concedida, volví al dormitorio e ya estaba Marcos en el baño: «No tengáis priesa, que Su Ilustrísima razona aún, afortunadamente».

No hay comentarios.:

Publicar un comentario