09 diciembre, 2006

Del desayuno primero en el nuevo comedor

levóse el sol en el cielo entre algunas nubes e fue iluminándose la casa ya completa. Así, le dije a Cayetano me mostrase de día lo que de noche no pude ver con claridad. E la casa estaba amueblada cual yo dije, las chimeneas la mantenían cálida; la cocina había pasado ya a su nuevo lugar y el comedor era de mi gusto.

No pasó mucho tiempo cuando bajaron Chuti e los niños e, otro punto después, llamaron a la puerta e fue Cayetano a abrir: «¿Quién será tan de temprano?».

Y entraron por la puerta Su Ilustrísima con don Diego e su señora, que levantados mucho antes, venían a pasar el día.

“¡Sobrino! – me dijo -, que antes de tiempo venimos por mostrarle a don Diego e a su señora lo que ya habéis hecho con la casa e tengamos tiempo de dar un paseo e disfrutar de los niños”.

Y en entrando en la casa, miró a todos lados e continuó en diciendo:

“¡Dios bendito!, que parece hemos entrado en casa equivocada. Mírase al fondo del comedor e parece pueden correr caballos por aquí. Os traigo a la sazón, por si no los tenéis, unos crucifijos que compré e una imagen de vuestro San Francisco de Javier que es mejor que la que ya habéis. E yo mesmo he de bendecirlas, mas será eso cuando hayamos bendecido nuestros estómagos con estos desayunos que aquí se preparan”.

“He de mostraros la nueva cocina, Ilustrísima – le dije -, que dice el servicio es la más moderna e cómoda donde hayan trabajado e les ahorrará muchas horas de labor. Venid”.

Así, vimos la parte baja de la casa mientras se preparaba la mesa e, poco más tarde, nos desayunamos en mesa tan grande, que aún cabían otras cuatro personas.

Presidía yo la mesa e tenía a mi lado izquierdo a Marinín, Marcos, Chuti e los otros niños, e al lado derecho a los invitados, comenzando por Su Ilustrísima.

“Sabía yo – dijo don Juan ya comiendo -, que el capitán era capaz de convertir esto en lugar como el que estamos, que es maravilla de ver cómo ha quedado el comedor e cómo calienta la esa chimenea, pues haciendo tanto frío ahí afuera, quedaríame yo en luengas e provechosas lecturas en uno desos asientos nuevos del salón que desde aquí observo”.

“Sepa Su Ilustrísima – aclaréle – que son además asientos que se mecen un poco e, con esto y el calor de las llamas, acabaréis dejando el libro en el regazo dejándoos caer en los brazos de Morfeo. Mas como ya sabéis que también es esta vuestra casa (y a todos me dirijo), haga cada uno lo que le apetezca”.

Pidióme licencia Marcos para levantarse sólo un momento e, yendo al salón, hizo sonar aquellas músicas sin estorbar nuestras pláticas.

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