uimos en su coche a ver la tahona e había allí mucha gente trabajando y el olor era apetitoso.“A mi casa os llevaré luego porque la conozcáis – manifestó -, que aún teniendo mucho trabajo, procuro yo mesmo mantenerla”.
“Un favor os pediría, Ildefonso – le dije -, pues creo que se nos irá la mañana. Visitemos vuestra casa a la vuelta, si no os es molestia”.
E así, dándole a Marinín un dulce que parecía una delicia, tomó de su casa algunas cosas e di yo, mientras tanto, aviso a Cayetano, pues no quería se hablase nada de lo sucedido.
Avisando así en casa que partíamos para el pueblo, tomóme Ildefonso por la cintura e acompañóme hasta el coche con gran amabilidad.
Llegados que fuimos al pueblo, noté el servicio hacía un esfuerzo por no demostrar su dolor ante el niño e Ildefonso, tomando a Marinín en brazos e riendo, le dijo que iban a ver el jardín e que le mostrase lo que allí había. Así, hubo lágrimas e frases muy consoladoras e duras para los asesinos, mas cuando volvió Marinín, me dijo:
“Jo, papá, este señor es más divertido que otros. ¿Vais a dormir con él? Si así es, tendré que dormir yo solo”.
“Eso luego se verá – le dije sonriendo -, que hay mucho día por delante e la noche está para dormir; aunque haya uno que dormir a solas”.
“Jo, lo sabía , papi – me dijo -, me toca dormir solo, mas no ponedme cama con techo”.
“Como lo pedís se hará – respondíle -, que de seguro Ildefonso prefiere cama con dosel, e vos tenéis las máquinas ya en su lugar”.
“A rey muerto, rey puesto – contestó el niño -, mas no han de ser por ventura sino una o dos noches”.
“Capitán, sueño me parece vaya a yacer con vos una sola noche”.


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