on esto, e terminado el desayuno, todos los invitados fueron viendo cómo había quedado el paso de una casa a otra e cómo éstas parecían una sola de por dentro. Parecía Fermín no estar muy cómodo en la nueva sala (que sería el comedor), mas pude ver a doña Dolores llamarle y entrar en ella en diciendo:“No hagáis caso de lo oído, que la gente lo murmura; haced caso del capitán e Su Ilustrísima, que si usan ya esta casa es porque no hemos oído más que habladurías o porque estos hombres, uno con su santidad e otro con su fuerza, han quitado della la mancha parecía tener”.
Así, acercándome a él, tomé su cabeza e le miré con fijeza a los sus ojos en diciéndole:
“Tener miedo de lo que ya nadie teme sólo os hará sentiros mal a vos. Yo os aseguro que lo que se decía había en esta casa, no está, e con esto no quiero deciros que cosa alguna hubiese, pues la había, mas no era sino un aviso para la gente que entraba. Decidme, ¿veis agora que haya cosa que os extrañe?”.
E me miró quedo e miró luego a un lado en diciendo:
“Allí, donde empiezan las escaleras. Hay un niño que me sonríe e me llama porque quiere que suba”.
“¿Qué cosa decís, Fermín? – preguntéle mientras su madre me miraba atemorizada -; ¡a nadie veo al pie de las escaleras!”.
“Pues me llama e sonríe e dice que suba – contestó -; no me da miedo, pero ¿os parece de razón que no me extrañe?”.
E tomándole con fuerzas de la mano, le dije:
“El capitán os acompaña; nada debéis de temer. Si cierto es lo que decís, seguid al niño que os llama, pues os sonríe. Yo he de valeros pase lo que pase e demostraros que nada especial es lo que decís”.
E con firmeza e decisión nos encaminamos hacia las escaleras e vi en su rostro una leve sonrisa. Subimos de espacio los escalones, ajenos todos a lo que sucedía, e fuimos hasta uno de los dormitorios y, extendiendo su mano, abrió la puerta e me miró:
“Ya no está – dijo azorado – mas hame señalado ese mueble”.
Así, acérqueme a aquel armario pequeño e abrílo. No estaba vacío, sino que había algunas cajas e libros en su interior, e mirando entre ellos, vi una caja como cofre e toméla en mis manos. Miraba Fermín sin gesto alguno e sin palabras e, al abrir aquel cofre forzándolo, encontré monedas de peseta en su interior.
“Hasta cien mil pesetas”, dijo Marinín al mostrárselo.
En Grazalema e a tres de diciembre del año de dos mil e seis.


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