03 diciembre, 2006

Del día de San Francisco en la nueva casa (2/3)

odo estaba preparado en el nuevo salón de la casa, incluso la chimenea, que está el tiempo por aquí muy frío, aunque no lluvioso. Allí encima della, aunque a un lado quedaba, estaba la imagen del santo rodeada de velas haciendo un adorno de luz. En esto, bajaron Marcos e Marinín por si pudiesen ser de ayuda, e pedí a Marcos preparase conmigo algunos regalos e púsose mi niño a asistir a Su Ilustrísima; en una pequeña mesa con paño blanco de hilo bordado, estaba ya presto todo para la liturgia e, sobre el improvisado altar, veíase un crucifijo dorado flanqueado por dos llamas de cera.

“Quisiera yo – dijo don Juan – una mesa con un hueco para poner la piedra de la reliquia, que a punto estuve una vez de derramar el sagrado contenido del cáliz, mas esto ocurre siempre en las misas improvisadas”.

“Cosa tal no creo – apuntéle – sino que a la mesa que úsase como altar, le haremos un hueco en su superficie. Sólo tenéis que decirme el tamaño de la piedra”.

E ya todo preparado (hube de decir al servicio cerrase la puerta de la cocina por evitar olores), se acercaba la hora de aquella Santa Misa.

Al poco, comenzaron a sonar las llamadas a la puerta e aparecieron doña Dolores con sus dos hermanas, que recibieron a Fermín con sonrisas e lágrimas (El dulce cantar que susurra el viento…), don Antonio, doña Pastora e Antonio con sus mejores galas (¡Hey, colegas, como mola esto que habéis montado!); don Diego de Monteliz e doña Montserrat, que no podían creer Diego Jesús hubiese tan buen aspecto e comportamiento (está más gordito, ¿no os parece?); Don Esteban Frank y doña Justina con Bebo y Asio, que le prometieron a Marinín tomar la comunión; e nuestros nuevos amigos don Pedro e su señora doña Ángeles con su hijo Gregorio, que fue situado en lugar privilegiado de aquella sala; e algunos otros invitados por ellos mesmos e por el servicio. Así, parecióme iba a quedarse la casa otra vez pequeña o habría que construir una capilla en el jardín.

E siendo misa tal especial, quise yo celebrárase la llamada Tridentina, e así, se repartieron libretos pequeños que fizo Marinín con los textos en latín e, desde el «In nomine Patris» hasta el «Ite, misa est», fue acto de gran devoción. E fizo Su Ilustrísima grande e majestuosa homilía como otras pocas le había oído, nombrando los hechos e milagros de San Francisco de Javier.

E una vez salió de allí hacia su dormitorio acompañado por Marinín, como si a sacristía fuese, oyéronse murmullos entre los invitados, pues parecióles así ceremonia más seria.

E todavía más fueron los murmullos al ver el desayuno que se servía, e yo mesmo, llevé la silla de Gregorio hasta el lugar de mi derecha en la mesa, volvió Su Ilustrísima con sus galas, bendijo los alimentos y, al cabo, quedóse la mesa sin cosa que pudiese llevarse a la boca (e a cucharas no me refiero).

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