13 diciembre, 2006

Del día de los muchos acontecimientos

enían agora muchos días de mucho hacer, mucha plática e muchas lágrimas e ya desde esta mañana, díme cuenta de que no iba a poder soportar esa marea de idas e venidas, de llamados, de visitas. Así, hablé con Su Ilustrísima que ofrecióse a llevar las partes que yo no pudiese personalmente. Desta forma, comenzaron a aparecer gentes de todos los sitios e todas las condiciones e Su Ilustrísima, con el ayuda del hermano mayor, les dieron a todos la recepción que se merecían. Yo necesitaba (e necesito) mucho tiempo para intentar borrar todo lo que pueda de la cabeza de Marinín; necesito mi hijo no vea su vida destrozada por lo ocurrido.

En ese mesmo tiempo, seguían los hombres buscando e separando de las piedras, todo aquello que pudiere ser de interés. Así, apareció mi colección de espadas, la vieja ya colección discos antigüos (destos que llaman de vinilo), mis archivos personales (salvados algunos milagrosamente de las llamas) e mucha ropa. Todo este material fue llevado a una gran casa de la policía (que no era cuartel) e, en una sala muy grande, se hallaba todo un tanto ordenado. E al ver tal cosa, dije no quería nada de mi vida anterior e ordené se separase mi colección de espadas e mis sellos e anillos e se guardasen a buen recaudo mis archivos. Viendo al fondo, amontonada, mucha ropa que me traía los otrora bonitos recuerdos, dije se quemase toda.

Aún no tenía dinero para otros trámites e me veía obligado a llevar el uniforme del cual arranqué la corona dorada e las estrellas; e viendo don Juan hacía esto, sacó de su bolsillo una cierta cantidad de dinero e me dijo fuésemos el niño e yo solos a los almacenes a comprar dos mudas de ropa limpia. E esta idea acepté, mas compré ropa sencilla para entrambos, ropa de abrigo e zapatos hasta poder comprar con mi propio dinero la ropa que yo creía se merecía mi hijo.

“Capitán – oí la voz del inspector leonés -, la guardia de ahora investiga mucho más rápido de lo creéis. Parece localizado don Marcos, mas he de deciros que en muy malas condiciones e internado en un centro psiquiátrico, ya sabéis, esos lugares donde se encierran a los locos peligrosos”.

“¿Acaso ha perdido la cabeza, inspector? – preguntéle -¿Está enfermo?”.

“Hase confirmado lo que yo temía – dijo -, pues no es la primera vez que tal cosa le ocurre, recordad. Agora ha aparecido casi congelado e maltratado. Nada tiene; ni siquiera el dinero ni la caja roja que os hurtó y esto, me lleva hasta ese tal Andrés, mas mucho me temo que hay una mano más fuerte que la suya que lo protege”.

“Olvidemos a Andrés e a Marcos – le dije -. Ya tienen lo que buscaban. Necesito agora rehacer mi vida con mi hijo de alguna forma”.

“Contad con mi ayuda, señor – dijo alzando la voz -, que nadie ha de mostrarme quién tiene buen o mal corazón de la gente que me rodea”.

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