ajamos ya preparados al salón e ya estaba allí Su Ilustrísima en lecturas e oyendo unas pláticas en la pantalla de la conferencia. Pasamos entonces al comedor e ya todo estaba dispuesto e decía don Juan un hombre había matado a su señora en Ronda e que, conociéndolos, bien sabía él que algún día destos algo así acaescería, mas estando agora nuestras cosas como están, dejaría de ir a dar cumplimiento, que muchos entierros habíamos tenido de seguido en un solo día.“Damos los hombres a estas muertes, Ilustrísima – le dije -, una importancia que no deberían tener, pues haya leyes o no las haya que las condenen, siempre seguirán existiendo asesinos e víctimas. Mirad a vuestro en derredor; siempre he conoscido las casas enrejadas e las puertas con llave; somos nosotros los que vivimos en un presidio estando en casa e viven los ladrones e asesinos sueltos e libres por las calles. Prohíbense las armas para evitar unos se maten a otros, mas somos nosotros los que vamos desarmados, pues bien que las tienen ellos”.
“Bien veo – me dijo en sonriendo -, que cuando decís «nosotros» os excluís, pues vos sí podéis llevar armas aunque sean para vuestra defensa, mas ¿me imagináis con un pistolete al cinto o una blanca colgada de mi fajín en diciendo la misa?”.
“La vida – espetó Ildefonso – más parece una cuestión de suerte que de otra cosa, que si no es por accidente, por asesinato, por suicidio, por enfermedad o por los años, de alguna forma acabamos todos muertos; cuestión de suerte”.
E sonaron los cánticos de la lotería de Navidad.
“Traigo yo aquí – dijo don Juan buscando en su bolsillo – algunos números de la lotería, que no por ser sacerdote, deja de gustarme jugar algo. Todos estos números son iguales e de Sevilla los truje. Dos para mi sobrino - fuelos colocando sobre la mesa -, dos para Ildefonso, que sé muy bien también juega, e uno para cada niño. Estad agora atentos a los cánticos esos a ver si os toca algo”.
“A jugar no acostumbro, Ilustrísima – apunté -, que en 192 años que ha este uso España sólo una vez jugué e lo apostado perdí por un solo número. El número que nos dais, don Juan, quiero aclararlo, ya salió en 1913, mas no creo sea ese motivo para que no vuelva a tocar”.
“Sabed, sobrino – contestóme –, que todos los números están en el bombo”.
“Lo que quisiera yo saber – dijo Ildefonso – es cómo sabe vuesa merced que este número ya salió en aquel año”.
“De cada año de juego – le dije – puedo deciros cada número salido, mas esa es otra historia”.
E no pasó mucho tiempo del sorteo cuando oyóse un gran tumulto de gentes e cantaban los niños el número que llamamos «el gordo». Veinte mil e dos cientos e noventa e siete.
Y en oyendo esto Marinín, dijo:
“¡Paréceme Su Ilustrísima nos ha traído ese número!”.
En Grazalema e a veinte e dos del año de dos mil e seis.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario