07 diciembre, 2006

Del anochecer de ángeles en Ronda

uimos al atardecer en lento paseo hasta la Alameda del Tajo e nos acercamos a aquellas rejas donde la tierra parecía acabarse. Hicieron primero los niños un extraño a ver tal cosa, mas agarrados luego a los barrotes, miraban quedos abajo e arriba, los pequeños árboles cubiertos por una tenue capa de niebla, las casitas e la carretera como hilo ondulado que recorre el fondo; e a lo lejos, la sierra de Benaoján e Grazalema con las rocas teñidas de denso azul y el cielo rojo tapado, a veces, por nubes de todos los colores.

“Cosa como esta – aclaró Marcos -, no se ve en Cuenca, que aunque sean ciudades de gran parecido, aquello se orienta a levante y esto a poniente”.

“Cada ciudad, querido amigo – le dije -, tiene cosas muy parecidas e otras bien distintas. Es seguro que agora allí la nieve lo cubre todo e aquí pueden tardar las nevadas, o no venir algún invierno”.

“A fe – exclamó Chuti -, que sin tener vértigos a las alturas, no esperaba ver cosa como esta aquí, que de España bien poco conozco, mas no creía hubiese lugar tan estremecedor”.

“¿Acaso os disgusta? – preguntéle -, no os veo os acerquéis mucho a esta verja, como yo hago por tener esos vértigos”.

“Dejadme – respondió sin apartar la vista del horizonte - vea esto con calma”.

“Ha querido Dios Nuestro Señor – apuntó Su Ilustrísima -, esté la tarde sólo un poco nublada, que con mucho sol en verano no puede mirarse apenas e si está nublado, los colores se vuelven grises, mas habiendo algunas nubes e un poco desa niebla, puede mirarse a lo lejos e veréis todos los colores que conozcáis”.

“¡Es cierto – exclamó Julio -, que hasta hay nubes moradas e verdes!”.

“La blanca luz del sol – dijo don Juan – ha de atravesar al atardecer mucho aire e muchas gotas de agua pequeñas que en las nubes se encuentran flotando en el aire e vemos agora como un arco iris desordenado que más parece ordenado por el Todopoderoso Pintor”.

“E ha puesto azules las montañas más lejanas, Ilustrísima – concluyó Marinín”.

Volvimos a la casa e nos preparamos para la vigilia e, terminada ésta, volvimos a la casa otra vez, se encendieron las velas celestes e puso Su Ilustrísima aromas de incienso e se hicieron otras oraciones, mas al cantar el Salve Regina, observé los niños cantaban en voz baja e, alzando un poco mi mano, les hice señas de que podían cantar en voz alta, e fue tal nuestra sorpresa al oír sus dulces voces, que fueron las nuestras las que se debilitaron.

En Ronda e a siete de diciembre del año de dos mil e seis.

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