10 diciembre, 2006

Del almuerzo roto

bservé que doña Dolores no salía de la cocina e fui a buscarla:

“Mujer – le dije -, que como invitada venís a casa cada vez que viene vuestro hijo e no me parece de razón os pongáis a trabajar”.

“No es tal, capitán- respondióme -, que no es esto para mí trabajo e con placer lo hago. Dejadme ponga mi toque en esta bella cocina nueva que tenéis, no sólo por mi hijo, sino por toda esta familia a la que me considero unida. Cocina como esta nunca había visto e disfruto el placer de ayudar al servicio. Seguid en vuestras pláticas e ya cataréis más tarde lo que aquí se guisa”.

“Así ha de ser – le dije – si es eso lo que deseáis, que no soy yo quién para prohibiros ciertos placeres”.

E ya puesta la mesa e bendecida, sirvióse una deliciosa caldereta de venado e me miraba Marinín con sorpresa e hacía gestos de aprobación.

“Doña Dolores – le dije – ha fraguado estas viandas. Si son de vuestro agrado, he de decirle repita la semana que viene”.

“He de pedírselo yo también – apuntó don Juan -, que ya os he dicho que en mi casa se comen deliciosos manjares, mas cada mujer tiene su receta; y esta es inconfundible”.

Y en estas pláticas estábamos cuando sonaron las músicas de mi teléfonono:

“Capitán, – dijo una voz susurrante -, el que decía nunca mentía, heme dado un gato por una liebre. Caro habréis de pagarlo y esto os lo juro, aunque para vos no sea más que una albóndiga sebosa”.

En oyendo aquellas palabras, miré al resto de los comensales que, comiendo plato tan delicioso, no pensaron en nada especial, mas miróme Marcos con gravedad e, incumpliendo todo protocolo, levantóse de su silla e fuése hacia el salón para subir las escaleras.

Así, dijo Marinín al ver lo que ocurría:

“Palabra alguna habéis dicho, papá, mas sabe tío Marcos la llamada que habéis recebido no le agrada”.

“¡Callaos, vive Dios! – le dije quedo -, que ni vos ni tío Marcos sabéis qué cosa he oído al teléfono”.

“Debe saberla – contestóme Marinín – e no mucho le agrada”.

E levantándose sin pedir licencia, fuése también al salón para subir a su estancia; e otro tanto hizo Fermín, que los ojos llevaba llenos de lágrimas.

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