tras llamadas recebí; del inspector leonés e del sevillano y en ambas se me daban detalles, que yo no conocía muy bien, sobre el explosivo usado y el artilugio que lo hizo estallar, e cómo a veces el azar deja huellas que ha de suponerse la explosión debería haber borrado, e con estos datos se supieron otros, pues fueron hasta cuatro los hombres que pusieron en el coche aquel regalo asesino e dijo Marcos que, al ser entregada la caja roja, le fue arrebatado el millón que me usurpó. Mas no entendiendo yo muy bien destos asuntos, dejé todo en sus manos e decidí pasear con Marinín callejeando e buscando lugares nuevos de Ronda; e compréle un mantecado, auque época de comerlo no me parece.E caminado por las calles, acercóse una señora e saludóme como capitán e dijo nos conocía por habernos visto con Su Ilustrísima e, mirando al niño luego con atención, le dijo:
“Lo que se refleja en el espejo, hijo, es lo que se lleva dentro; e vos tenéis un rostro e una mirada que espanta por su belleza. Cosa alguna que os ocurra os va quitar ese don divino. Mirad aquella tienda pequeña que casi en la esquina resalta en color rojo. Id allí con vuestro padre e preguntad por Cecilia; ella sabe lo que ha de hacer e os dará un precioso regalo”.
E mirándome con sincera sonrisa, hizo un gesto para que le llevase tomándome con fuerzas las manos: «Dios sabe lo que entrega a cada uno de nosotros».
Así, nos llegamos a la tienda, que parecía bazar de regalos rondeños, y en entrando, nos miró una joven doncella e nos dijo:
“Cecilia soy, capitán, e sabía vendríais en algún momento. Necesito me deis alguna prenda que haya estado tocando el cuerpo de vuestro hijo. Dejadme seros de ayuda”.
E sin otra pregunta, vi como Marinín tiraba de uno de sus botones, que a punto estaba de caerse, e se lo entregó a ella: «¿Esto os vale?»
E tomando luego una pequeña cajita, la abrió, e le entregó a Marinín un a modo de estuche, parecido a uno desos relojes que en el bolsillo se llevan:
“Tomad, pequeño, esto es para vos. Llevadlo siempre encima e, cuando veáis a Su Ilustrísima, decidle Cecilia os ha pedido lo bendiga”.
E la curiosidad de Marinín le hizo abrirlo y, en su interior, no había sino una cruz de oropel e un espejo pequeño.
“Gracias, señora – le dijo -, a Su Ilustrísima he de decirle lo bendiga como me habéis dicho”.
E saliendo de la tienda, parecióme todos nos miraban.


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